Pocos días antes de emprender la gira, venciendo una pereza que a ratos adquiría visos de incertidumbre, comencé a hacerme cargo de lo que representaba mi primer viaje a algunas ciudades del Cono Sur. Libros y canciones memorables, eventos inquietantes y amigos en exilio voluntario o forzoso me fueron ligando a ellas a lo largo de medio siglo sin conocerlas. La emoción de la partida inminente, en la que hasta el último momento me resistía a pensar, me obliga a asomarme de pronto a la hondonada del tiempo, a través de las grietas de la historia reciente, como si estuviera sobrevolando el océano hacia el Nuevo Mundo desde que tengo uso de razón.

El trayecto desde Montevideo a Santiago de Chile viene agitado únicamente por el griterío de un equipo deportivo mixto juvenil, alojado en la parte trasera del avión, cuando la voz del sobrecargo reclama por megafonía que abrochemos los cinturones, porque vamos a cruzar la Cordillera. ¡La Cordillera! Cierro los ojos e imagino la cadena inmensa de montañas alzándose de sur a norte del continente. Busco ángulo de visión por alguna ventanilla, entre asientos y pasajeros contiguos. Apenas entreveo un destello próximo de nieve, cuando el aparato da un bandazo repentino que hace aullar de júbilo al equipo deportivo y me pone los pelos de punta. Tras unos segundos empleados en tratar de asegurarnos de que nuestras vidas no se precipitan de inmediato hacia su término, un nuevo bandazo equivalente en sentido contrario sacude nuestras cabezas como en una atracción de feria.  

Se diría que el comandante afrontase, con varoniles golpes de timón, los embates locos del viento. Prefiero esta idea falsa a la de los tripulantes en cabina rezando con las manos juntas, rogando a oídos del Señor del Cielo que se las entienda con el piloto automático. Una caída brutal de la aeronave parece llevar al equipo juvenil a las inmediaciones del orgasmo. A mí me proporciona una conciencia clara de la desmesura natural del continente americano y además me deja, por vía rápida y tecnológica, cual moneda depreciada en manos sudorosas, una noción del valor de la existencia por estos pagos. 

Algunos pasajeros imprudentes, soltándose el cinturón, intentan mantener el equilibrio, mientras con las cámaras de sus teléfonos móviles capturan una imagen de los picos helados que casi rozan el vientre del aparato. Nunca pensé que fuera a hallar alivio en la contemplación de una escena turística semejante. Por situarme jovialmente a la altura de las circunstancias, imagino escenas de antropofagia entre supervivientes de un famoso accidente aéreo acaecido en estas cumbres y selecciono de reojo a mi alrededor brazos y muslos que, en situación de extrema necesidad, pudieran resultar apetitosos.

Tocamos tierra en el aeropuerto de Santiago y nos deslizamos en coche hacia la ciudad, por la carretera que corre en paralelo a los últimos cerros. Hernán Honores, el conductor, es un colaborador de la oficina de Alfredo Troncoso. Rápidamente nos pone al día acerca de la vida en Chile durante los últimos años. Se entretiene en detallar algunos datos acerca del sistema de ayudas estatales que hipoteca a los universitarios chilenos casi de por vida, como ocurre en su caso. Un modo eficaz –asegura– de frenar el ascenso social de los menos afortunados. 

Chile es un territorio hermoso, a la vez inmenso y estrecho, atrapado entre las alturas gigantescas de los Andes y las aguas sin fin del Pacífico, cuya belleza salvaje estimula acaso, en el corazón de una oligarquía poco dispuesta a ceder las riendas del futuro, un titánico afán por asegurarse el dominio sobre los recursos naturales. ¿Tiene eso que ver con el hecho de que en sus poetas asome una insistente pulsión de muerte, unas veces como expresión de violencia catártica, otras como destino precipitado, otras como juego aventurero en que la inspiración poética alcanza a reconocerse en el rostro de su peor enemiga?   

Tras cruzar el río Mapocho, en el centro comercial y de negocios de la ciudad, la belleza natural se exalta en el contraste entre la vegetación poderosa a ras del suelo y las elevadas construcciones del nuevo siglo, con algunos edificios de estilo colonial como testigos. En el lujoso hotel, el trato seco y casi despectivo del personal me provoca una reacción de enfado rencoroso, como si en el humor de los empleados reconociera un oscuro poso de autoritarismo, aunque a renglón seguido se pueda sorprender en los mismos rostros un gesto de dulzura, cuando uno menos se lo espera.

Alfredo "Flaco" Troncoso, quien nos ha recibido en el aeropuerto con franca sonrisa de afecto, se ha adelantado a asegurar la reserva, comprometida por la hora de llegada, en un excelente restaurante peruano. Mientras nos aliviamos con un pisco sour –del que él mismo se abstiene, por cuidar su convalencencia de una reciente operación de corazón– nos instruye acerca de su trayectoria como representante de primeras figuras de la música latinoamericana: se ocupa ahora de los asuntos de Inti Illimani, como antes lo hiciera –durante sus años de estancia en Alemania– con el mismísimo Atahualpa Yupanqui, y después con Mercedes Sosa y con Astor Piazzola. Es un hombre culto, refinado, de humor vivaz y trato cortés, que se complace en hacernos reconocer las excelencias de la cocina peruana. 

Tras un corto descanso en el hotel, salimos a pasear por la avenida Apoquindo, tomamos un taxi hacia Bellavista, barrio de intenso colorido, densamente poblado por jóvenes bien vestidos. Por sus aceras caminan las muchachas fumando con desenvoltura o hablando por el teléfono móvil, mientras esperan a sus parejas. La cena en una terraza resulta amenizada por sucesivos músicos callejeros de calidad discutible. Uno de ellos ensaya una mezcla poco cocinada de canción protesta y rock, otro se larga un "rapeo" interminable sobre las ventajas de la amistad, con rimas acentuadas en "a" tan insistentes y grotescas que provocan la hilaridad de algunos comensales y –finalmente– también la de los camareros, atentos sobre todo a preservar el contenido de sus bandejas. El rapero termina por alejarse sin obtener un peso, pero repite el mismo número en la terraza de al lado. Ojalá su oficio callejero le dé para perseverar en los estudios.

Por la mañana atiendo varias entrevistas por teléfono y converso en el salón del hotel con una prestigiosa periodista chilena, Marisol García. Pregunto en recepción por librerías de poesía y tiendas de música. La amabilidad repentina del personal –el mismo que ayer nos recibió con frialdad deliberada– hace que me arrepienta de mi propio rencor prematuro. Quizá mi interés manifiesto por los poetas y músicos chilenos les haya conmovido. Paseamos por Providencia bajo una luz que cae del cielo como un alud, entre el gentío mestizo. Una agente de policía muy corpulenta, de pulcro uniforme diseñado para dar un toque de estilo a su autoridad indiscutible, nos indica con gesto adusto y lengua escueta el puesto de cambio más próximo.

Después de varios intentos, encuentro las ediciones de la Universidad Diego Portales de Enrique Lihn (Diario de muerte) y de Rodrigo Lira (Proyecto de obras completas), además del Poema de Chile de Gabriela Mistral. En las tiendas de música doy con una edición de las grabaciones de Violeta Parra para EMI y, finalmente, con el objeto principal de mi búsqueda: un ejemplar en vinilo de sus Últimas composiciones. El Flaco considera exagerado su precio, pero estoy contento de volver a ver la misma carátula –el mismo retrato hisuto de la cantora– que tuve en casa hace más de cuarenta años.  

Llevo en la cabeza el son hiriente y tierno de Violeta. Su canto mestizo de furor pagano y fervor cristiano de tradición folclórica es un retrato candente de Chile. De raigambre quevediana, por cierto, en lo que toca a humor negro y al gusto por las postrimerías. Que la pasión de Cristo sea el único relato capaz de articular la voluntad de dominio de la oligarquía y la esperanza de los pobres, es un dato de alcance ecuménico, pero en América Latina cobra un cariz acuciante, porque reparte la misericordia divina en el límite de la revolución social, dado el carácter extremo de las desigualdades. 

La violencia del poderoso cuenta en última instancia con el perdón celestial –es decir, con todas las ventajas de este mundo y del otro–, en tanto que el revolucionario se enfrenta de inmediato al castigo terreno que inflige la máquina militar, defensora de la acumulación ingente de riqueza. Fuera de la resignación, la parte de misericordia que le toca al pobre se reduce a místico fanatismo. En tales condiciones, los poetas educados en aulas de la burguesía, divididos entre el culto a la personalidad y la conmiseración, no hallan sino la muerte como enseña para completar una cosmovisión y adueñarse de su destino. América aguarda un relato en que no interfiera el afán titánico de riqueza, que iguale la idea del más allá con el valor de los dones de la naturaleza. Solamente lo pueden escribir los estudiantes de la clase trabajadora. La oligarquía sabe lo que hace cuando hipoteca sus carreras. He aquí el calado del conflicto estudiantil chileno.

Comemos en el Bar Liguria, de cocina y ambiente tradicionales reconstruidos según moda reciente, con el Flaco y su socio Iván, que sale a recibirnos efusivo. Con ingenua ternura, al cabo de un rato de conversación se declara viejo comunista ortodoxo, aunque no carente de humor autocrítico ("éramos como los curas"), e insinúa el recuerdo de sus amigos desaparecidos. Irradia alegría porque le gusta compartir el plato y la charla con los músicos.

De regreso al hotel, un taxista asturiano ¬–el señor Naves– nos habla de su larga estancia de tres décadas en el país y de su familia chilena. Le digo que Santiago me parece una ciudad hermosa. "Todo no es como lo que está usted viendo". Tiene dos hijos médicos en activo, cuya profesión (y quizá la deuda estudiantil con el gobierno) le mantiene sujeto al volante del taxi santiaguero. "Si no fuera por eso, volvería a Asturias mañana mismo".   

El Club Chocolate tuvo antaño un nombre de solera: Café del Cerro. Por su escenario pasaron los músicos más aclamados de Latinoamérica. Durante la prueba de sonido, los técnicos se muestran afables, eficientes, precisos al reconocer los instrumentos y hacerlos sonar como conviene, dentro de un horario apretado y en competencia con el volumen de un "karaoke" vecino. La generosa hospitalidad de nuestros anfitriones y unos tragos largos de whisky nos permiten sujetar los nervios.

Ante un público poco numeroso, selecto y sensible, la música se reparte sin estridencia por todos los rincones de la sala. Una de las crónicas posteriores hace el mejor halago que podrían recibir mis canciones en esta tierra de cantores y poetas: "música nueva". Con su contraste de gravedad y exaltación, con sus tensiones durables y en pleno proceso de transformación, Chile reclama una estancia larga, pero las prisas de la gira rompen sin miramiento el hilo de la nostalgia. Menos mal que me llevo algunos discos y algunos libros.

Larga noche sobre el Atlántico, pasada en vela en su totalidad con exactitud matemática, contemplando una y otra vez la pantalla inserta en el dorso del asiento delantero, que reduce su vuelo a un lentísimo avance sobre una imagen del globo terráqueo susceptible de ser girada en todos los sentidos y contemplada desde cualquier ángulo de un cielo imaginario, olímpico punto de vista que ayuda a apaciguar un poco la impaciencia. 

Tras una alba remisa, grisácea y difusa, sin puntos de referencia en la enormidad del cielo verdadero, la aparición del Río de la Plata a un costado del avión eleva la realidad a la categoría de las ficciones: la desembocadura se extiende inmensa bajo la luz plomiza, sin accidente reconocible que permita distinguir el margen fluvial de su apertura al océano. Cada segundo se intensifica el reverbero de la luz oblícua sobre el espejo desmesurado, gris azulado del cara al mar, de color arenoso y turbio aguas arriba del estuario.

Aquí es donde Magallanes, portugués empecinado, y su tripulación española al borde del motín, creyeron que alcanzaban a dar la vuelta por el sur al continente recién descubierto, en pos de la ansiada ruta occidental de las especias, tanto tardaban los vigías en dar la voz de aviso de orilla opuesta, que solamente divisarían desde lo alto de la colina que dio su nombre a Montevideo.

Nuestro primer contacto uruguayo es Tato, miembro del equipo que organiza el Festival de Jazz de la ciudad. Mientras esperamos el transporte, nos pone al tanto de que el Centro Cultural Español ha cancelado la charla prevista para ese mismo día y de que la hora del concierto del día siguiente coincide con un partido de fútbol del equipo nacional uruguayo. El segundo contacto es el chófer, que responde con desenvoltura precisa a todas las preguntas, en tanto se extiende tras el parabrisas la cinta luminosa que une el costado de las playas con el de los edificios. Oído atento, le escucho comentar que el secreto de la evolución de Uruguay en los últimos años consiste en que el país, poco poblado, carece de riqueza suficiente para alentar la corrupción a gran escala, o para que un cambio de gobierno altere mucho las cosas. 

Su comentario parece equidistante de cualquier adhesión política, pero en el fondo implica que no hay razón para exagerar los méritos del ex-presidente José Mujica. Al conceder la única iniciativa al principio de realidad que promueve en las altas esferas la codicia del beneficio cuantioso, deja de lado las motivaciones de los humildes para aceptar, a cambio de una pequeña mejora en la existencia diaria, la idea de sumarse al proyecto de renovación de un país entero.

Una cordialidad discreta, pero efectiva, nos aloja en el Barrio de las Artes y después nos va guiando por calles de retazos multicolores, donde alternan cálidas fachadas a la espera de reforma con escaparates de aspecto luciente y frío. Hacemos un alto en el primer bar para brindar con una cerveza roja proveniente de la Patagonia. Caminamos luego hacia Ciudad Vieja, el Mercado del Puerto, la mejor carne de res y los vinos de Tannat. Entre los transeúntes que nos salen al paso relajadamente predominan los rostros de origen europeo. Inmóviles en sus puestos callejeros, vacíos de clientela, los rostros indígenas adoptan expresión más adusta. 

El director del Centro Cultural Español no parece dispuesto a desvivirse por nuestra visita, por la facilidad con que ha cancelado en el último momento la charla sobre El ritmo perdido, basándose quizá en la previsible escasez de asistencia, y se exime de dar explicaciones o hacer acto de presencia al día siguiente en el concierto, coincidente con el encuentro de Uruguay contra Chile. El concierto forma parte del programa del Festival Cervantino, además del Festival de Jazz, pero todo el mundo comenta que el partido es de máxima rivalidad.

Ante nuestra solicitud de un rincón para ensayar, el gerente del hotel abre gentilmente las puertas de un espléndido salón de tarima impecable, lujosas molduras y lámparas de diseño art-decó. Formaba parte del antiguo y prestigioso Teatro Cervantes, donde recalaban antaño grandes compañías, como la de Margarita Xirgú. El viejo hotel adyacente hospedó a afamados literatos. Su actual gerente se muestra aliviado por la ocasión de devolver tal espacio, recien restaurado, a un uso artístico, aunque menor, distinto de las convenciones de empresa.

Dos jóvenes reporteros de una agencia de prensa internacional, entrevistadora y camarógrafo, se presentan con las preguntas bien preparadas. En el amplio salón de sonoridad perfecta, sin necesidad de amplificación alguna, ensayamos un bolero cubano, otro mexicano y –por primera vez– una canción de Violeta Parra.

Mientras me visto para el concierto, llega por la ventana abierta un grito unánime enfervorecido, seguido de algunas detonaciones. La ciudad entera canta el gol uruguayo con alegría guerrera, que sorprende un poco tras las sucesivas muestras de amabilidad local. Mala señal, de cara a una aceptable audiencia en el Teatro Solís, que a la hora de probar sonido nos ha parecido, además de hermoso, enorme. 

Nuestro trabajo es poco conocido en estas tierras. La audiencia resulta ser minoritaria, en efecto, pero más que aceptable, dadas las circunstancias. Sus reacciones responden a una extraña mezcla de calidez y frialdad, o tal vez sobria contención. Semejante, por cierto, al clima mismo de la ciudad: entrada ya la primavera austral, el sol pica fuerte, pero en el aire se siente la cercanía del polo.

Las ganas de dar lo mejor en escena no encontrarán curso fácil. Duendes de diverso signo se cruzan en la noche profunda de Montevideo. El director del Festival de Jazz, Philippe Pinet, un hombre cultivado y atento que fue tenista de alta competición, viene a saludar al camerino, antes de la actuación, sin que lo desabrido de la taquilla parezca haberle desanimado en exceso. 

De manera algo imprudente por mi parte, nos embarcamos en un intercambio de pareceres acerca del devenir de la sociedad uruguaya, que resulta especialmente interesante tras el paso de Mujica por la presidencia del país. Pinet, sin embargo, almacena una larga lista de motivos para reprobar la gestión de un equipo de gobierno compuesto –según dice– por ex-tupamaros, si bien admite que los emotivos discursos de Mujica han puesto a Uruguay en primer plano de la actualidad internacional. Suena el tercer aviso para que dé comienzo el espectáculo. Me encamino hacia el escenario con la conciencia de no haber calentado la voz en el sentido correcto.

Acabado el concierto, salgo de nuevo a contemplar los asientos rojos y el oropel del teatro vacío. Los técnicos deambulan recogiendo cables, mas bien cabizbajos. Por decir algo, les pregunto: "¿Cómo fue el partido? En el hotel escuché un gol uruguayo...". "Perdimos tres a uno...", responde el más joven de ellos con amarga desgana, mientras pasa de largo sin dignarse en mirarme.

Tres semanas después, justo al final de la gira, un encuentro azaroso, a modo de poético efecto circular, viene a completar mis impresiones de Montevideo: en la terminal de llegadas madrileña, me aborda una pareja compuesta por murciano y uruguaya. Él comenta efusivo: "¡Qué casualidad! Estuvimos en el Teatro Solís, ¡fue un gran concierto!". Ella asiente sonriendo suavemente, rezagada y discreta.

A petición de la JUNTA DE AUTORES DE MÚSICA.

Mis actividades como intérprete y compositor de canciones se desarrollan en el marco del pequeño equipo de trabajo de LA HUELLA SONORA S.L., oficina independiente que se ocupa de todos los trabajos de producción, edición, administración, contratación y diseño que conciernen a mi obra, en el que se mantienen tres nóminas que cubren horarios a tiempo completo y un sueldo más como autónomo, que me corresponde como administrador de dicha sociedad, registrada a mi nombre. 

Mantener dichos puestos de trabajo durante los últimos años, correspondientes al periodo de crisis, recortes y subidas de impuestos generalizados en España, ha supuesto un esfuerzo considerable, que nos ha llevado a sobrepasar con frecuencia el límite razonable de los desafíos creativos y físicos, pero supone un logro del que nos sentimos orgullosos, en un medio en que no pocas empresas como la nuestra se han visto obligadas al cierre o a la reducción de personal y de jornada.

El hundimiento de las ventas de los soportes fonomecánicos, junto con los derechos de autor asociados a ellos, ha corrido en paralelo con el endeudamiento progresivo de la mayor parte de los ayuntamientos, de los que depende en nuestro circuito el grueso de la contratación de conciertos, debido muchas veces a prácticas discutibles, cuando no fuera del marco de la legalidad. Los cachés incrementados artificialmente hasta límites absurdos durante muchos años, correspondientes a los artistas que gozan del apoyo de las empresas multinacionales y de los medios de mayor audiencia, favorecidos por un sistema público de contratación de fiestas patronales que delega habitualmente en agentes comisionistas, han contribuido decisivamente a dicho endeudamiento, cerrando puertas a muchos artistas cuya apuesta creativa no encaja en los canales mayoritarios y afectando de manera muy particular a los nuevos creadores. 

El papel de las sociedades de gestión de los derechos generados por los productos culturales constituye un capítulo delicado entre los problemas que nos afectan. La Sociedad General de Autores y Editores, en particular, ha sufrido un desvío paulatino que ha pervertido el concepto mismo de autoría, poniéndolo en manos de las editoriales creadas al amparo de las empresas multinacionales y de los grandes grupos de comunicación que, gracias a una manipulación calculada del voto mayoritario y de los estatutos societarios, han conseguido desviar partidas enormes de derechos hacia unas pocas manos que poco o nada tienen que ver con la creación de contenidos.  

La pérdida de bienes culturales que todo ello supone se ha agravado aún más con las subidas de impuestos, que en nuestro sector tienen un peso desproporcionado, en comparación con otros sectores: el IVA cultural y el impuesto de sociedades. Se discute a veces que el IVA que afecta a las producciones culturales tenga que ser favorecido en comparación con productos o servicios de primera necesidad, sin tener en cuenta que quien consume alimentos a diario o va una vez al mes a la peluquería raramente adquiere un disco o paga la entrada a un espectáculo con frecuencia comparable. Las producciones culturales son difícilmente rentables, si no disponen del apoyo de los medios masivos. La mayor parte de las iniciativas privadas hoy en día son deficitarias o alcanzan a duras penas el límite de amortización. La rebaja del IVA cultural es imprescindible para que los hijos de quien fabrica el pan o regenta un pequeño comercio puedan llegar a disfrutar de bienes culturales dignos de ese nombre.

En cuanto al impuesto de sociedades, resulta incomprensible la desproporción entre lo que le toca pagar a un pequeño autónomo y lo que tributa una gran empresa. La excusa de que una gran empresa genera más puestos de trabajo que una PYME no es válida, porque el conjunto de las PYMES genera más puestos de trabajo y reparte más riqueza que el conjunto de las empresas del IBEX 35. La única explicación posible es la facilidad con que se apañan de un plumazo las cuentas macroeconómicas gravando tanto al conjunto de trabajadores y parados, como al de las pequeñas y medianas empresas –que constituyen la mayoría del tejido productivo– a golpe de decreto-ley, en tanto que se favorece de manera vergonzosa a los grandes empresarios cercanos a las élites de poder.

Estos temas fiscales, que afectan a la mayoría ciudadana, tienen una incidencia más profunda en el ámbito de la creación cultural, dadas los conflictos específicos propios de nuestro sector. Es obvio que no se trata de reclamar favoritismo alguno para los artistas, sino un estatuto de dignidad profesional que iguale sus posibilidades de desarrollo en relación con otros oficios y deje abiertas esas posibilidades tanto a los creadores inventivos como a los que repiten las fórmulas más comerciales, al dictado de los medios que controlan las mayores audiencias. 

El éxito y la fortuna del artista no son legislables: dependen del gusto público variable o del esfuerzo continuado durante décadas, pero sí son legislables las condiciones mínimas de supervivencia que permitan a los artistas sostener su reto durante tiempo suficiente para madurar su obra. Muy al contrario, llevamos décadas observando como una generación tras otra abandona los útiles de la creación artística por imposibilidad de acceder al público, dado que los medios mayoritarios están bloqueados, en manos de intereses muy restringidos.

Los nuevos medios de difusión a través de la red, por su parte, no garantizan al usuario sino la inmersión en un marasmo de datos en los que apenas tiene ocasión de detectar una pista adecuada a sus intereses, si no sigue la sugestión publicitaria de los medios más influyentes, o el consejo particular que se transmite de persona a persona. En este último caso, es determinante la posibilidad de cultivar criterios de selección capaces de detectar y fomentar la riqueza cultural independiente de las campañas de propaganda, pero esta posibilidad tiende a desaparecer si se ahogan las empresas culturales más novedosas o arriesgadas.

La protección de los bienes culturales está directamente relacionada con la educación, en el seno de las familias tanto como en la escuela y en los medios de comunicación. Un país que no protege el pasado y el futuro de su cultura es un país que renuncia a la educación. Si el interés mercantil más inmediato y vulgar se impone en los medios de comunicación, si la educación se tecnifica e informatiza en las escuelas sin cuidar suficientemente las formas del lenguaje, las relaciones interpersonales, las disposiciones creativas y la capacidad de reflexionar, al tiempo que en los hogares se abandona la atención de los niños a los diversos soportes electrónicos, la ruina de la cultura está asegurada, así como el caldo de cultivo para una involución hacia los instintos más primarios.

España es un país en que el conocimiento de las diversas tradiciones culturales, lingüísticas, científicas y humanísticas, junto con el respeto por la riqueza del patrimonio histórico y de los entornos naturales, resulta determinante para gestionar la complejidad que nos constituye y nuestro papel en el marco de las relaciones internacionales. La modernización tecnológica iniciada en el último medio siglo debe correr pareja con ese conocimiento y ese respeto, en lugar de inclinarse únicamente del lado del consumo. La difusión masiva de soportes técnicos individualizados debe abrir hueco a los contenidos de calidad, de lo contrario el enorme poder de la electrónica no amplifica sino la banalidad y el mal gusto, convirtiendo la bajeza moral en costumbre. 

Nuestra Constitución reconoce entre sus artículos a la ciencia y a la tecnología, como bienes comunes que deben ser razonablemente protegidos, sin hacer al mismo tiempo mención de las humanidades y de las artes que representan lo más selecto de nuestra tradición cultural. El modelo educativo del pragmatismo norteamericano, favorito de la oligarquía española, que favorece la ciencia aplicada al desarrollo de las tecnologías útiles para las industrias más poderosas, no recoge la complejidad de nuestra historia ni prepara el porvenir en la dirección que conviene a las culturas mediterráneas e iberoamericanas, a cuyos respectivos ámbitos pertenecemos.