Corría la segunda legislatura de Felipe González, pasada la mitad de los ochenta, cuando en las vallas publicitarias y en los anuncios de televisión las modas musicales –omnipresentes tan sólo un año antes– cedían protagonismo ante un nuevo eslogan: "pasión por el deporte". El inicio de la primera legislatura socialista, en 1982, había recibido el espaldarazo de la celebración en Madrid de la XII Copa Mundial de Fútbol. En 1986 se obtenía del Comité Olímpico Internacional la concesión para organizar los Juegos de la XXV Olimpiada, que tendrían lugar en Barcelona seis años más tarde. 

Si, como sugieren algunos analistas de la Transición, en el ánimo de los golpistas del 23-F había contado –cual gota que colma un vaso cargado de motivaciones– la preocupación por la degeneración de las costumbres entre los jóvenes españoles, aquel drástico cambio de tendencia en la industria del entretenimiento y en la publicidad debió de servir para aplacar un tanto los ánimos exaltados del franquismo, temeroso de verse desplazado de los ámbitos de poder. 

Para aquel entonces, los grandes grupos del entretenimiento y de la comunicación tenían bajo control las novedades musicales y se entregaban al descomunal negocio de revender el catálogo fonográfico y editorial de casi todo el siglo XX en formato digital, sin nuevos costes de producción ni otro royalty que el apañado décadas atrás con artistas en proverbial situación de penuria. Era el momento adecuado para orientarse hacia otras empresas y el gobierno socialista no hizo sino reforzar la nueva ola deportiva aprobando leyes ratificadas con generosas partidas presupuestarias, justificado por el loable compromiso con la salud pública y con la formación de las futuras generaciones. 

Jóvenes ejecutivos yuppies, al emerger de la resaca, recordaban de repente que lo que en realidad les ponía desde pequeños era el fútbol, sin que eso conllevase en modo alguno la necesidad de renunciar a la fiesta. Pasada la primera aceleración destroyer y dejado atrás el tocado punkie, los propios roqueros, que hasta hace poco abominaban del deporte de masas como forma de sometimiento, quedaban para ver el partido y hartarse de cerveza ante el televisor. Eran años de sorprendentes cambios de color: nuevos agentes de la cultura que se habían dado a conocer como miembros de oscuras organizaciones de extrema izquierda –donde se discutía incluso la conveniencia de la lucha armada– maduraban como por hechizo y alardeaban de una inclinación al conservadurismo que pretendía títulos de moderna. 

Tales fenómenos sociales son difíciles de delimitar, se basan en un sustrato de emociones compartidas que, si bien forma parte de lo que entendemos por cultura, puede ser denominado prelógico. A las aficiones masivas los individuos se adhieren como si les fuera la vida en ello, pero no se trata de "posiciones de sujeto" diferenciadas como reivindicaciones sociales ni producen "formaciones discursivas" que respondan a una lógica en busca de "equivalencias" capaces de articularse para formar un "bloque histórico" –por traer a colación los términos que emplean Laclau y Mouffe–. Más bien reclaman consideración como polos opuestos de un "bloque ahistórico" que remite a un origen mítico remoto o bien tiende a ocupar la actualidad por entero. La adhesión a un icono musical o a un equipo de fútbol se alimenta de su propia gratuidad; en un caso como en otro, los aficionados conectan sin necesidad de consenso, por más que asuman símbolos colectivos y acepten reglas de juego. 

Hay un hecho que define esa suerte de adhesiones mejor que una dialéctica variable a lo largo del tiempo: cuando muchos individuos se reúnen en torno a una afición, hay una empresa nacional, política, mediática o de entretenimiento sacando partido de ello. El fenómeno de masas no reúne colectivos de intereses ni estructura operadores simbólicos. Ciertos símbolos pueden entrar en juego, convertirse en mercancías que varían a capricho, pero lo esencial es que, a través de la afición, la sensibilidad individual conecta directamente con la máquina del poder. El gusto por la música popular y la pasión por el deporte son comparables en este aspecto. 

Al mismo tiempo, hay diferencias significativas. La primera consiste en que el aficionado al deporte, por más que sufra en el cuerpo propio la experiencia del aprendizaje y de la práctica del juego, necesita al otro para competir, para medir el alcance o realizar el registro de lo aprendido. La competición entre amigos, la asociación a un club, como practicante o como mero seguidor, proporcionan al aficionado al deporte una primera dimensión social. El enfrentamiento entre clubes o equipos de áreas de población más amplias, hasta llegar a la dimensión del equipo nacional, hace posible que el carácter competitivo del juego se transforme, con ayuda de la propaganda política y mediática, en agonismo masivo. 

La afición a la música, aunque pueda adquirir visos competitivos, es antes que nada experiencia íntima, porque se funda en el carácter interno de la percepción acústica. Cierto es que la experiencia musical no alcanza su verdadera dimensión si no es compartida: el grupo instrumental o de aficionados que se confiesan sus preferencias son –después del canto familiar, de sentido enigmático– los espacios naturales en que germina el amor por la música. Pero todo ello vuelve a pasar por la conciencia que repite a solas lo que ha escuchado de otros o en compañía. Este hecho da lugar a una cuestión relevante: la rememoración sonora contribuye a configurar el ámbito de la conciencia individual.

En segundo lugar, la afición musical hace sonar en la conciencia voces que remiten a otras voces, actualiza tradiciones que se remontan hasta la noche de los tiempos. Las prácticas deportivas no rememoran su experiencia ancestral sino de vez en cuando, se agotan en la acción inmediata, en el aprendizaje o en la práctica del juego. Las formas musicales, en cambio, portan información que alude a un linaje sonoro, a una herencia que determina variaciones étnicas, modales, de estructura y de estilo. La afición a la música responde a un componente diacrónico ausente en la sincronización de movimientos que exige el ejercicio deportivo. El bailarín lleva a cabo una acción corporal comparable a la del deportista, pero la sincronía con la música desplaza su sensibilidad hacia la dimensión de la tradición sonora. 

Todo ello nos lleva a considerar un tercer rasgo diferencial, relacionado con el anterior: el aficionado al deporte conecta con la masa en torno a un espacio visible bien delimitado: el terreno de juego o la lente de la cámara que lo cubre. El aficionado a la música, además de poder optar por reunirse con sus semejantes en el círculo del coro, ante la escena de concierto, en la pista de baile o ante una pantalla, experimenta de forma más o menos consciente su vinculación con las "masas invisibles" (la expresión es de Canetti): los ancestros que han intervenido durante milenios en la elaboración de las formas del lenguaje, del canto y de los instrumentos musicales, las cualidades materiales del entorno acústico en que se perciben los "fantasmas sonoros". El carácter visible y sincrónico del juego deportivo se opone a la duplicidad temporal de la sonoridad invisible. Lejos de dar la espalda a la dimensión plástica y espacial, la sonoridad musical configura recintos habitables de contornos móviles, huidizos, mientras el esfuerzo físico limita su visión del tiempo a la sincronía de los gestos, a la duración del ejercicio. La afición a la música busca entre las sombras una dimensión temporal variable. La pasión por el deporte pone a cero el cronómetro de la actualidad. 

Esa perspectiva diacrónica propia de la afición musical se extiende hasta el límite de lo inmemorial: recordemos la "cadena de anillos de la inspiración poética" o del canto que –según decía Platón en Ion– recibe de las Musas una energía sagrada, comparable al magnetismo que se transmite hasta cada participante en el coro y hasta cada oyente para provocar su entusiasmo. Sagrada es también –desde el punto de vista de los antiguos griegos– la energía vital necesaria para ejercitar el cuerpo con miras al combate o a la competición en los juegos. Pero la competición física reclama enfrentamiento y se opone –cuarto rasgo diferencial a tener en cuenta– a la capacidad para generar armonía, igual que desde la más remota Antigüedad se oponen –según los pensadores presocráticos– los principios de la Discordia y del Amor.

La máquina del poder sincroniza el instinto de competición del mayor número posible de espectadores a través de los medios de comunicación. Por afán de rentabilizar la inclinación al antagonismo, al tiempo que intenta canalizarla en su favor, fomenta la violencia latente en el ánimo de la ciudadanía. Amplifica artificialmente la naturaleza primaria, el componente más básico del animal político, creando un graderío ensordecedor –o su equivalente electrónico, el índice de audiencia– que da la espalda a la herencia sonora de los antiguos, al sentido de la armonía aprendido y transmitido por medio de los sonidos musicales y de las palabras. Este es el calado del cambio de tendencia cultural acontecido en España a mediados de los ochenta. 

Condicionados por la necesidad de interpretar la historia y por las urgencias de actualidad, los movimientos sociales y las luchas políticas se sitúan, digamos, a medio camino, entre el amor por la música y la pasión por el deporte. Para enfrentarse a las maquinaciones del poder, estructuran sus discursos, diferencian objetivos, buscan "cadenas de equivalencia" razonadas, –distintas del magnetismo que renueva el delirio de las Musas y del sometimiento sincrónico a la propaganda del poder–, se organizan como partidos, se dotan de un contenido simbólico que aspira a hacer nación, a hacer historia, procuran dar sentido a los antagonismos, de los que ha de surgir una forma de hegemonía relativamente durable en el devenir continuo de la sociedad. En este punto surgen varias preguntas: ¿puede llevarse adelante la tarea de "radicalización de la democracia" sin atender a las variables prelógicas de la cultura? ¿Es suficiente con apropiarse de las técnicas que emplea la máquina del poder para sincronizar los movimientos de masas? ¿Hay un modelo político latente en los patrones musicales, según parecen haber entendido algunos pueblos?

Los antiguos griegos fundaron la democracia extendiendo el derecho de participar en la asamblea y de ocupar cargos públicos a todos los ciudadanos, con exclusión de las mujeres, de los esclavos y de los extranjeros. El principio básico para la educación de los hijos de la ciudadanía era la combinación de dos disciplinas: la gimnástica y la musical. La primera preparaba a los niños para tomar parte en futuras campañas bélicas y dio lugar a la idealización del cuerpo adolescente, que conocemos por la estatuaria y por los diálogos platónicos. La segunda permitía actualizar la memoria tribal, proporcionaba un registro mnemotécnico a las leyendas del pasado remoto –útil para recordar también las artes tradicionales– y dotaba a la juventud selecta de un sentido de la proporción conveniente para regir los destinos de la ciudad, de un conocimiento de las leyes que parecían gobernar los números de la octava musical, las inclinaciones de la psique y hasta los giros planetarios. 

Aunque todavía es necesario ahondar en el significado del cambio radical de perspectiva que conlleva la universalización del derecho de ciudadanía, tal vez convenga ir aplicando a nuestra experiencia histórica reciente aquel sentido heleno de la proporción que todavía no había experimentado la necesidad de distinguir entre los beneficios del cuerpo y los del alma, valorar el reparto arcaico de funciones entre el preparador físico y el citarista, que en la pólis griega enseñaba a cantar los versos memorables, a pulsar las cuerdas de un instrumento y a practicar las buenas maneras. La actualidad nos dice que nos hemos apartado tanto como era posible de un equilibrio semejante.

Si nos atenemos a la frecuencia con la que se airean los símbolos nacionales en las grandes competiciones, no cabe duda de que la pasión por el deporte ha dado frutos, toda una generación de jóvenes españoles ha pasado por el podio. Cabe preguntarse qué hubiera ocurrido si el mismo esfuerzo de inversión se hubiera aplicado a otras actividades, humanísticas y científicas, por ejemplo. Muchas señas indican que se han llevado las cosas demasiado lejos: las grandes empresas deportivas evitan pagar impuestos y se confunden con la especulación inmobiliaria que corrompe las organizaciones políticas; algunas aficiones desembocan en fanatismo asesino; la preparación física se transforma en ingeniería, los récords espectaculares se relacionan demasiado a menudo con el dopaje; movidas por un contrato fabuloso, las estrellas deportivas llevan su esfuerzo hasta la consunción prematura de su juventud y terminan su carrera como juguetes rotos. Todo indica que por este camino estamos –no menos que jugando con drogas, como al comienzo de los ochenta, y por causas comparables– ante un problema de salud pública a gran escala, que pone en riesgo el porvenir de las nuevas generaciones.

Artículo de Santiago Auserón publicado en La Circular, nº4.

En un concierto celebrado en 1984, en el Palacio de los Deportes de Madrid, el respetado profesor Enrique Tierno Galván, alcalde de la capital desde las primeras elecciones municipales en democracia, declaraba ante una multitud fervorosa: "¡Rockeros, el que no esté "colocao" que se coloque... ¡y al loro!". Durante los últimos años de dictadura, Tierno Galván era mentado con frecuencia en reuniones de facultad y conversaciones de taberna como adalid del cambio y protector de jóvenes que habían cruzado el umbral de la clandestinidad. Entre las siglas de partidos de oposición al Régimen que pululaban en medio universitario, las de los grupos socialistas no hicieron aparición hasta muy tarde, cerca ya de la muerte de Franco. Las primeras en dejarse ver fueron las del PSP, partido fundado y liderado por Tierno Galván, que pronto se iba a ver desplazado por el PSOE, más hábil para negociar apoyos internacionales.

Resulta obvio que Tierno Galván tenía algún interés por atraerse la complicidad de la juventud madrileña, ante la cual supo hacer valer su casticismo de corte tradicional. En aquel entonces estaba de moda decir "estar colocao" y "estar al loro", junto con otras expresiones de la jerga del hampa. El uso de estupefacientes era frecuente entre los asistentes a los conciertos de rock, entre la clientela de los numerosos baretos musicales del centro, donde se juntaban hijos de familia bien y visitantes de la periferia obrera que, en cierta proporción selecta –según el look–, alternaban también en galerías de arte y en fiestas particulares. Hay que decir que la exigencia del look era, al principio, bien humilde: bastaba con un arete en el lóbulo, con un simple pin en la solapa de una prenda de segunda mano, para ser admitido en ambientes de lujo nunca visto. 

El Viejo Profesor quiso sumarse a un cierto estado de unanimidad patente en muchas casas y calles de Madrid, mostrarse como un padre tolerante con chavales que se estaban esforzando por salir de la pobreza, que estudiaban con dificultad, que habían soportado la represión policial ante cualquier manifestación de su ansia de libertades. Probablemente pensara don Enrique que las nuevas generaciones merecían una fiesta, una catarsis coral, quizá pensase que no irían mucho más alla de los "cubatas", puede incluso que sus asesores no le tuvieran al tanto de la extensión del consumo de drogas más duras que las "anfetas" –habituales entre universitarios en época de exámenes, todavía de venta en farmacias sin necesidad de receta– o los derivados del cannabis, que ya se hablaba de legalizar. Pero hay que insistir en el hecho de que el paternalismo de Tierno Galván tenía un componente político evidente, expresaba el deseo de conducir el voto juvenil y de canalizar una energía masiva desconocida. 

La extensión de los usos verbales del hampa a los círculos artísticos y a las clases altas no era un hecho nuevo en la sociedad española. La lengua de germanías ejerció un influjo notable en las mejores letras del Siglo de Oro, escritas por alumnos de los colegios jesuitas. En el último cuarto del pasado siglo, por segunda vez se producía en la sociedad española un movimiento de ascenso de las modas sonoras y bailables, parte significativa de una ética del goce inmediato, contrapatida exacta de la relajación de costumbres o "descenso" moral de los señoritos. En tiempos de Cervantes, los hijosdalgo se echaban a la "vida airada" de los caminos igual que sus descendientes en la Transición contribuyeron a llenar cada noche el Rockola y los bares de Malasaña.

En ciertos locales, se pasaba con facilidad del consumo de drogas baratas a sustancias más selectas y peligrosas. Hubo regentes de club nocturno que regalaban papelinas de "caballo" a los clientes habituales, personalidades del mundo del arte que traían mescalína sintética de sus periplos internacionales, se hablaba de maletines de "coca" de un alto grado de pureza pasados por valija diplomática y había traficantes con dirección conocida por todo el barrio, salvo –aparentemente– por la policía. Usos mejor sufridos y tratables con holgura económica que en la clase trabajadora llevaron, en cualquier caso, la muerte a muchos hogares de todas las clases sociales.

El deseo de experimentar sensaciones generalizado entre la juventud española supuso un capital de energía aprovechable en diversas direcciones: por individuos sin escrúpulos, por empresas multinacionales, por los media atentos a la velocidad de los cambios y por los partidos políticos conscientes del alcance del voto juvenil. En un cuerpo social recorrido por las intensas vibraciones de lo nuevo, durante unos años todo el mundo decía ser roquero, no hubo marca comercial que no hiciera por asociarse con la imagen del sonido eléctrico en vallas publicitarias y en anuncios de televisión. Automóviles, bebidas refrescantes o alcohólicas, prendas de vestir y artículos de higiene o de tocador compitieron por el rostro de los nuevos músicos famosos. Hasta las abuelas se hicieron cargo de las modas musicales y de sus usos léxicos. 

Elías Canetti, en Masa y poder, decía que del término latino "movita" derivó el nombre de "muta" con que los antropólogos designan al pequeño grupo de guerreros o cazadores primitivos. En romance de rufianes de época áurea española, "motar" significaba hacerse con el bien ajeno. La "movida" siguió puntualmente esa etimología cabal, pues al uso del término en los círculos del arte y en los medios de comunicación precedió el de los delincuentes listos para "dar un palo" o el de los compradores que iban a "pillar" droga. La riqueza del argot del hampa es proverbial: procede por contagio metonímico, rápido y directo en sus derivas, sin aguardar la sanción de las metáforas reguladas como tópicos de academia. Los términos citados en la famosa expresión de Tierno Galván pertenecen al mejor linaje de la polisemia electrizada por el acecho y por la sustracción a la norma: "estar colocao" da a la estupefacción un sentido de posición, de pertenencia a un cuerpo que no necesita hacerse explícito. Más que curiosa es la homonimia con el sentido laboral de la expresión, del todo opuesto a la holganza que se asocia con el consumo de drogas. "Al loro" significa permanecer al tanto de un mensaje preferiblemente disimulado, consigna para la acción o aviso para la fuga. El hecho de que el aparato de radio o el reproductor portátil de música grabada se llamase "loro" implica un desplazamiento de sentido hacia la esfera de las telecomunicaciones, no sin incorporar un matiz burlesco de repetición cansina.

Generalmente hablamos de corpus jurídico o literario y también de "cuerpo social". En la misma perspectiva semántica, cabe sostener que la "movida" formó un corpus de usos no regulados ricos en posibilidades de sentido, fue expresión de unanimidad que, integrando las más bajas capas sociales, quedó en disposición de convertirse en potencial mediático y político. En el terreno de la experiencia individual, como bien sabemos, los resultados fueron demasiadas veces funestos. Pero, desde cierto punto de vista colectivo, la captación de la energía juvenil y de las clases sociales inferiores fue todo un éxito: el corpus de la movida fue conectado –su energía técnicamente transferida– a las empresas multinacionales, a los grupos de comunicación, a los partidos mayoritarios y a los tratados internacionales. Una vez culminada esa operación a gran escala, las clases dirigentes no estaban dispuestas a seguir arriesgando el futuro de sus hijos. La adhesión pública al rocanrol dejó de ser atractiva, quedando otra vez marginada cualquier consideración de orden puramente sonoro o estético.

Publicado en La circular Nº3

Trabajaba como aprendiz de delineante cuando, a los dieciséis años, experimenté como una revelación el deseo de estudiar filosofía. Los modelos imperantes en la España de la época, venerados por la clase trabajadora, aconsejaban estudiar más bien ingeniería, pero en el manual de sexto de bachillerato me encontré con la idea kantiana de que el espacio y el tiempo eran fenómenos condicionados por la percepción subjetiva. Ante tal descubrimiento, comprenderán ustedes que los caminos, canales y puertos de la geografía española quedasen de inmediato fuera del abanico de mis pasiones adolescentes. 

Un par de años después tomaba un autobús en Moncloa para dirigirme a los cursos en horario nocturno de la Facultad de Filosofía. La huida del trabajo y el acceso al mundo de las ideas fueron para mí un emocionante viaje cotidiano. Estudié robándole horas al sueño y a mis obligaciones laborales, llevado en volandas por el hechizo de la abstracción. Tuve la suerte de escuchar a algunos buenos profesores de latín y de griego, de lingüística, de historia y de literatura, de metafísica y de filosofía de la naturaleza. Tuve que asistir también a clases de religión en las que se construían razonamientos en favor de la virginidad de María. El alumnado se dividía entre aquellos que esperaban resolver el conflicto entre razón y fe, tan debatido en las escuelas del Medioevo, y los que propugnaban la puesta del pensamiento al servicio de la transformación social inminente. 

Yo asistía con preocupación a las reuniones de los segundos, si bien con la sospecha de que el pensamiento, por suerte o por desgracia, preservara una inquietante autonomía con respecto a uno u otro tipo de fines, por muy loables que fuesen. No faltaban enconadas discusiones entre los distintos sectores del alumnado, pero debo señalar que hubo un momento en que católicos y comunistas, trotskistas y nietzcheanos compartieron seminarios, comenzaron a tratarse con afecto y hasta salieron de juerga juntos. En definitiva, se imponía en todos los ánimos la necesidad de un nuevo horizonte. Cualquiera que fuese la utilidad de la filosofía, daba muestras de favorecer cierta hermandad entre maneras de pensar muy diferentes.

Tras acabar la licenciatura, en 1977, inscribí una tesina sobre el poeta loco Antonin Artaud en la Universidad de París VIII, bajo la dirección de Gilles Deleuze. Vincennes era un mercadillo en el que se podía encontrar de todo, pero las clases de Deleuze, muy concurridas y de difícil acceso, desarrolladas bajo una densa nube de humo, no hicieron sino incrementar mi asombro ante las posibilidades del pensamiento y mis deseos de seguir el rastro de aquellas ideas fulminantes. Deleuze era un maestro poco común, su argumentación dibujaba territorios inauditos en lo que dura un cigarrillo, yendo de las Críticas de Kant a la diagonal en un cuadro de Mondrian, de la Ética de Spinoza a las novelas despersonalizadas de Samuel Beckett, de la Monadología de Lebiniz a las películas de Godard. La función de los llamados "pensadores-estrellas" de la época –Lévi-Strauss, Lacan, Foucault, Deleuze, Guattari, Derrida y otros– fue, naturalmente, muy discutida, pero persiste la pregunta acerca de las condiciones en que la filosofía contemporánea llegó a generar tanta expectación. Pese a todo, el ambiente poco comunicativo y la conspicua altanería que predominaba entre mis condiscípulos no acabó de animarme a devenir intelectual de oficio. En unas vacaciones en Madrid, empecé a detectar en el aire una electricidad distinta. Visité el local de ensayo de un grupo musical en ciernes, donde me dejaron jugar con los aparatos. Mi vida cambio de rumbo de manera imprevista. Como podéis suponer, eso ha dado lugar a muchas reflexiones a lo largo de los últimos siete lustros.

Cualquiera puede hacerse cargo de los atractivos del aprendizaje musical en grupo, del escenario y de la carretera, de la notoriedad y del dinero fácil que la España de la transición estuvo dispuesta a conceder, durante un tiempo, a las nuevas canciones. A todos esos motivos más o menos discutibles, se añadía la fascinación por los fenómenos acústicos. Como estudiante de letras, me inicié en el oficio musical con una conciencia acentuada de la sonoridad verbal, atraído por la tentación de comparar las estructuras del lenguaje con las del sonido rítmico y consonante. Pronto el aprendizaje del oficio de las canciones abrió un mar de cercanías y profundas divergencias entre las palabras y las formas musicales. Durante los periodos de ensayo y de composición, mantuve las lecturas iniciadas en los últimos años de carrera. A lo largo de las giras, mis compañeros de viaje contemplaban estupefactos algunos volúmenes de título disuasorio, que a mí mismo me costaba trabajo abrir siquiera, por efecto de la dispersión habitual tras los conciertos. Sin embargo, el oficio musical, con todas sus secuelas personales y sociales, me proporcionó un taller experimental y algo concreto en qué pensar, al tiempo que me incitaba de continuo a dejar de hacerlo. 

La materia sonora y sus formas invisibles se convirtieron en objeto de especulación por exigencias combinadas de signo opuesto: por inclinación personal y por obligaciones mercantiles, frente a las cuales la reflexión y las lecturas me proveyeron de recursos para hacer frente a la melancolía, necesaria contrapartida del entusiasmo en la vida del músico itinerante. Por materia sonora entiendo primero lo más a mano: los instrumentos hechos de madera y de metal, las cápsulas electromagnéticas que recogen las vibraciones del aire para transformarlas en señal acústica, los distintos tipos de amplificadores y procesadores, junto con los procedimientos de registro y difusión del sonido. En segundo lugar, las estructuras del verso y la sintaxis propiamente musical, los patrones rítmicos y las relaciones de armonía heredados de una larguísima tradición, que sirven de marco de referencia más o menos estable para el aprendizaje y permiten reactualizar la ejecución musical efímera. 

Pero además, en tercer lugar, materia sonora es también el cuerpo mismo del intérprete y de cada oyente, con sus órganos de percepción sumidos en un ángulo siempre diferente del entorno acústico, así como los cuerpos que componen o delimitan ese entorno, unos inertes y otros fluidos como el aire vibrante. Las formas sonoras se esfuman, pero alcanzan a dejar huella memorable, ya sea verbal o musical, tejiendo un medio de relaciones complejas entre lo visible y lo invisible. En el terreno del sonido, se hace inmediatamente patente que las distinciones aristotélicas entre materia y forma, o entre potencia y acto, que provienen del campo de la experiencia visible, no son del todo operativas. Ese era el motivo de que no me importase arriesgarme a las burlas de mis compañeros llevando de gira la Metafísica de Aristóteles.

Durante doce años, Radio Futura fue un laboratorio de sonido en el que se experimentaba de continuo con aparatos, con la receptividad del cuerpo propio y ajeno, con la respuesta acústica de los recintos, con las palabras y con los afectos, en una conversación incesante a todas horas, de contenido no siempre reproducible, a menudo cargada con la pesada obligación de publicitar la mercancía. Suplíamos la carencia de formación musical con una entrega obsesiva. Desde aquellos días, guardo la convicción de que los músicos son pensadores muy especiales que comparten una suerte de videncia, y me complace prestar atención a sus ideas y a sus modos de expresarse, siempre originales. El grupo de jóvenes que se inician en la música y con ella pretenden ganarse la vida, con mayor o menor suerte, es una máquina de exploración psíquica, artística, filosófica y social. El fracaso al que está abocado, tarde o temprano, es una parte sustancial del aprendizaje.

Escogí el nombre malsonante de Juan Perro para oponer cierta resistencia a las facilidades mediáticas del éxito, cuando ya la presión comercial se había vuelto insoportable y las discusiones eran poco interesantes. Frente a la intención futurista de nuestra primera marca artística, me hacía falta un nuevo personaje que me permitiese desligarme de la actualidad e investigar diversas tradiciones, explorar las fronteras de contacto entre el verso hispano y la sonoridad de origen africano, a un lado y otro del Atlántico. Paralelamente, la necesidad de volverme hacia el pasado me llevó a hacer una lectura detenida de Homero, de los líricos y de los trágicos griegos, en busca de los gérmenes más durables del verso en lengua romance. Mi afición a los presocráticos y a los pensadores atenienses del periodo clásico volvió a prender bajo la urgencia de las cuestiones poético-musicales. Eso fue lo que me decidió a reiniciar los estudios de doctorado y a dar forma a una investigación sobre las relaciones entre la música y el origen de la filosofía. 

[...] Las formas más antiguas de conocimiento están siendo relegadas por una concepción técnica y económica que dibuja un porvenir dudoso para los pueblos de la vieja cuenca del Mediterráneo. Dejemos en el aire estas graves cuestiones, para saludar a los nuevos graduados en una disciplina que, pese a paso de los años, sigue siendo, en mi caso, vocacional. No va a resultaros fácil encontrar trabajo, investigar o enseñar aquello en lo que os habéis esforzado. Pero una nueva generación de pensadores de habla hispana está destinada quizá a cumplir un papel en la evolución de la educación, de las artes y de la sociedad futuras, aun viéndose abocada a practicar otros oficios, e incluso al paro. En los nuevos movimientos ciudadanos confluyen muchos jóvenes letrados que no quieren permanecer pasivos ante una organización social que les cierra el horizonte. Si mi humilde experiencia os sirviera de algo, recordad que el noble oficio del pensamiento, el diálogo con ideas amigas y rivales, se alimenta de cualquier trabajo, del trabajo mismo que comporta abrirse paso en la vida.