Ha recorrido mundo con Martirio, con el Son de la Frontera y con Kiko Veneno, entre otros, antes de editar su primer álbum de canciones propias: Razón de son. Definitivamente enriquecido por el sentido que adquirió en Cuba y en México, el vocablo castellano retorna en busca de su antigua hondura. Funde en un toque de campana la aleación de palabra, ritmo y armonía: en torno al son se junta el círculo de las ánimas. Juega además a confundirnos con el verbo ser, de modo que, cuando el son llama, dan ganas de preguntarle: ¿quiénes son?

En este son hay ánimas dispuestas a reencarnarse. Es una vieja raíz indoeuropea que se embarcó para transformarse en euroindiana. Estamos en el extremo opuesto de aquellas cátedras en las que se inventó la pureza de la raza. Además de músico experto, Raúl Rodríguez es lúcido antropólogo, tiene una visión clara de la pluralidad que le da al son dinamismo y su razón de ser. Antiguas, nuevas, numerosas –porque afluyen de todas partes para entrar en lógica resonancia– las razones del son se juntan en un arroyo del que beben por turnos el corazón y la inteligencia. "Sonoro cristal", decía Luis de Góngora. A Raúl Rodríguez le he visto desde niño educarse en ese nivel de conciencia nuevo para el arte popular. Su álbum de canciones y reflexiones musicales señala el rumbo que están tomando la música y la sociedad españolas.

Raúl Rodríguez "retrocede hacia el futuro" –como él dice– para reconocer cantes y toques añejos que mantienen su vivacidad a ambos lados del charco. Ha transformado de nuevo una guitarra que fue española, se hizo cubana y ahora reclama el "protoflamenco" del que nació, como cristal en su agua madre o un raudo pez en busca de plancton. Todavía se estaban gestando palos andaluces cuando en el Oriente cubano el tres tensaba sus cuerdas para ensayar los primeros tumbaos. En manos de Raúl Rodríguez –y en las de su luthier de Triana– las cuerdas dobles del instrumento han decidido poner a prueba sus metales en falsetas, rasgueos y remates flamencos.

Este son germinal llega con valentía de inventar palos y de ponerles nombre, de cocinar en sazón para que el guiso resulte memorable, de hacer la revolución alegre que asegura el curso de las tradiciones: el "punto flamenco" responde a su cita de siglos con el campo de Cuba; la "sonería" devuelve el compás binario americano a su matriz de doce tiempos, flamenca y africana; la "blueslería" canta a los mitos de la contracultura de Sevilla. Otros géneros recobran conciencia de su linaje: el "fandango indiano", la "caña" de aire barroco, la "petenera veracruzana". Raúl Rodríguez elabora una suerte de "folclore imaginario" –con expresión del noble José María Vitier– al que hay que prestar oído, porque las esencias de la tierra cruzan la imaginación antes de convertirse en mundos; y hay que seguir inventando, para que nadie gobierne en nombre de ideas muertas.

Con su Razón de son, Raúl Rodríguez parece estar tomando el testigo de la invención en la música popular española; su voz entra en la escena del cante curtida y bien templada; sus sones representan logros admirables, por calado poético y por eficiencia musical. Hallazgos como Razón de son, El negro curro o La caña integran aires americanos y andaluces, toques con electricidad de rocanrol y de flamenco festero; condensan la leyenda en décimas y cuartetas chispeantes de osadía. El artesano iluminado y el antropólogo riguroso se juntan con los pájaros del alba para rescatar un son casi olvidado. Su inspiración enciende emociones de siglos pasados y venideros.

Durante el último año he contrastado a menudo estados de ánimo con extranjeros hermanos de lengua y con españoles emigrados en cuyos rostros he visto la claridad de la decisión. Ya en el avión de regreso, nada más mirar de reojo la portada de los diarios, las sensaciones empiezan a cambiar de signo. La luz peninsular, graciosamente indecisa, entre europea y africana, proporciona un minuto de ilusión, pero tarda poco en dejar paso a la sombría impresión de retornar a un estado de cosas gris y amenazador, que se confirma con el primer informativo. Las noticias transmiten una sensación de estancamiento insoportable, de recaída en una especie de castigo divino. Me refugio en la distancia de la curiosidad etnográfica para anotar esta observación: la naturaleza en mi país tiene virtudes que se apagan en cuanto alzan la voz sus nativos.

Al caudal obtenido por procedimientos ilegítimos, puesto a salvo en paraísos fiscales y ratificado por el apaño legislativo, la negra avaricia de nuestras élites puede añadir en la columna de su haber el desánimo completo de la sociedad española. La especulación que se apodera del bien común no solamente ha desangrado la economía y aflojado el pulso del cuerpo social, sino que, al pretender hacer pasar por bueno un estado corrupto, ha dejado al país sin espíritu, literalmente desalmado. He aquí el efecto más temible de la crisis. En otras latitudes la maldad actúa sin máscara, pero en España aspira a ser bendecida por un carcomido derecho de señorío, a justificar el sometimiento de las clases populares y la apatía de los jóvenes con una democracia de cartón piedra que se publicita en imágenes digitalizadas.

La pérdida anímica de la sociedad española tiene sobrados precedentes históricos: en el bandolerismo primitivo, en la corrupción de la nobleza aliada con la delincuencia, en el anhelo de fortuna desmedida, en el desprecio por los oficios manuales, en el ideal imposible de la limpieza de sangre, en la exaltación de la fe reducida a espectáculo. Pero está a punto de consumarse precisamente cuando los españoles parecíamos haber llegado por primera vez a un consenso para poner remedio a nuestros males atávicos. Un falseamiento paulatino de los artículos de la constitución relativos al estado social libre y de derecho, a la soberanía popular, a la separación de poderes, a la nación de naciones, está al cabo de lograr lo que no pudieron siglos de absolutismo, la cansina alternancia en el gobierno de los partidos burgueses y las dictaduras militares.

La explicación de estos hechos es simple, aunque de intrincada apariencia, y debe ser urgentemente compartida con las jóvenes generaciones tanto en casa como en la escuela. El sistema de partidos ha protegido la alternancia excluyente de la derecha tradicional con la socialdemocracia, garantizándose el beneplácito inicial de los nacionalismos conservadores, que luego acaban por pasar factura. El predominio de los partidos de gobierno, tanto a nivel estatal como autonómico, se sostiene sobre dos pilares fundamentales: la especulación financiera y la manipulación de la opinión pública. Los especuladores financian a los partidos de los que obtienen contratos prometedores, los partidos favorecen a los grupos mediáticos afines, los grupos mediáticos aprovechan su influjo para engrosar las cuentas de sus directivos.

Esta circulación del poder no constituido influye poderosamente sobre el voto, que es el único modo de participación democrática, y secuestra la soberanía popular, obligándola a pasar por el aro de la filiación clientelar. No hace falta perder mucho tiempo en discusiones sobre formas del estado que son mero decorado de teatro: vivimos sometidos a una oligocracia financiera, partidista y mediática. Quien no participa en el reparto de favores económicos, de cargos públicos o de horas de entretenimiento deportivo, está virtualmente fuera del sistema. Si todavía dispone de un puesto de trabajo, gracias a un oficio ajeno a la especulación, a la política de ámbito nacional o local, a los operadores de comunicación, está seriamente amenazado de perderlo, por muy liberal y respetable que sea su profesión.

Algo parecido ocurre en la mayoría de los países occidentales que nos han proporcionado el modelo, pero aquí el cerco que amenaza a la democracia se estrecha rápidamente debido a algunos factores determinantes: la apropiación de las estructuras sociales por parte de las élites más voraces y la calculada dependencia de la judicatura o de la Agencia Tributaria respecto del ejecutivo agravan las consecuencias de la cesión de la soberanía popular en manos de los partidos mayoritarios, de quienes los financian ilegalmente, de los medios que encubren la manipulación de la opinión pública bajo un ligero y pegajoso barniz de independencia informativa.

La mentira se ha convertido en sinónimo del quehacer político, justificada por las técnicas de imagen y por los índices de audiencia. Son incontables los casos en que los responsables públicos mienten sin recato en los medios de comunicación o en las audiencias judiciales y, cuando sus mentiras son puestas al descubiertο, prosiguen tranquilamente en sus cargos. Cada vez es más difícil que la verdad se abra paso en la política española. Los jueces que se atreven a plantar cara a la corrupción se ven obstaculizados o apartados de sus funciones. En particular quienes ponen el dedo en la llaga de la banca que ha servido para expoliar y endeudar a las comunidades locales, corrompiendo a sus funcionarios, extendiendo la red de la infamia por las cuatro esquinas del mapa.

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Buenos días amigos:

Es un honor representar en este acto a los artistas que han colaborado con La Marató de este año, cantar en lengua catalana una famosa melodía internacional, en compañía de excelentes músicos, productores y técnicos, y tener la oportunidad de ayudar un poco a la investigación médica, en un momento en que es más necesario que nunca. Esta colaboración me ha dado que pensar y quisiera compartir con ustedes un par de ideas rápidas.

Trabajo buena parte del tiempo en Barcelona, soy por tanto consciente de lo que significa La Marató en la sociedad catalana. Es para mí un privilegio poder tocar con la mano esa cadena solidaria con la que los catalanes se sienten identificados. Es muy importante que los que venimos de fuera reconozcamos el valor de estos hechos. Es muy importante que la iniciativa o la respuesta ciudadanas mantengan vivo el pulso de la sociedad.

Hablando más concretamente, resulta interesante comprobar lo que ocurre en el terreno artístico, cuando se suman energías y puntos de vista distintos en un proyecto como La Marató. Medios de comunicación de gran alcance, un productor y un equipo técnico acostumbrados al mainstream, a hacer canciones que venden, se juntan con músicos de diverso pelaje, algunos de ellos especialistas en rodar por los márgenes del negocio. Resulta que en nuestra versión de Cinema Paradiso esas calidades se hacen compatibles y dan lugar a un producto que suena internacional. Resulta que somos capaces de alcanzar un arte popular sin renunciar a la exigencia estética, cuando no hay intereses comerciales de por medio. Es una lección que conviene tener en cuenta.

Por último, como cantante y estudiante de letras, debo añadir que para mi ha sido apasionante buscar el modo de decir la palabra exacta en una lengua que no es mi lengua natal, pero es una lengua hermana. Las cuestiones fonéticas me apasionan, esas pequeñas diferencias que indican una manera de ver la vida. Es una suerte poder apreciar la vida desde dos fonemas cercanos, pero distintos.

Ojalá está campaña recaude un dineral que se destine por entero a estimular el trabajo de los investigadores y contribuya a sostener sin desmayo la pelea de los enfermos y de sus familias.