Se celebra cada año en abril desde 1970. A su primera edición asistieron solamente 350 personas, entre ellos Mahalia Jackson y Duke Ellington. Desde entonces no hizo más que crecer en tamaño, cantidad de visitantes (hasta cientos de miles) y prestigio. Tras el éxodo forzado por Katrina en 2005, los músicos de la ciudad y sus alrededores empiezan a regresar ahora, a veces para contemplar los restos de sus pobres viviendas abandonadas. La edición de 2008 ha realizado un esfuerzo para recuperar el brillo de los mejores días del Jazz Fest.

El viajero cansado de vuelos y aeropuertos, aturdido por la longitud artificial de la jornada, toca fondo cuando de noche alcanza la orilla del Mississipi. El rito del agua turbia, que corre ajena a los brillos de la ciudad, prepara para las impresiones del día siguiente. Cuando el Jazz Fest abre sus puertas en la mañana del viernes 25 de abril, la carpa de Gospel arranca con el impacto de las Voices of Distinction. Uno entiende de golpe por qué está aquí, a través de un montón de historias que despiertan en la memoria.

De ahí en adelante se trata de acumular impresiones musicales, cuantas más mejor, sin dejar que se fundan en el caos. En el Jazz Fest se pueden escuchar las huellas vivas del blues del delta, “brass bands” tradicionales y modernas, el mejor jazz contemporáneo, gospel auténtico, lo que queda del mítico r&b, el soul y el funk de Crescent City, rock y country, el zydeco más caliente, los cánticos de los “mardi gras indians”. Y las mil facetas caleidoscópicas en que se aproximan sin pudor unos estilos de otros.

Hace falta un poco de disciplina para llevarse el máximo de música del Jazz Fest, optar por nombres poco conocidos huyendo de los escenarios grandes, y cuando en estos la música suena como debe, contentarse con veinte minutos de Stevie Wonder, de Alison Krauss con Robert Plant, de Costello con Toussaint, de Dr. John, para no perderse otro ratito de Al Green, de Burning Spear, de Richard Thompson, de Deacon John o de Steel Pulse. Caminar por el barro tras el diluvio que suspendió el concierto de Voice of the Wetlands All-Stars (Tab Benoit, Dr. John, Anders Osborne, Ciril Neville, Monk Boudreaux) para volver a pillar a este Big Chief de plumaje rosa haciendo citas de Jimi Hendrix en un escenario menor, ante un público salpicado hasta la cintura. Aguantar la lluvia llenándose de la voz de Irma Thomas. Dejar a la Derek Trucks Band para asistir al momento culminante en que los Neville Brothers vuelven a unirse para cerrar el festival, mientras empieza a caer el sol.

Una manera de no extraviarse es, desde luego, no alejarse mucho de la zona en que se sitúan las carpas de gospel, de blues y la de la WWOZ dedicada al jazz: refugio siempre seguro. Cerca ponen unos daiquirís suaves (preferibles a la cerveza rancia al cabo de colas interminables) y el mejor pato en barbacoa con “red beans & rice” del recinto.

Al cabo de la última edición del Jazz Fest se puede uno hacer cierta composición de lugar. Del mítico r&b fabricante de hits quedan restos dispersos, aunque las brasas se sienten por todas partes. Art Neville casi no levanta la voz, tras un año en la cama. Aaron afirma su falsete rico y amanerado en varios escenarios. Cuando cantan a dúo suena algo especial, con una veracidad que fascina. Eddie Bo se mantiene tocando viejas canciones con frescura y buen humor. Dr. John, según le pille el día, libera con más o menos ganas su conocimiento de todos los estilos de la ciudad.


La herencia del funk, otrora picante, de Nueva Orleáns suena algo espesa por el reciclaje de los ex-Meters y acompañantes empeñados en la fusión. La síncopa buena está en manos de las nuevas “brass bands” que funden compás de “second-line” con mambo y pegada rockera (Rebirth, Dirty Dozen, Soul Rebels, New Birth, Hot 8). Resulta muy interesante compararlos con las bandas tradicionales, como la del Preservation Hall o la del barrio de Treme. El gusto exquisito de los octogenarios comunica con la agresividad de las bandas jóvenes a través del compás. La misma verdad late en unos y otros, a eso se le puede llamar herencia auténtica.

La música cajun, el zydeco, con sus diversos grados de proximidad al blues y al rock, con su mezcla de inglés y francés criollo, salpica desde el acordeón y la “washboard” ritmo en todas las direcciones. El canturreo reiterativo de los “mardi gras indians” (que no suelen ser indios, sino negros disfrazados de carnaval, en sociedades que celebran la vieja hospitalidad de los indios con los cimarrones) integra también toques de funk, de rock, de “second-line”.


El soul de calidad sigue más vivo en la voz Bettye LaVette, en la experiencia de cuatro décadas de Tower of Power, que en los grandes solistas subidos de tono. El blues o el R&B campesinos, James Cotton y Snooks Eaglin, Lil´Buck Sinegal, mantienen su magia indiscutible, ahí es donde se percibe una corriente comparable a la del río. En cuyas orillas destella el mejor jazz. No sólo las voces de Germaine Bazzle, Diana Reeves, Cassandra Wilson y Bobby McFerrin (con Chick Corea), sino particularmente la escuela local de instrumentistas. El pianista Ellis Marsalis, padre de la conocida saga, se hace acompañar de alumnos que aplican su enseñanza elegante con precisión. El saxofonista Donald Harrison pone un fuego en escena que se comunica al público como en un concierto de rock. Todo el jazz de Nueva Orleáns tiene esa característica comunicativa, que se salta la actitud distante de los viejos “hipsters”.

Culminantes dos conciertos de fín de jornada en esa misma carpa de la WWOZ: Irvin Mayfield con la New Orleans Jazz Orchestra, convirtiendo la abstracción y el virtuosismo de sus magníficos solistas en juego compartido. Y Terence Blanchard con la Louisiana Philarmonic Orchestra, desarrollando la hermosa música compuesta para el documental de Spike Lee sobre el Katrina, ante un silencio sagrado, roto únicamente por la lluvia, violenta y familiar.


La llegada de la primavera en París no se deja sentir realmente hasta el mes de mayo. Una actividad efervescente se apodera entonces de la calle, con una alegría comparable a la explosión de los brotes en el campo. La revuelta de mayo de 1968 sorprendió a la sociedad francesa, pero tenía algo de previsible y natural, como un fenómeno meteorológico. Claro está que la efusión primaveral no es suficiente para explicarla. Fue una especie de tormenta o floración cuyas motivaciones están aún por desvelar.

Para una adolescente de 15 años, pocos días antes de mayo el porvenir se limitaba al horizonte mortecino de una sociedad satisfecha, que parecía querer repetir sus modelos al infinito. En las clases el hastío era la única asignatura en la que buenos y malos alumnos destacaban por igual. En las fábricas no se temía el paro, pero sí tener que pasar el resto de la vida bajo la autoridad abusiva de un mismo patrón. Los jóvenes se rebelaban contra las guerras de Argelia y de Vietnam, se sentían ellos mismos víctimas del imperio de las viejas generaciones que ponían freno a sus aspiraciones de libertad. El movimiento estalló entonces como un cometa resplandeciente en el cielo gris parisino, ahuyentando las sombras de un largo y monótono invierno.

Los estudiantes de la Universidad de Nanterre, abierta sólo tres años antes en la periferia oeste de la capital, se declararon en huelga y ocuparon los anfiteatros. Cuando la policía entró a desalojarlos, los estudiantes salieron a la calle, se vieron ante la posibilidad de convertirse en héroes de novela tras las barricadas, reencarnando el entusiasmo revolucionario de otros tiempos: 1789, 1848, la Comuna de 1871.

"Con el solo poder de la imaginación, la revuelta consiguió plantar cara a las medidas más severas del poder"

La juventud no quería un porvenir asegurado, sino un presente apasionante. El día 10 de mayo, víspera de la noche de las barricadas, el diario Le Monde publicó un artículo firmado por Sartre, Blanchot, Gorz, Klossowski, Lacan, Lefebre y Nadau, en el que los escritores expresaban su solidaridad con el movimiento estudiantil, subrayando el alcance de su rebelión contra la sociedad del bienestar, su denuncia de las mentiras del poder político y los medios de comunicación.
Cuantos se consideraban aplastados por el peso de la jerarquía se sintieron de pronto con derecho a ponerla en entredicho. Del 18 de mayo al 7 de junio, nueve millones de franceses permanecieron en huelga, el país se vio paralizado, las calles de París rebosaban de transeúntes desocupados que soñaban con otra vida. Los trabajadores eran invitados a hablar en las universidades, mientras los estudiantes vendían La Cause du peuple a las puertas de las fábricas ocupadas por los huelguistas.

Los estudiantes rebeldes no se movilizaron sólo para defender los derechos costosamente adquiridos por el movimiento obrero. Querían cruzar los límites más allá de los cuales era posible otra manera de pensar, otro lenguaje, como el de los eslogans que desde las paredes molestaban a la razón con sus paradojas. En una conversación con el líder estudiantil Daniel Cohn-Bendit, publicada en Le Nouvel Observateur, el filósofo Jean-Paul Sartre ponía el dedo en la llaga, extrayendo la idea esencial: “Lo más interesante de vuestra acción es que coloca a la imaginación en el poder. Algo ha salido de vosotros que extraña, que atropella, que reniega de todo lo que ha hecho que nuestra sociedad sea lo que actualmente es. Es lo que yo llamaría la extensión del campo de lo posible.”

Con el solo poder de la imaginación, la revuelta consiguió ocupar durante un tiempo el centro de la ciudad, plantando cara a las medidas más severas del poder, cuestionando la autoridad de los viejos enseñantes, aferrados a sus tesis inamovibles. Tenía un sentido cultural, quería reinventar la tradición. Los jóvenes no se contentaban con saber, pretendían descubrir por sí mismos. Lo que imaginaban era utópico, pero respondía a la naturaleza de las cosas. Su utopía estaba condenada por una fatalidad comparable a la necesidad que la había hecho posible.

"El Mayo del 68 francés es una conquista histórica del derecho a rehacer la tradición del conocimiento"

El brote revolucionario del 68 parisino se repitió en la primavera del 69, del 70, con el retorno del buen tiempo, aunque cada vez más débil. La reacción no tardó en ridiculizar sus excesos evidentes, en cuanto perdió el miedo al fantasma de lo desconocido. Los llamados “nuevos filósofos” le prestaron su lógica obvia y perezosa, denunciando un “goulag” al cabo de toda pretensión revolucionaria, precursores de la disolución del bloque soviético ante los embates de la sociedad de consumo.

La revuelta que desde Nanterre había ganado los venerables muros de la Sorbona fue desalojada de nuevo hacia la periferia, esta vez al este de París. Todavía en 1977 se respiraba en la universidad libre de Vincennes un ambiente heredado del 68: proclamas de todas las causas convivían con los mercadillos. Parecía evidente que el objetivo de la autoridad era que el movimiento se ahogase en su propio humo. Pero el atractivo de Vincennes era la nómina de pensadores de primer orden que allí impartía clases: Deleuze, Châtelet, Lyotard, Schérer.

Retomando lo esencial del razonamiento sartreano, Gilles Deleuze defendía con energía y elegancia la necesidad de preservar el espíritu del 68. Desdeñando el afán de primera plana de los nuevos filósofos, insistía en que lo que puso al general De Gaulle contra las cuerdas no fue un programa de toma del poder, sino un estado de conciencia extendiéndose por las calles como un virus. El fracaso de toda revolución sólo se confirma desde la lógica de quienes la consideran imposible de antemano. Pero el realismo reaccionario es tan paradójico como las pintadas que reclamaban con urgencia lo imposible: tiene prisa por reducir una renovación vital de la conciencia a un fenómeno marginal del pasado.

“Por mucho que el acontecimiento sea ya antiguo, no consiente en quedarse atrás, porque es apertura hacia lo posible. Pasa al interior de los individuos tanto como al espesor de una sociedad. Hubo mucha agitación, gesticulación, palabrería, tonterías e ilusiones en el 68, pero eso no es lo que cuenta. Lo que cuenta es que fue un fenómeno de videncia, como si una sociedad viera de golpe lo que contenía de intolerable y viera también la posibilidad de otra cosa”. En este artículo publicado en Les Nouvelles Littéraires en mayo del 84, bajo el título Mai 68 n´a pas eu lieu, Gilles Deleuze y Felix Guattari sostenían que lo que había fracasado no era la revuelta, sino la sociedad europea en su incapacidad para hacerse cargo de la “nueva subjetividad” que la revuelta expresaba, y que iba a prolongarse, pese a todo, en incontables herederos de una cultura hija a la vez de la universidad y de la calle.

La propia movida tradujo en España a su manera ese nuevo estado de conciencia creadora, quizá mejor que las ideologías izquierdistas. A cuatro décadas del 68, la movida se ha reducido, sin embargo, a un reciclaje de mercancías inocuas, mientras las ideologías de izquierda se debaten todavía con la dificultad para renovar su lenguaje, obstaculizadas por la inercia de los medios.

Conviene por tanto rememorar con nitidez el alcance de aquellos hechos sin precedentes. Nicolas Sarkozy los resume como una imprudente puesta en cuestión del principio de autoridad, que desde entonces no ha recuperado argumentos para educar convenientemente a los jóvenes. Olvida que la educación tradicional, basada desde antiguo en la patria potestad, en la propiedad legitimada por la dominación, había visto puesta en tela de juicio muchas veces su superioridad moral. Forzada a ampliar el concepto de democracia, la autoridad había perdido nuevamente su derecho a la razón, lo había cedido de buen grado en el mercado de masas a cambio de nuevas formas de enriquecimiento veloz.

Desde esta perspectiva, el mayo del 68 francés es una conquista histórica del derecho a rehacer la tradición del conocimiento, a cuestionar públicamente el origen del poder que autoriza a educar, llevando los problemas de conciencia al centro mismo de la sociedad de consumo. Dejó en el aire preguntas a las que no podremos seguir dando la espalda durante mucho tiempo.

Catherine François y Santiago Auserón

Artículo publicado en el suplemento Babelia del periodico El País. Recuperamos el título original y corregimos las erratas.

Colina, Miralta y Sambeat se han bregado juntos como improvisadores en incontables veladas y sesiones, han participado en casi todos los proyectos liderados por uno u otro, sin dejar de cultivar su amistad a lo largo del tiempo. Se han ido y han vuelto de sus respectivos periplos individuales por tierra extraña y ahora se encuentran de nuevo, como si fuera otra de tantas veces. Pero al arrancarse con alguna de sus melodías preferidas, se intercambian una mirada con ceja levemente irónica, sorprendidos por la forma novedosa en que se ensambla y fluye sin esfuerzo la música que sale de sus manos. Después de tantos años de compartir goces y cuitas, se ha producido un cambio imperceptible, un giro planetario que les permite escucharse bajo otra luz, palpar la naturaleza del espacio que crean juntos, cosechar el tesoro de frescura que -en contadas ocasiones- emana de la experiencia.

La experiencia dicta el tono, la textura, el compás de la música, como si los azares de la vida hubiesen sido preparación metódica para alcanzar una promesa de madurez vigorosa. Más que tres ases, Colina, Miralta y Sambeat son un trío de jokers fugados de la baraja, que se han negado a aceptar las reglas, la limitación de los palos, las jugadas del destino. Podría no haber salido bien la huida, podrían haber sido apresados por la rutina del juego. Un joker riéndose y danzando como los cascabeles es raro que ande suelto por estas tierras, las aves noctámbulas y los funcionarios de aduanas le persiguen para darle caza. Que se junten tres es un milagro, y además sin que los humos de la importancia personal intoxiquen las ideas. Es, de verdad, muy raro en estas tierras.

Colina, Miralta y Sambeat comparten un amor por la música que empieza por reirse de la importancia personal, y esta herejía les convierte en visionarios del oído. Tienen algo de alfareros musulmanes, artesanos prodigiosos, que transforman el barro en vasija de aire fresco. Abordan la complejidad y la hondura de la emoción musical con la desnudez inocente de un chiquillo que se sabe llamado a la aventura. Pero basta de literatura: hagamos el esfuerzo de intentar explicar, en beneficio de algún visitante de esta página que aún no les haya escuchado tocar, cómo se produce esa transformación del espacio cada vez que se juntan.

La primera característica de su música, tanto en su primer disco (Trío, Contrabaix, 2007) como en el directo, es la naturalidad. Atrás queda toda búsqueda intencionada de las fuentes del compás o del conocimiento. Se mantiene, sin embargo, desplegada la antena ante cualquier melodía respirable, cualquier ráfaga de ritmo contagioso, cualquier sensación de belleza y proporción que no venga impuesta por decreto. Persevera la dedicación amorosa a la magia del instrumento, que de la complejidad barroca del saxo, pasando por el alma oscura del contrabajo, hasta la sencillez misteriosa e insondable del tambor, encierra los secretos de la transformación de lo humano.

La naturalidad suena a paradoja cuando hablamos de música elaborada, de búsqueda costosa, de torsiones del alma en discusión consigo misma. Pero ahí esta la cosa: salir de todo ello indemne, tocar feliz y contento con tus amigos al más alto nivel, saltándose el martirologio y la canonización del virtuoso, eso no esta al alcance de cualquiera. Alguien nos quiso hacer creer que el arte consistía en una ambición comparable a la del genius imperator que acabó de modelo para los tarados. No señor, hay un nivel más alto que solamente se alcanza cuando el solista encuentra en su interior y devuelve a la comunidad un tesoro que siempre fuera compartido. Lo que es irrepetible y singular es el camino hasta llegar a descubrir ese bálsamo sonoro que alivia la ansiedad.

                  

No importa mucho -aunque tiene su cosa- la procedencia de dicho bálsamo. Colina, Miralta y Sambeat se han paseado por Oriente y Occidente y el viaje les ronda por dentro. Pero ya no corren en pos de la clave secreta, de un pedigree autorizado por las escuelas del ritmo. Les vienen los géneros como a señores del paño, tocan un palo u otro como si no hubiera diferencias de color, sino en el vestido. Esa es la ventaja, al fin, del que canta sin palabras. Swing, bebop, samba y bossa, flamenco, rumba y son, algo de rock incluso, melismas y patrones del Magreb, aromas de la India, canciones siempre híbridas (negros que tocan Bach, germanos en clave de bolero) todo ello es material jazzificable, todo ello se somete al filtro participativo del groove. El abanico abierto de los géneros es la segunda característica notable del trío. Pero atención, amigos: en este nuevo jazz estamos un paso más allá tanto de la identidad étnica como del mestizaje. Estamos en un proceso de decantación que solamente admite lo que -al más alto nivel de exigencia musical- resulta emocionante y divertido. Se acabaron tanto la pretensión de autenticidad siempre mimética como la amalgama que, por tomarse a sí misma como único programa admisible de la noche, se había transformado en un potaje frío.

Señalemos, en tercer lugar, la puerta que conduce a las misteriosas cualidades del sonido. De izquierda a derecha en el escenario: Perico Sambeat ha alcanzado un tono en su instrumento que tienta a las palabras en vano. Color, pureza, redondez de la nota, afinación, condensación serena en el fraseo, hasta que se dispara como un caudal del ideas retenido y liberado de improviso, sin necesidad de pensar. Saber-hacer, decían los antiguos chinos, muy distinto de savoir-faire convencional. Es el saber que proviene de hacer y hacer muchas veces, como el luchador zen que recorre el camino de la disciplina hasta alcanzar la contemplación de la belleza. ¿No es este el modelo supremo de todo improvisador? Javier Colina se mueve como un buscador de diamantes, extrayendo de cada patrón su cualidad temática. Cuenta la película del tema -y casi la historia de la etnia que lo produjo- con un dibujo rítmico sencillo, sin título. Su dinamismo es expresivo no por correr detrás la emoción, sino por exigir a la emoción que se atenga a un lenguaje musicalmente claro. La virtud de sus solos, como de su acompañamiento armonioso, es que hace nítida la profundidad de los graves, resolviendo toda tensión en el murmullo de un canto amoroso, que basta con entregar en esbozo. Marc Miralta traza círculos y señala lugares en el mapa del ritmo, a la manera de un arqueólogo, trata el parche o el plato como si fuera un campo magnético sembrado de voces. Luego de hacerlas cantar, las organiza en danza circular, en la que va alterando secuencias como para reducir a juego toda matemática, a risa y goce la técnica, ante la dimensión y el color que despiertan de los objetos rozados, percutidos con arte. Músicos de este cariz hacen perceptible la cualidad sonora de cada nota, convirtiendo en paisaje casi visible, en lugar habitable, la física del sonido.

Finalmente, el crítico Javier de Cambra señala con acierto en las notas del disco el poder armonizador de este trío. En términos musicales, dos voces melódicas moviéndose con inteligencia –el saxo y el contrabajo-, bastan para insinuar modalmente un acorde, sugerir de pasada más que establecer como marco las relaciones de tonalidad. Pero además la batería, en este caso particular, subraya la nota, completa o altera el acorde. El timbre interviene en la sensación de armonía, como saben los músicos cultos contemporáneos. Melodía, armonía, duración, altura y timbre, diluyen sus fronteras convencionales para formar el cuerpo del sonido musical puro. La armonía, en consecuencia, no se reduce a sincronía ideal, como la hora de cita para un ensayo, sino que se sostiene jugando con los valores temporales relativos de notas y silencios. El tiempo mismo es armonía, como apuntaba Mingus en su escabrosa autobiografía: no es una marca atribuible a un instrumento u otro, no es una regla ni una responsabilidad moral , sino un lugar imaginario en mitad del círculo colectivo, un centro de convergencia móvil que se da por sentado, como si estuviera entre el público.

Colina, Miralta y Sambeat saben reunir todos los componentes formales de la música en un mismo viaje, incluyendo en él a los oyentes. Son maestros sin pretenderlo, sin necesidad de dar explicaciones. Foco amistoso para la generación de jóvenes instrumentistas que crece por fin en las escuelas y se multiplica en torno a los escasos escenarios, augurando para nuestra música popular tiempos mejores. También para otros músicos, más reacios al estudio. Aquí donde la canción popular contemporánea parecía no hace mucho querer alzar el vuelo, pero se fue quedando en estrellato de cartón, el ejemplo de Colina, Miralta y Sambeat, respetuoso con lo popular y con lo culto, con lo elaborado y lo espontáneo, vale para instumentistas o vocalistas, intérpretes o autores, solistas sobresalientes y repetidores del patrón básico. Señala sin aspavientos el más deseable de los caminos.