A petición de la JUNTA DE AUTORES DE MÚSICA.

Mis actividades como intérprete y compositor de canciones se desarrollan en el marco del pequeño equipo de trabajo de LA HUELLA SONORA S.L., oficina independiente que se ocupa de todos los trabajos de producción, edición, administración, contratación y diseño que conciernen a mi obra, en el que se mantienen tres nóminas que cubren horarios a tiempo completo y un sueldo más como autónomo, que me corresponde como administrador de dicha sociedad, registrada a mi nombre. 

Mantener dichos puestos de trabajo durante los últimos años, correspondientes al periodo de crisis, recortes y subidas de impuestos generalizados en España, ha supuesto un esfuerzo considerable, que nos ha llevado a sobrepasar con frecuencia el límite razonable de los desafíos creativos y físicos, pero supone un logro del que nos sentimos orgullosos, en un medio en que no pocas empresas como la nuestra se han visto obligadas al cierre o a la reducción de personal y de jornada.

El hundimiento de las ventas de los soportes fonomecánicos, junto con los derechos de autor asociados a ellos, ha corrido en paralelo con el endeudamiento progresivo de la mayor parte de los ayuntamientos, de los que depende en nuestro circuito el grueso de la contratación de conciertos, debido muchas veces a prácticas discutibles, cuando no fuera del marco de la legalidad. Los cachés incrementados artificialmente hasta límites absurdos durante muchos años, correspondientes a los artistas que gozan del apoyo de las empresas multinacionales y de los medios de mayor audiencia, favorecidos por un sistema público de contratación de fiestas patronales que delega habitualmente en agentes comisionistas, han contribuido decisivamente a dicho endeudamiento, cerrando puertas a muchos artistas cuya apuesta creativa no encaja en los canales mayoritarios y afectando de manera muy particular a los nuevos creadores. 

El papel de las sociedades de gestión de los derechos generados por los productos culturales constituye un capítulo delicado entre los problemas que nos afectan. La Sociedad General de Autores y Editores, en particular, ha sufrido un desvío paulatino que ha pervertido el concepto mismo de autoría, poniéndolo en manos de las editoriales creadas al amparo de las empresas multinacionales y de los grandes grupos de comunicación que, gracias a una manipulación calculada del voto mayoritario y de los estatutos societarios, han conseguido desviar partidas enormes de derechos hacia unas pocas manos que poco o nada tienen que ver con la creación de contenidos.  

La pérdida de bienes culturales que todo ello supone se ha agravado aún más con las subidas de impuestos, que en nuestro sector tienen un peso desproporcionado, en comparación con otros sectores: el IVA cultural y el impuesto de sociedades. Se discute a veces que el IVA que afecta a las producciones culturales tenga que ser favorecido en comparación con productos o servicios de primera necesidad, sin tener en cuenta que quien consume alimentos a diario o va una vez al mes a la peluquería raramente adquiere un disco o paga la entrada a un espectáculo con frecuencia comparable. Las producciones culturales son difícilmente rentables, si no disponen del apoyo de los medios masivos. La mayor parte de las iniciativas privadas hoy en día son deficitarias o alcanzan a duras penas el límite de amortización. La rebaja del IVA cultural es imprescindible para que los hijos de quien fabrica el pan o regenta un pequeño comercio puedan llegar a disfrutar de bienes culturales dignos de ese nombre.

En cuanto al impuesto de sociedades, resulta incomprensible la desproporción entre lo que le toca pagar a un pequeño autónomo y lo que tributa una gran empresa. La excusa de que una gran empresa genera más puestos de trabajo que una PYME no es válida, porque el conjunto de las PYMES genera más puestos de trabajo y reparte más riqueza que el conjunto de las empresas del IBEX 35. La única explicación posible es la facilidad con que se apañan de un plumazo las cuentas macroeconómicas gravando tanto al conjunto de trabajadores y parados, como al de las pequeñas y medianas empresas –que constituyen la mayoría del tejido productivo– a golpe de decreto-ley, en tanto que se favorece de manera vergonzosa a los grandes empresarios cercanos a las élites de poder.

Estos temas fiscales, que afectan a la mayoría ciudadana, tienen una incidencia más profunda en el ámbito de la creación cultural, dadas los conflictos específicos propios de nuestro sector. Es obvio que no se trata de reclamar favoritismo alguno para los artistas, sino un estatuto de dignidad profesional que iguale sus posibilidades de desarrollo en relación con otros oficios y deje abiertas esas posibilidades tanto a los creadores inventivos como a los que repiten las fórmulas más comerciales, al dictado de los medios que controlan las mayores audiencias. 

El éxito y la fortuna del artista no son legislables: dependen del gusto público variable o del esfuerzo continuado durante décadas, pero sí son legislables las condiciones mínimas de supervivencia que permitan a los artistas sostener su reto durante tiempo suficiente para madurar su obra. Muy al contrario, llevamos décadas observando como una generación tras otra abandona los útiles de la creación artística por imposibilidad de acceder al público, dado que los medios mayoritarios están bloqueados, en manos de intereses muy restringidos.

Los nuevos medios de difusión a través de la red, por su parte, no garantizan al usuario sino la inmersión en un marasmo de datos en los que apenas tiene ocasión de detectar una pista adecuada a sus intereses, si no sigue la sugestión publicitaria de los medios más influyentes, o el consejo particular que se transmite de persona a persona. En este último caso, es determinante la posibilidad de cultivar criterios de selección capaces de detectar y fomentar la riqueza cultural independiente de las campañas de propaganda, pero esta posibilidad tiende a desaparecer si se ahogan las empresas culturales más novedosas o arriesgadas.

La protección de los bienes culturales está directamente relacionada con la educación, en el seno de las familias tanto como en la escuela y en los medios de comunicación. Un país que no protege el pasado y el futuro de su cultura es un país que renuncia a la educación. Si el interés mercantil más inmediato y vulgar se impone en los medios de comunicación, si la educación se tecnifica e informatiza en las escuelas sin cuidar suficientemente las formas del lenguaje, las relaciones interpersonales, las disposiciones creativas y la capacidad de reflexionar, al tiempo que en los hogares se abandona la atención de los niños a los diversos soportes electrónicos, la ruina de la cultura está asegurada, así como el caldo de cultivo para una involución hacia los instintos más primarios.

España es un país en que el conocimiento de las diversas tradiciones culturales, lingüísticas, científicas y humanísticas, junto con el respeto por la riqueza del patrimonio histórico y de los entornos naturales, resulta determinante para gestionar la complejidad que nos constituye y nuestro papel en el marco de las relaciones internacionales. La modernización tecnológica iniciada en el último medio siglo debe correr pareja con ese conocimiento y ese respeto, en lugar de inclinarse únicamente del lado del consumo. La difusión masiva de soportes técnicos individualizados debe abrir hueco a los contenidos de calidad, de lo contrario el enorme poder de la electrónica no amplifica sino la banalidad y el mal gusto, convirtiendo la bajeza moral en costumbre. 

Nuestra Constitución reconoce entre sus artículos a la ciencia y a la tecnología, como bienes comunes que deben ser razonablemente protegidos, sin hacer al mismo tiempo mención de las humanidades y de las artes que representan lo más selecto de nuestra tradición cultural. El modelo educativo del pragmatismo norteamericano, favorito de la oligarquía española, que favorece la ciencia aplicada al desarrollo de las tecnologías útiles para las industrias más poderosas, no recoge la complejidad de nuestra historia ni prepara el porvenir en la dirección que conviene a las culturas mediterráneas e iberoamericanas, a cuyos respectivos ámbitos pertenecemos.

Corría la segunda legislatura de Felipe González, pasada la mitad de los ochenta, cuando en las vallas publicitarias y en los anuncios de televisión las modas musicales –omnipresentes tan sólo un año antes– cedían protagonismo ante un nuevo eslogan: "pasión por el deporte". El inicio de la primera legislatura socialista, en 1982, había recibido el espaldarazo de la celebración en Madrid de la XII Copa Mundial de Fútbol. En 1986 se obtenía del Comité Olímpico Internacional la concesión para organizar los Juegos de la XXV Olimpiada, que tendrían lugar en Barcelona seis años más tarde. 

Si, como sugieren algunos analistas de la Transición, en el ánimo de los golpistas del 23-F había contado –cual gota que colma un vaso cargado de motivaciones– la preocupación por la degeneración de las costumbres entre los jóvenes españoles, aquel drástico cambio de tendencia en la industria del entretenimiento y en la publicidad debió de servir para aplacar un tanto los ánimos exaltados del franquismo, temeroso de verse desplazado de los ámbitos de poder. 

Para aquel entonces, los grandes grupos del entretenimiento y de la comunicación tenían bajo control las novedades musicales y se entregaban al descomunal negocio de revender el catálogo fonográfico y editorial de casi todo el siglo XX en formato digital, sin nuevos costes de producción ni otro royalty que el apañado décadas atrás con artistas en proverbial situación de penuria. Era el momento adecuado para orientarse hacia otras empresas y el gobierno socialista no hizo sino reforzar la nueva ola deportiva aprobando leyes ratificadas con generosas partidas presupuestarias, justificado por el loable compromiso con la salud pública y con la formación de las futuras generaciones. 

Jóvenes ejecutivos yuppies, al emerger de la resaca, recordaban de repente que lo que en realidad les ponía desde pequeños era el fútbol, sin que eso conllevase en modo alguno la necesidad de renunciar a la fiesta. Pasada la primera aceleración destroyer y dejado atrás el tocado punkie, los propios roqueros, que hasta hace poco abominaban del deporte de masas como forma de sometimiento, quedaban para ver el partido y hartarse de cerveza ante el televisor. Eran años de sorprendentes cambios de color: nuevos agentes de la cultura que se habían dado a conocer como miembros de oscuras organizaciones de extrema izquierda –donde se discutía incluso la conveniencia de la lucha armada– maduraban como por hechizo y alardeaban de una inclinación al conservadurismo que pretendía títulos de moderna. 

Tales fenómenos sociales son difíciles de delimitar, se basan en un sustrato de emociones compartidas que, si bien forma parte de lo que entendemos por cultura, puede ser denominado prelógico. A las aficiones masivas los individuos se adhieren como si les fuera la vida en ello, pero no se trata de "posiciones de sujeto" diferenciadas como reivindicaciones sociales ni producen "formaciones discursivas" que respondan a una lógica en busca de "equivalencias" capaces de articularse para formar un "bloque histórico" –por traer a colación los términos que emplean Laclau y Mouffe–. Más bien reclaman consideración como polos opuestos de un "bloque ahistórico" que remite a un origen mítico remoto o bien tiende a ocupar la actualidad por entero. La adhesión a un icono musical o a un equipo de fútbol se alimenta de su propia gratuidad; en un caso como en otro, los aficionados conectan sin necesidad de consenso, por más que asuman símbolos colectivos y acepten reglas de juego. 

Hay un hecho que define esa suerte de adhesiones mejor que una dialéctica variable a lo largo del tiempo: cuando muchos individuos se reúnen en torno a una afición, hay una empresa nacional, política, mediática o de entretenimiento sacando partido de ello. El fenómeno de masas no reúne colectivos de intereses ni estructura operadores simbólicos. Ciertos símbolos pueden entrar en juego, convertirse en mercancías que varían a capricho, pero lo esencial es que, a través de la afición, la sensibilidad individual conecta directamente con la máquina del poder. El gusto por la música popular y la pasión por el deporte son comparables en este aspecto. 

Al mismo tiempo, hay diferencias significativas. La primera consiste en que el aficionado al deporte, por más que sufra en el cuerpo propio la experiencia del aprendizaje y de la práctica del juego, necesita al otro para competir, para medir el alcance o realizar el registro de lo aprendido. La competición entre amigos, la asociación a un club, como practicante o como mero seguidor, proporcionan al aficionado al deporte una primera dimensión social. El enfrentamiento entre clubes o equipos de áreas de población más amplias, hasta llegar a la dimensión del equipo nacional, hace posible que el carácter competitivo del juego se transforme, con ayuda de la propaganda política y mediática, en agonismo masivo. 

La afición a la música, aunque pueda adquirir visos competitivos, es antes que nada experiencia íntima, porque se funda en el carácter interno de la percepción acústica. Cierto es que la experiencia musical no alcanza su verdadera dimensión si no es compartida: el grupo instrumental o de aficionados que se confiesan sus preferencias son –después del canto familiar, de sentido enigmático– los espacios naturales en que germina el amor por la música. Pero todo ello vuelve a pasar por la conciencia que repite a solas lo que ha escuchado de otros o en compañía. Este hecho da lugar a una cuestión relevante: la rememoración sonora contribuye a configurar el ámbito de la conciencia individual.

En segundo lugar, la afición musical hace sonar en la conciencia voces que remiten a otras voces, actualiza tradiciones que se remontan hasta la noche de los tiempos. Las prácticas deportivas no rememoran su experiencia ancestral sino de vez en cuando, se agotan en la acción inmediata, en el aprendizaje o en la práctica del juego. Las formas musicales, en cambio, portan información que alude a un linaje sonoro, a una herencia que determina variaciones étnicas, modales, de estructura y de estilo. La afición a la música responde a un componente diacrónico ausente en la sincronización de movimientos que exige el ejercicio deportivo. El bailarín lleva a cabo una acción corporal comparable a la del deportista, pero la sincronía con la música desplaza su sensibilidad hacia la dimensión de la tradición sonora. 

Todo ello nos lleva a considerar un tercer rasgo diferencial, relacionado con el anterior: el aficionado al deporte conecta con la masa en torno a un espacio visible bien delimitado: el terreno de juego o la lente de la cámara que lo cubre. El aficionado a la música, además de poder optar por reunirse con sus semejantes en el círculo del coro, ante la escena de concierto, en la pista de baile o ante una pantalla, experimenta de forma más o menos consciente su vinculación con las "masas invisibles" (la expresión es de Canetti): los ancestros que han intervenido durante milenios en la elaboración de las formas del lenguaje, del canto y de los instrumentos musicales, las cualidades materiales del entorno acústico en que se perciben los "fantasmas sonoros". El carácter visible y sincrónico del juego deportivo se opone a la duplicidad temporal de la sonoridad invisible. Lejos de dar la espalda a la dimensión plástica y espacial, la sonoridad musical configura recintos habitables de contornos móviles, huidizos, mientras el esfuerzo físico limita su visión del tiempo a la sincronía de los gestos, a la duración del ejercicio. La afición a la música busca entre las sombras una dimensión temporal variable. La pasión por el deporte pone a cero el cronómetro de la actualidad. 

Esa perspectiva diacrónica propia de la afición musical se extiende hasta el límite de lo inmemorial: recordemos la "cadena de anillos de la inspiración poética" o del canto que –según decía Platón en Ion– recibe de las Musas una energía sagrada, comparable al magnetismo que se transmite hasta cada participante en el coro y hasta cada oyente para provocar su entusiasmo. Sagrada es también –desde el punto de vista de los antiguos griegos– la energía vital necesaria para ejercitar el cuerpo con miras al combate o a la competición en los juegos. Pero la competición física reclama enfrentamiento y se opone –cuarto rasgo diferencial a tener en cuenta– a la capacidad para generar armonía, igual que desde la más remota Antigüedad se oponen –según los pensadores presocráticos– los principios de la Discordia y del Amor.

La máquina del poder sincroniza el instinto de competición del mayor número posible de espectadores a través de los medios de comunicación. Por afán de rentabilizar la inclinación al antagonismo, al tiempo que intenta canalizarla en su favor, fomenta la violencia latente en el ánimo de la ciudadanía. Amplifica artificialmente la naturaleza primaria, el componente más básico del animal político, creando un graderío ensordecedor –o su equivalente electrónico, el índice de audiencia– que da la espalda a la herencia sonora de los antiguos, al sentido de la armonía aprendido y transmitido por medio de los sonidos musicales y de las palabras. Este es el calado del cambio de tendencia cultural acontecido en España a mediados de los ochenta. 

Condicionados por la necesidad de interpretar la historia y por las urgencias de actualidad, los movimientos sociales y las luchas políticas se sitúan, digamos, a medio camino, entre el amor por la música y la pasión por el deporte. Para enfrentarse a las maquinaciones del poder, estructuran sus discursos, diferencian objetivos, buscan "cadenas de equivalencia" razonadas, –distintas del magnetismo que renueva el delirio de las Musas y del sometimiento sincrónico a la propaganda del poder–, se organizan como partidos, se dotan de un contenido simbólico que aspira a hacer nación, a hacer historia, procuran dar sentido a los antagonismos, de los que ha de surgir una forma de hegemonía relativamente durable en el devenir continuo de la sociedad. En este punto surgen varias preguntas: ¿puede llevarse adelante la tarea de "radicalización de la democracia" sin atender a las variables prelógicas de la cultura? ¿Es suficiente con apropiarse de las técnicas que emplea la máquina del poder para sincronizar los movimientos de masas? ¿Hay un modelo político latente en los patrones musicales, según parecen haber entendido algunos pueblos?

Los antiguos griegos fundaron la democracia extendiendo el derecho de participar en la asamblea y de ocupar cargos públicos a todos los ciudadanos, con exclusión de las mujeres, de los esclavos y de los extranjeros. El principio básico para la educación de los hijos de la ciudadanía era la combinación de dos disciplinas: la gimnástica y la musical. La primera preparaba a los niños para tomar parte en futuras campañas bélicas y dio lugar a la idealización del cuerpo adolescente, que conocemos por la estatuaria y por los diálogos platónicos. La segunda permitía actualizar la memoria tribal, proporcionaba un registro mnemotécnico a las leyendas del pasado remoto –útil para recordar también las artes tradicionales– y dotaba a la juventud selecta de un sentido de la proporción conveniente para regir los destinos de la ciudad, de un conocimiento de las leyes que parecían gobernar los números de la octava musical, las inclinaciones de la psique y hasta los giros planetarios. 

Aunque todavía es necesario ahondar en el significado del cambio radical de perspectiva que conlleva la universalización del derecho de ciudadanía, tal vez convenga ir aplicando a nuestra experiencia histórica reciente aquel sentido heleno de la proporción que todavía no había experimentado la necesidad de distinguir entre los beneficios del cuerpo y los del alma, valorar el reparto arcaico de funciones entre el preparador físico y el citarista, que en la pólis griega enseñaba a cantar los versos memorables, a pulsar las cuerdas de un instrumento y a practicar las buenas maneras. La actualidad nos dice que nos hemos apartado tanto como era posible de un equilibrio semejante.

Si nos atenemos a la frecuencia con la que se airean los símbolos nacionales en las grandes competiciones, no cabe duda de que la pasión por el deporte ha dado frutos, toda una generación de jóvenes españoles ha pasado por el podio. Cabe preguntarse qué hubiera ocurrido si el mismo esfuerzo de inversión se hubiera aplicado a otras actividades, humanísticas y científicas, por ejemplo. Muchas señas indican que se han llevado las cosas demasiado lejos: las grandes empresas deportivas evitan pagar impuestos y se confunden con la especulación inmobiliaria que corrompe las organizaciones políticas; algunas aficiones desembocan en fanatismo asesino; la preparación física se transforma en ingeniería, los récords espectaculares se relacionan demasiado a menudo con el dopaje; movidas por un contrato fabuloso, las estrellas deportivas llevan su esfuerzo hasta la consunción prematura de su juventud y terminan su carrera como juguetes rotos. Todo indica que por este camino estamos –no menos que jugando con drogas, como al comienzo de los ochenta, y por causas comparables– ante un problema de salud pública a gran escala, que pone en riesgo el porvenir de las nuevas generaciones.

Artículo de Santiago Auserón publicado en La Circular, nº4.

En un concierto celebrado en 1984, en el Palacio de los Deportes de Madrid, el respetado profesor Enrique Tierno Galván, alcalde de la capital desde las primeras elecciones municipales en democracia, declaraba ante una multitud fervorosa: "¡Rockeros, el que no esté "colocao" que se coloque... ¡y al loro!". Durante los últimos años de dictadura, Tierno Galván era mentado con frecuencia en reuniones de facultad y conversaciones de taberna como adalid del cambio y protector de jóvenes que habían cruzado el umbral de la clandestinidad. Entre las siglas de partidos de oposición al Régimen que pululaban en medio universitario, las de los grupos socialistas no hicieron aparición hasta muy tarde, cerca ya de la muerte de Franco. Las primeras en dejarse ver fueron las del PSP, partido fundado y liderado por Tierno Galván, que pronto se iba a ver desplazado por el PSOE, más hábil para negociar apoyos internacionales.

Resulta obvio que Tierno Galván tenía algún interés por atraerse la complicidad de la juventud madrileña, ante la cual supo hacer valer su casticismo de corte tradicional. En aquel entonces estaba de moda decir "estar colocao" y "estar al loro", junto con otras expresiones de la jerga del hampa. El uso de estupefacientes era frecuente entre los asistentes a los conciertos de rock, entre la clientela de los numerosos baretos musicales del centro, donde se juntaban hijos de familia bien y visitantes de la periferia obrera que, en cierta proporción selecta –según el look–, alternaban también en galerías de arte y en fiestas particulares. Hay que decir que la exigencia del look era, al principio, bien humilde: bastaba con un arete en el lóbulo, con un simple pin en la solapa de una prenda de segunda mano, para ser admitido en ambientes de lujo nunca visto. 

El Viejo Profesor quiso sumarse a un cierto estado de unanimidad patente en muchas casas y calles de Madrid, mostrarse como un padre tolerante con chavales que se estaban esforzando por salir de la pobreza, que estudiaban con dificultad, que habían soportado la represión policial ante cualquier manifestación de su ansia de libertades. Probablemente pensara don Enrique que las nuevas generaciones merecían una fiesta, una catarsis coral, quizá pensase que no irían mucho más alla de los "cubatas", puede incluso que sus asesores no le tuvieran al tanto de la extensión del consumo de drogas más duras que las "anfetas" –habituales entre universitarios en época de exámenes, todavía de venta en farmacias sin necesidad de receta– o los derivados del cannabis, que ya se hablaba de legalizar. Pero hay que insistir en el hecho de que el paternalismo de Tierno Galván tenía un componente político evidente, expresaba el deseo de conducir el voto juvenil y de canalizar una energía masiva desconocida. 

La extensión de los usos verbales del hampa a los círculos artísticos y a las clases altas no era un hecho nuevo en la sociedad española. La lengua de germanías ejerció un influjo notable en las mejores letras del Siglo de Oro, escritas por alumnos de los colegios jesuitas. En el último cuarto del pasado siglo, por segunda vez se producía en la sociedad española un movimiento de ascenso de las modas sonoras y bailables, parte significativa de una ética del goce inmediato, contrapatida exacta de la relajación de costumbres o "descenso" moral de los señoritos. En tiempos de Cervantes, los hijosdalgo se echaban a la "vida airada" de los caminos igual que sus descendientes en la Transición contribuyeron a llenar cada noche el Rockola y los bares de Malasaña.

En ciertos locales, se pasaba con facilidad del consumo de drogas baratas a sustancias más selectas y peligrosas. Hubo regentes de club nocturno que regalaban papelinas de "caballo" a los clientes habituales, personalidades del mundo del arte que traían mescalína sintética de sus periplos internacionales, se hablaba de maletines de "coca" de un alto grado de pureza pasados por valija diplomática y había traficantes con dirección conocida por todo el barrio, salvo –aparentemente– por la policía. Usos mejor sufridos y tratables con holgura económica que en la clase trabajadora llevaron, en cualquier caso, la muerte a muchos hogares de todas las clases sociales.

El deseo de experimentar sensaciones generalizado entre la juventud española supuso un capital de energía aprovechable en diversas direcciones: por individuos sin escrúpulos, por empresas multinacionales, por los media atentos a la velocidad de los cambios y por los partidos políticos conscientes del alcance del voto juvenil. En un cuerpo social recorrido por las intensas vibraciones de lo nuevo, durante unos años todo el mundo decía ser roquero, no hubo marca comercial que no hiciera por asociarse con la imagen del sonido eléctrico en vallas publicitarias y en anuncios de televisión. Automóviles, bebidas refrescantes o alcohólicas, prendas de vestir y artículos de higiene o de tocador compitieron por el rostro de los nuevos músicos famosos. Hasta las abuelas se hicieron cargo de las modas musicales y de sus usos léxicos. 

Elías Canetti, en Masa y poder, decía que del término latino "movita" derivó el nombre de "muta" con que los antropólogos designan al pequeño grupo de guerreros o cazadores primitivos. En romance de rufianes de época áurea española, "motar" significaba hacerse con el bien ajeno. La "movida" siguió puntualmente esa etimología cabal, pues al uso del término en los círculos del arte y en los medios de comunicación precedió el de los delincuentes listos para "dar un palo" o el de los compradores que iban a "pillar" droga. La riqueza del argot del hampa es proverbial: procede por contagio metonímico, rápido y directo en sus derivas, sin aguardar la sanción de las metáforas reguladas como tópicos de academia. Los términos citados en la famosa expresión de Tierno Galván pertenecen al mejor linaje de la polisemia electrizada por el acecho y por la sustracción a la norma: "estar colocao" da a la estupefacción un sentido de posición, de pertenencia a un cuerpo que no necesita hacerse explícito. Más que curiosa es la homonimia con el sentido laboral de la expresión, del todo opuesto a la holganza que se asocia con el consumo de drogas. "Al loro" significa permanecer al tanto de un mensaje preferiblemente disimulado, consigna para la acción o aviso para la fuga. El hecho de que el aparato de radio o el reproductor portátil de música grabada se llamase "loro" implica un desplazamiento de sentido hacia la esfera de las telecomunicaciones, no sin incorporar un matiz burlesco de repetición cansina.

Generalmente hablamos de corpus jurídico o literario y también de "cuerpo social". En la misma perspectiva semántica, cabe sostener que la "movida" formó un corpus de usos no regulados ricos en posibilidades de sentido, fue expresión de unanimidad que, integrando las más bajas capas sociales, quedó en disposición de convertirse en potencial mediático y político. En el terreno de la experiencia individual, como bien sabemos, los resultados fueron demasiadas veces funestos. Pero, desde cierto punto de vista colectivo, la captación de la energía juvenil y de las clases sociales inferiores fue todo un éxito: el corpus de la movida fue conectado –su energía técnicamente transferida– a las empresas multinacionales, a los grupos de comunicación, a los partidos mayoritarios y a los tratados internacionales. Una vez culminada esa operación a gran escala, las clases dirigentes no estaban dispuestas a seguir arriesgando el futuro de sus hijos. La adhesión pública al rocanrol dejó de ser atractiva, quedando otra vez marginada cualquier consideración de orden puramente sonoro o estético.

Publicado en La circular Nº3