1 Enero 2008

Alta velocidad

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Dos gruesos hombres de negocios viajan sentados detrás de mí, en el tren de alta velocidad. Sus teléfonos móviles no paran de sonar, con timbres parecidos, uno después de otro, al mismo tiempo a veces. En el recinto disparado del vagón, el volumen de sus conversaciones parece decidido a alzarse en todo momento a un nivel de dominio absoluto. Urgente y agresivo el tono, la temática de una u otra conversación es conducida con una extraña combinación de rigor militar y disimulo de oscuras cifras. Poco puede hacer mi gastada capacidad de concentración, ante un poema escrito en inglés, por competir con tal amenaza de información inmediata. Como único recurso para protegerme, echo mano de la interrogación: ¿no será que debo leer la situación como si fuera un poema en inglés, en el momento justo de hallar su expresión más acabada?

Tan sugestiva propuesta me viene dada por el increíble acento que hablan estos dos adalides del negocio a la española: cerrado, hosco sobremanera, hermético hasta lo incomprensible cuando la expresión acelera, con prisa por dar como un disparo en el centro de interés. Ambos hablantes lucen de taxativos, hacen alarde de la velocidad de su habla, en un tenso desajuste entre el volumen invasor de sus voces y su manera oscura de pronunciar el español, convertido en sus bocas en una nueva especie de código étnico que me resulta imposible compartir.

¿Pero es que no suena su lenguaje precisamente como una mímesis de la rápida articulación del inglés? Y sin embargo es habla de pastores, recién acostumbrados, eso sí, a especular con astronómico rebaño. Contrasta fuertemente en el estilo de su frase la idea especulativa, perseguidora de valores huidizos, con el tono rústico hecho para designar realidades al cabo de la mano, en serranías perdidas, en las horas muertas del campo. Quizá el pastor originario, indudablemente uno de los modelos arquetípicos de ambos colosos, aceleraba ya acortando deportivamente la expresión al acercarse a las primeras casas del pueblo, para disimular su balbuceo, debido a la falta de costumbre, replicando a algún saludo. ¿Luego hay una especie de soledad o carencia en el fondo de ese anhelo de velocidad en la frase?

Paradójico, ya digo, pues el otro modelo seguro de estos gruesos hablantes es la lengua suelta y a la vez disimulada del dinero, lengua internacional, esencialmente. ¿Puede llegar más lejos el concepto de globalidad de aldea? ¿De qué majada de cuidado en vela descienden estos dos hacia el llano, en un tren lanzado a toda velocidad? Cuanto mayor es la familiaridad, la confidencia con que comentan entre llamada y llamada sus millonarias operaciones, más se contrae la frase en el escondrijo de su dialecto. Pero yo, a estas alturas, libro cerrado en mano, aplico disciplinadamente mis oídos de etnolingüista accidental.

Una finca pagada muy por lo alto de su valor, sólo por no haber dedicado un rato a comprobar la palabra de un pariente, el precio en el mercado, eso no se perdona, alcanzo a entender que dice uno de ellos, en otro lenguaje que no sería capaz de transcribir. Sentado de espaldas imagino la chispa en el ojo de vengativo bandolero. Y en boca de su compañero: más grandes que el venado de la foto mató mi chiquillo cuatro la temporada pasada. Imaginad las mayores contracciones y torsiones posibles aplicadas a la frase, igual que tuve que hacer yo con la foto de la revista de cetrería, bajo el mirar de cejas arqueadas y la hinchada mano apuntando con gesto desdeñoso.

Nos acercamos a la estación de destino, el tren comienza a reducir su marcha. Me alzo por mi equipaje, intentando no mirarles. Pero uno de los dos no se resiste a imitar de pronto, con voz tonante, grotesca y sin pudor, el grito rancio de un revisor de los trenes de antaño anunciando la estación. Y no me queda más remedio que ser testigo de reojo de sus hechuras enormes, de sus rostros tan paradójicos como el habla: uno de ellos –moreno, cabezudo, con patilla muy ancha cercando la mejilla rosada, sorprendentemente irrigada con suaves matices de falso cortesano- mira aburrido la negrura que corre tras la ventanilla. El otro rostro en cambio sin matiz, congestionado y cejijunto, parece adormecerse coronado por un cabello blanco inmaculado, de corte perfecto, impecablemente peinado hacia atrás.

Ambos modelos visten, bajo las anchas corbatas italianas, camisas finas de rayado leve, pero de talla seguramente nada fácil de encontrar.