Recordando el vuelo de llegada, Joan y Gabriel comentan a media voz, en la cola de embarque, el inminente cruce de la Cordillera hacia Buenos Aires. Un par de rostros indígenas sonríen fijamente detrás de nosotros. Joan se vuelve ligeramente hacia ellos mientras concluye: "¡Peor sería tener que cruzarla andando!". Uno de los dos escuchas parece a punto de contestar algo, mas se contiene. En su ojo izquierdo fulgura un destello. Quizá sepa lo que quiere decir atravesar los Andes a pie, una idea hiperbólica para los gallegos, por la que, sin embargo, ganaron la independencia de Chile las columnas del general San Martín. Esta vez el vuelo sobre los Andes resulta suave como la seda. Dos jóvenes viajeras provenientes del desierto de Atacama, una argentina y otra mexicana, se interesan por nuestra condición de músicos. Con gentil coqueteo, se hacen invitar al concierto que tendrá lugar esa misma tarde.

Circulamos con el tiempo justo, pero en las afueras de Buenos Aires un soberbio atasco nos tira del freno. Nuestra primera lección argentina es un uso apropiado de la palabra "quilombo". El conductor del minibús tantea por teléfono las posibilidades de evitar lo peor del atasco mientras, con soltura de jinete avezado, maniobra hacia atrás en dirección prohibida, sosteniendo la mirada ausente de unos policías urbanos. Es también músico, de la nueva generación de tangueros, conoce a muchos de nuestros amigos y dispone de algo para fumar, si lo necesitamos.

Roberto Menéndez, promotor del concierto, aguarda paciente en la recepción del hotel, con síntomas evidentes de un resfriado tremendo. Era quien guiaba nuestro trayecto alternativo por teléfono. Lo conocimos en Mallorca, donde reside la mayor parte del año, como director del Festival de Jazz de Palma. Recuerdo su inteligente charla musical, durante la cena, en torno al jazz y las músicas de habla hispana. Verle del otro lado del Atlántico, a cargo de nuestra primera visita a su ciudad natal, resulta reconfortante. Por corresponder a la eficiencia del equipo porteño, en media hora estamos listos para salir hacia el Centro Cultural Kirchner.

Roberto se toma, no obstante, un minuto para orientarnos en el centro de la ciudad: estamos alojados junto al Obelisco de la Avenida 9 de Julio, en Suipacha, perpendicular a Corrientes. Yendo hacia el CCK, camino del río, pasamos por la Plaza de Mayo y la Casa Rosada. Frente al CCK se halla la mole envejecida del Luna Park, cuyo cartel de aforo completo sólo está al alcance de los artistas más populares. En tanto esperamos que nos acredite el minucioso servicio de seguridad, trato de captar, casi con desespero, imágenes al vuelo, una pizca del ambiente callejero de Buenos Aires, antes de arrojarme a un escenario que de antemano se me antoja difícil. El clima primaveral de noviembre permite abrir de par en par las ventanas del camerino sobre Corrientes, y me recreo otro minuto mirando como pasan los autobuses multicolores echando humo, la agitación de la calle a la hora en que el común de los mortales sale del trabajo, se afana por hacer las últimas compras y llegar a casa, mientras declina la tarde.

El CCK es un centro de actividad cultural de amplísima arquitectura, donde el lujoso mobiliario de época convive con el diseño vanguardista, objeto de comentario público por causa de su elevado coste. Un técnico de mirada severa controla la actividad del escenario, en el que todo parece a punto. Tras retocar las posiciones, le pido un poco de cinta adhesiva para marcar la tarima, pero con autoridad replica que empleemos el tiempo del que disponemos en probar sonido. La prueba se resuelve en pocos minutos. Las gestiones de Eva Martí, el apoyo de Sebastián Quintana, de Centro Cultural de España en Buenos Aires, y la colaboración de Karina, Geni y Clara, del equipo de producción del CCK, han hecho posible un concierto que alcanza un buen nivel, ante una sala bien poblada, si no completa. Nuestra llegada precipitada no impide que el tiempo se detenga como en sueños para hacer sitio a unas canciones desconocidas en esta ciudad. La actitud receptiva del público nos proporciona seguridad, favorece los matices de expresión, en la sala se instala un clima de complicidad largamente preparado.

Un alegre y numeroso grupo de amigos nos rodea en camerinos: Fernando, Natalia, Alejandro, Leo, Eva, el bajista Henán Flores, María Watson y su pupilo cubano, Ibrahim ferrer Jr. El cansancio se mezcla con una sensación de alivio que recuerda el olor de la tierra después de la lluvia. Buscamos cena por el barrio de Palermo. Leo, al volante, me pasa hacia el asiento de atrás una botella de whisky de la que apenas queda un cuarto, mientras a mi lado se enciende la marihuana como un semáforo que cambia del verde al rojo. Este hubiera sido el momento de abstenerse, pero no ha lugar para explicaciones acerca de los cuidados que aconseja la salud, los muchos años de situaciones semejantes, la conveniencia de moderar inclinaciones compulsivas. La primera visita a esta región del Nuevo Mundo acaricia el oído con dulce engaño e incita a hacer como si fuéramos adolescentes.

Disfruto la impresión grata y novedosa de cómo se mueven los argentinos en su propio medio, con una mezcla de decisión y relajo, después de mucho trato con ellos en España, donde, sin llegar nunca a mostrarse inseguros, parecen siempre alerta, a veces tensos. Hay en esta impresión un contraste cultural que quizá nos retrata más que a ellos. ¿No es el instinto de lucha por la vida, que en Buenos Aires se funde en el día a día, lo que resulta alterado cuando se enfrenta a la arrogancia que el más pobre español parece haber heredado de los señores feudales? Ellos están acostumbrados a mantener despierta la inventiva, mientras nosotros nos contentamos con una picaresca que se diría autorizada por real decreto.
Mi ligereza con las bebidas durante la cena y después de ella –seguramente he interpretado de manera confusa más de un semáforo–, deja margen para que me comporte sin alerta alguna, con más torpeza que tensión, pero nuestros anfitriones se muestran cálidos, afables y comprensivos, cual si conocieran de sobra los efectos de echarle leña al fuego de la escena. La labor de Miguel Jiménez, reiterada durante años en estas tierras, ha creado un ambiente propicio. Las bromas que a menudo se hacen en España, acerca de la afición argentina a los psiquiatras, se vuelven en mi contra, pues, si no recuerdo mal mis desatinados balbuceos, no me hubiera venido mal un terapeuta de guardia.

El músico popular es siempre un emigrado que llega a otro continente en busca de fortuna. Quien se exhibe ante el público se arriesga a cometer pecado de orgullo y termina por reclamar redención piadosa. El deseo suele caer en el doble error de ignorar sus límites y creerse merecedor de eterno castigo, decía el pensador. En el trabajo artístico, por naturaleza maníaco-depresivo, hay dos caminos posibles: el del genio que domina su arte y se arroga el derecho a la locura subvencionada y el del rocanrol, que va a por todas con armas precarias y paga por sí mismo las consecuencias. ¿Cómo evitar la torpeza en un oficio que consiste en superar a menudo el límite de las fuerzas? ¿Puede confundirse el dispendio de uno mismo con la búsqueda de fortuna? ¿No basta con la fortuna de preservar la vida? ¿Dónde se sitúa en la lucha por la vida el sentimiento del honor? ¿Antes de salir al escenario? ¿En el momento de rechazar la botella? ¿En la elección del momento justo para retirarse a la habitación solitaria? La música es el trance y todo lo que viene después resulta degradante. A ver quién asegura que se va a poner a salvo en busca del trance todos los días.

Regresamos al CCK para una charla-coloquio moderada por el periodista Mariano del Mazo, conocedor de muchas músicas, que conduce el acto con maestría. Entre el público, muy atento, hay asistentes al concierto de anoche. Cuando hablamos de Cuba, Ibrahim Ferrer Jr. asiente o precisa. Otros oyentes hacen lo propio e intervienen con naturalidad cuando les concierne. Nuevamente me sorprende el interés que ha despertado nuestra visita. Casi al final del acto, antes de partir, una muchacha toma la palabra para agradecer, seria y emotiva, la música de ayer. Alejandro Taranto, productor y manager de algunas buenas bandas del rock argentino, se despide gentilmente, haciendo votos por el reencuentro.

Formamos un amplio grupo para cenar en un asador junto al río. María Watson me regala unos cuantos discos interesantes, entre ellos la Suite para piano y pulso velado del uruguayo Luciano Supervielle. Antes del final de la cena, algunos estamos ya completamente fundidos, pero Leo y su novia Eva Martí se ofrecen a retomar con mis compañeros la ruta por Palermo. Fernando Lluró, hombre de amabilidad refinada y conocimiento musical amplio, propone que aprovechemos las pocas horas que nos quedan en Buenos Aires y nos guía de mañana hacia La Boca. El ensanche del río convierte el barrio de La Boca en barco que no termina de alejarse del muelle. Los turistas pueblan el pavimento polícromo, pugnan por retratarse ante las fachadas de Caminito, pero no alcanzan a encubrir el latido que habita las calles, pobladas por rostros marcados, congestionados, ultra-expresivos. En el bar casi vacío de una esquina emblemática, donde una pareja de ancianos come despacito junto a la ventana abierta a la calle, Fernando nos instruye, entre cervezas rojas de Patagonia, acerca de las claves más inmediatas para profundizar en el conocimiento del tango.

Sorteamos los puestos callejeros de la antigua Plaza del Comercio –hoy Dorrego– y vamos a comer junto al mercado de San Telmo. Mientras aguardamos mesa, nos entretenemos contemplando en los anticuarios una colección de enseres de otro siglo, herramientas de navegación y de comunicación, una voluminosa escafandra de buzo, astrolabios, viejos muebles con radio, teléfonos de manivela, tocadiscos monoaurales, máquinas de la aventura. En el restaurante de ambiente popular, el humor vivaz de los camareros opera en el punto justo en que motiva a los clientes con inteligencia, sin caer en el exceso: "sentarse al lado de estas damas lleva suplemento...". En todo veo maneras de otro tiempo, que en mi país se han perdido. Aquí el futuro falsamente prometedor se las tiene que ver con un reto grave y tenaz sostenido desde el pasado reciente. Se diría que los espíritus porteños se resisten a soltarse de los umbrales que habitaron. Hacen señas que aguardan el reencuentro futuro.

Pocos días antes de emprender la gira, venciendo una pereza que a ratos adquiría visos de incertidumbre, comencé a hacerme cargo de lo que representaba mi primer viaje a algunas ciudades del Cono Sur. Libros y canciones memorables, eventos inquietantes y amigos en exilio voluntario o forzoso me fueron ligando a ellas a lo largo de medio siglo sin conocerlas. La emoción de la partida inminente, en la que hasta el último momento me resistía a pensar, me obliga a asomarme de pronto a la hondonada del tiempo, a través de las grietas de la historia reciente, como si estuviera sobrevolando el océano hacia el Nuevo Mundo desde que tengo uso de razón.

El trayecto desde Montevideo a Santiago de Chile viene agitado únicamente por el griterío de un equipo deportivo mixto juvenil, alojado en la parte trasera del avión, cuando la voz del sobrecargo reclama por megafonía que abrochemos los cinturones, porque vamos a cruzar la Cordillera. ¡La Cordillera! Cierro los ojos e imagino la cadena inmensa de montañas alzándose de sur a norte del continente. Busco ángulo de visión por alguna ventanilla, entre asientos y pasajeros contiguos. Apenas entreveo un destello próximo de nieve, cuando el aparato da un bandazo repentino que hace aullar de júbilo al equipo deportivo y me pone los pelos de punta. Tras unos segundos empleados en tratar de asegurarnos de que nuestras vidas no se precipitan de inmediato hacia su término, un nuevo bandazo equivalente en sentido contrario sacude nuestras cabezas como en una atracción de feria.  

Se diría que el comandante afrontase, con varoniles golpes de timón, los embates locos del viento. Prefiero esta idea falsa a la de los tripulantes en cabina rezando con las manos juntas, rogando a oídos del Señor del Cielo que se las entienda con el piloto automático. Una caída brutal de la aeronave parece llevar al equipo juvenil a las inmediaciones del orgasmo. A mí me proporciona una conciencia clara de la desmesura natural del continente americano y además me deja, por vía rápida y tecnológica, cual moneda depreciada en manos sudorosas, una noción del valor de la existencia por estos pagos. 

Algunos pasajeros imprudentes, soltándose el cinturón, intentan mantener el equilibrio, mientras con las cámaras de sus teléfonos móviles capturan una imagen de los picos helados que casi rozan el vientre del aparato. Nunca pensé que fuera a hallar alivio en la contemplación de una escena turística semejante. Por situarme jovialmente a la altura de las circunstancias, imagino escenas de antropofagia entre supervivientes de un famoso accidente aéreo acaecido en estas cumbres y selecciono de reojo a mi alrededor brazos y muslos que, en situación de extrema necesidad, pudieran resultar apetitosos.

Tocamos tierra en el aeropuerto de Santiago y nos deslizamos en coche hacia la ciudad, por la carretera que corre en paralelo a los últimos cerros. Hernán Honores, el conductor, es un colaborador de la oficina de Alfredo Troncoso. Rápidamente nos pone al día acerca de la vida en Chile durante los últimos años. Se entretiene en detallar algunos datos acerca del sistema de ayudas estatales que hipoteca a los universitarios chilenos casi de por vida, como ocurre en su caso. Un modo eficaz –asegura– de frenar el ascenso social de los menos afortunados. 

Chile es un territorio hermoso, a la vez inmenso y estrecho, atrapado entre las alturas gigantescas de los Andes y las aguas sin fin del Pacífico, cuya belleza salvaje estimula acaso, en el corazón de una oligarquía poco dispuesta a ceder las riendas del futuro, un titánico afán por asegurarse el dominio sobre los recursos naturales. ¿Tiene eso que ver con el hecho de que en sus poetas asome una insistente pulsión de muerte, unas veces como expresión de violencia catártica, otras como destino precipitado, otras como juego aventurero en que la inspiración poética alcanza a reconocerse en el rostro de su peor enemiga?   

Tras cruzar el río Mapocho, en el centro comercial y de negocios de la ciudad, la belleza natural se exalta en el contraste entre la vegetación poderosa a ras del suelo y las elevadas construcciones del nuevo siglo, con algunos edificios de estilo colonial como testigos. En el lujoso hotel, el trato seco y casi despectivo del personal me provoca una reacción de enfado rencoroso, como si en el humor de los empleados reconociera un oscuro poso de autoritarismo, aunque a renglón seguido se pueda sorprender en los mismos rostros un gesto de dulzura, cuando uno menos se lo espera.

Alfredo "Flaco" Troncoso, quien nos ha recibido en el aeropuerto con franca sonrisa de afecto, se ha adelantado a asegurar la reserva, comprometida por la hora de llegada, en un excelente restaurante peruano. Mientras nos aliviamos con un pisco sour –del que él mismo se abstiene, por cuidar su convalencencia de una reciente operación de corazón– nos instruye acerca de su trayectoria como representante de primeras figuras de la música latinoamericana: se ocupa ahora de los asuntos de Inti Illimani, como antes lo hiciera –durante sus años de estancia en Alemania– con el mismísimo Atahualpa Yupanqui, y después con Mercedes Sosa y con Astor Piazzola. Es un hombre culto, refinado, de humor vivaz y trato cortés, que se complace en hacernos reconocer las excelencias de la cocina peruana. 

Tras un corto descanso en el hotel, salimos a pasear por la avenida Apoquindo, tomamos un taxi hacia Bellavista, barrio de intenso colorido, densamente poblado por jóvenes bien vestidos. Por sus aceras caminan las muchachas fumando con desenvoltura o hablando por el teléfono móvil, mientras esperan a sus parejas. La cena en una terraza resulta amenizada por sucesivos músicos callejeros de calidad discutible. Uno de ellos ensaya una mezcla poco cocinada de canción protesta y rock, otro se larga un "rapeo" interminable sobre las ventajas de la amistad, con rimas acentuadas en "a" tan insistentes y grotescas que provocan la hilaridad de algunos comensales y –finalmente– también la de los camareros, atentos sobre todo a preservar el contenido de sus bandejas. El rapero termina por alejarse sin obtener un peso, pero repite el mismo número en la terraza de al lado. Ojalá su oficio callejero le dé para perseverar en los estudios.

Por la mañana atiendo varias entrevistas por teléfono y converso en el salón del hotel con una prestigiosa periodista chilena, Marisol García. Pregunto en recepción por librerías de poesía y tiendas de música. La amabilidad repentina del personal –el mismo que ayer nos recibió con frialdad deliberada– hace que me arrepienta de mi propio rencor prematuro. Quizá mi interés manifiesto por los poetas y músicos chilenos les haya conmovido. Paseamos por Providencia bajo una luz que cae del cielo como un alud, entre el gentío mestizo. Una agente de policía muy corpulenta, de pulcro uniforme diseñado para dar un toque de estilo a su autoridad indiscutible, nos indica con gesto adusto y lengua escueta el puesto de cambio más próximo.

Después de varios intentos, encuentro las ediciones de la Universidad Diego Portales de Enrique Lihn (Diario de muerte) y de Rodrigo Lira (Proyecto de obras completas), además del Poema de Chile de Gabriela Mistral. En las tiendas de música doy con una edición de las grabaciones de Violeta Parra para EMI y, finalmente, con el objeto principal de mi búsqueda: un ejemplar en vinilo de sus Últimas composiciones. El Flaco considera exagerado su precio, pero estoy contento de volver a ver la misma carátula –el mismo retrato hisuto de la cantora– que tuve en casa hace más de cuarenta años.  

Llevo en la cabeza el son hiriente y tierno de Violeta. Su canto mestizo de furor pagano y fervor cristiano de tradición folclórica es un retrato candente de Chile. De raigambre quevediana, por cierto, en lo que toca a humor negro y al gusto por las postrimerías. Que la pasión de Cristo sea el único relato capaz de articular la voluntad de dominio de la oligarquía y la esperanza de los pobres, es un dato de alcance ecuménico, pero en América Latina cobra un cariz acuciante, porque reparte la misericordia divina en el límite de la revolución social, dado el carácter extremo de las desigualdades. 

La violencia del poderoso cuenta en última instancia con el perdón celestial –es decir, con todas las ventajas de este mundo y del otro–, en tanto que el revolucionario se enfrenta de inmediato al castigo terreno que inflige la máquina militar, defensora de la acumulación ingente de riqueza. Fuera de la resignación, la parte de misericordia que le toca al pobre se reduce a místico fanatismo. En tales condiciones, los poetas educados en aulas de la burguesía, divididos entre el culto a la personalidad y la conmiseración, no hallan sino la muerte como enseña para completar una cosmovisión y adueñarse de su destino. América aguarda un relato en que no interfiera el afán titánico de riqueza, que iguale la idea del más allá con el valor de los dones de la naturaleza. Solamente lo pueden escribir los estudiantes de la clase trabajadora. La oligarquía sabe lo que hace cuando hipoteca sus carreras. He aquí el calado del conflicto estudiantil chileno.

Comemos en el Bar Liguria, de cocina y ambiente tradicionales reconstruidos según moda reciente, con el Flaco y su socio Iván, que sale a recibirnos efusivo. Con ingenua ternura, al cabo de un rato de conversación se declara viejo comunista ortodoxo, aunque no carente de humor autocrítico ("éramos como los curas"), e insinúa el recuerdo de sus amigos desaparecidos. Irradia alegría porque le gusta compartir el plato y la charla con los músicos.

De regreso al hotel, un taxista asturiano ¬–el señor Naves– nos habla de su larga estancia de tres décadas en el país y de su familia chilena. Le digo que Santiago me parece una ciudad hermosa. "Todo no es como lo que está usted viendo". Tiene dos hijos médicos en activo, cuya profesión (y quizá la deuda estudiantil con el gobierno) le mantiene sujeto al volante del taxi santiaguero. "Si no fuera por eso, volvería a Asturias mañana mismo".   

El Club Chocolate tuvo antaño un nombre de solera: Café del Cerro. Por su escenario pasaron los músicos más aclamados de Latinoamérica. Durante la prueba de sonido, los técnicos se muestran afables, eficientes, precisos al reconocer los instrumentos y hacerlos sonar como conviene, dentro de un horario apretado y en competencia con el volumen de un "karaoke" vecino. La generosa hospitalidad de nuestros anfitriones y unos tragos largos de whisky nos permiten sujetar los nervios.

Ante un público poco numeroso, selecto y sensible, la música se reparte sin estridencia por todos los rincones de la sala. Una de las crónicas posteriores hace el mejor halago que podrían recibir mis canciones en esta tierra de cantores y poetas: "música nueva". Con su contraste de gravedad y exaltación, con sus tensiones durables y en pleno proceso de transformación, Chile reclama una estancia larga, pero las prisas de la gira rompen sin miramiento el hilo de la nostalgia. Menos mal que me llevo algunos discos y algunos libros.

Larga noche sobre el Atlántico, pasada en vela en su totalidad con exactitud matemática, contemplando una y otra vez la pantalla inserta en el dorso del asiento delantero, que reduce su vuelo a un lentísimo avance sobre una imagen del globo terráqueo susceptible de ser girada en todos los sentidos y contemplada desde cualquier ángulo de un cielo imaginario, olímpico punto de vista que ayuda a apaciguar un poco la impaciencia. 

Tras una alba remisa, grisácea y difusa, sin puntos de referencia en la enormidad del cielo verdadero, la aparición del Río de la Plata a un costado del avión eleva la realidad a la categoría de las ficciones: la desembocadura se extiende inmensa bajo la luz plomiza, sin accidente reconocible que permita distinguir el margen fluvial de su apertura al océano. Cada segundo se intensifica el reverbero de la luz oblícua sobre el espejo desmesurado, gris azulado del cara al mar, de color arenoso y turbio aguas arriba del estuario.

Aquí es donde Magallanes, portugués empecinado, y su tripulación española al borde del motín, creyeron que alcanzaban a dar la vuelta por el sur al continente recién descubierto, en pos de la ansiada ruta occidental de las especias, tanto tardaban los vigías en dar la voz de aviso de orilla opuesta, que solamente divisarían desde lo alto de la colina que dio su nombre a Montevideo.

Nuestro primer contacto uruguayo es Tato, miembro del equipo que organiza el Festival de Jazz de la ciudad. Mientras esperamos el transporte, nos pone al tanto de que el Centro Cultural Español ha cancelado la charla prevista para ese mismo día y de que la hora del concierto del día siguiente coincide con un partido de fútbol del equipo nacional uruguayo. El segundo contacto es el chófer, que responde con desenvoltura precisa a todas las preguntas, en tanto se extiende tras el parabrisas la cinta luminosa que une el costado de las playas con el de los edificios. Oído atento, le escucho comentar que el secreto de la evolución de Uruguay en los últimos años consiste en que el país, poco poblado, carece de riqueza suficiente para alentar la corrupción a gran escala, o para que un cambio de gobierno altere mucho las cosas. 

Su comentario parece equidistante de cualquier adhesión política, pero en el fondo implica que no hay razón para exagerar los méritos del ex-presidente José Mujica. Al conceder la única iniciativa al principio de realidad que promueve en las altas esferas la codicia del beneficio cuantioso, deja de lado las motivaciones de los humildes para aceptar, a cambio de una pequeña mejora en la existencia diaria, la idea de sumarse al proyecto de renovación de un país entero.

Una cordialidad discreta, pero efectiva, nos aloja en el Barrio de las Artes y después nos va guiando por calles de retazos multicolores, donde alternan cálidas fachadas a la espera de reforma con escaparates de aspecto luciente y frío. Hacemos un alto en el primer bar para brindar con una cerveza roja proveniente de la Patagonia. Caminamos luego hacia Ciudad Vieja, el Mercado del Puerto, la mejor carne de res y los vinos de Tannat. Entre los transeúntes que nos salen al paso relajadamente predominan los rostros de origen europeo. Inmóviles en sus puestos callejeros, vacíos de clientela, los rostros indígenas adoptan expresión más adusta. 

El director del Centro Cultural Español no parece dispuesto a desvivirse por nuestra visita, por la facilidad con que ha cancelado en el último momento la charla sobre El ritmo perdido, basándose quizá en la previsible escasez de asistencia, y se exime de dar explicaciones o hacer acto de presencia al día siguiente en el concierto, coincidente con el encuentro de Uruguay contra Chile. El concierto forma parte del programa del Festival Cervantino, además del Festival de Jazz, pero todo el mundo comenta que el partido es de máxima rivalidad.

Ante nuestra solicitud de un rincón para ensayar, el gerente del hotel abre gentilmente las puertas de un espléndido salón de tarima impecable, lujosas molduras y lámparas de diseño art-decó. Formaba parte del antiguo y prestigioso Teatro Cervantes, donde recalaban antaño grandes compañías, como la de Margarita Xirgú. El viejo hotel adyacente hospedó a afamados literatos. Su actual gerente se muestra aliviado por la ocasión de devolver tal espacio, recien restaurado, a un uso artístico, aunque menor, distinto de las convenciones de empresa.

Dos jóvenes reporteros de una agencia de prensa internacional, entrevistadora y camarógrafo, se presentan con las preguntas bien preparadas. En el amplio salón de sonoridad perfecta, sin necesidad de amplificación alguna, ensayamos un bolero cubano, otro mexicano y –por primera vez– una canción de Violeta Parra.

Mientras me visto para el concierto, llega por la ventana abierta un grito unánime enfervorecido, seguido de algunas detonaciones. La ciudad entera canta el gol uruguayo con alegría guerrera, que sorprende un poco tras las sucesivas muestras de amabilidad local. Mala señal, de cara a una aceptable audiencia en el Teatro Solís, que a la hora de probar sonido nos ha parecido, además de hermoso, enorme. 

Nuestro trabajo es poco conocido en estas tierras. La audiencia resulta ser minoritaria, en efecto, pero más que aceptable, dadas las circunstancias. Sus reacciones responden a una extraña mezcla de calidez y frialdad, o tal vez sobria contención. Semejante, por cierto, al clima mismo de la ciudad: entrada ya la primavera austral, el sol pica fuerte, pero en el aire se siente la cercanía del polo.

Las ganas de dar lo mejor en escena no encontrarán curso fácil. Duendes de diverso signo se cruzan en la noche profunda de Montevideo. El director del Festival de Jazz, Philippe Pinet, un hombre cultivado y atento que fue tenista de alta competición, viene a saludar al camerino, antes de la actuación, sin que lo desabrido de la taquilla parezca haberle desanimado en exceso. 

De manera algo imprudente por mi parte, nos embarcamos en un intercambio de pareceres acerca del devenir de la sociedad uruguaya, que resulta especialmente interesante tras el paso de Mujica por la presidencia del país. Pinet, sin embargo, almacena una larga lista de motivos para reprobar la gestión de un equipo de gobierno compuesto –según dice– por ex-tupamaros, si bien admite que los emotivos discursos de Mujica han puesto a Uruguay en primer plano de la actualidad internacional. Suena el tercer aviso para que dé comienzo el espectáculo. Me encamino hacia el escenario con la conciencia de no haber calentado la voz en el sentido correcto.

Acabado el concierto, salgo de nuevo a contemplar los asientos rojos y el oropel del teatro vacío. Los técnicos deambulan recogiendo cables, mas bien cabizbajos. Por decir algo, les pregunto: "¿Cómo fue el partido? En el hotel escuché un gol uruguayo...". "Perdimos tres a uno...", responde el más joven de ellos con amarga desgana, mientras pasa de largo sin dignarse en mirarme.

Tres semanas después, justo al final de la gira, un encuentro azaroso, a modo de poético efecto circular, viene a completar mis impresiones de Montevideo: en la terminal de llegadas madrileña, me aborda una pareja compuesta por murciano y uruguaya. Él comenta efusivo: "¡Qué casualidad! Estuvimos en el Teatro Solís, ¡fue un gran concierto!". Ella asiente sonriendo suavemente, rezagada y discreta.