Trabajaba como aprendiz de delineante cuando, a los dieciséis años, experimenté como una revelación el deseo de estudiar filosofía. Los modelos imperantes en la España de la época, venerados por la clase trabajadora, aconsejaban estudiar más bien ingeniería, pero en el manual de sexto de bachillerato me encontré con la idea kantiana de que el espacio y el tiempo eran fenómenos condicionados por la percepción subjetiva. Ante tal descubrimiento, comprenderán ustedes que los caminos, canales y puertos de la geografía española quedasen de inmediato fuera del abanico de mis pasiones adolescentes. 

Un par de años después tomaba un autobús en Moncloa para dirigirme a los cursos en horario nocturno de la Facultad de Filosofía. La huida del trabajo y el acceso al mundo de las ideas fueron para mí un emocionante viaje cotidiano. Estudié robándole horas al sueño y a mis obligaciones laborales, llevado en volandas por el hechizo de la abstracción. Tuve la suerte de escuchar a algunos buenos profesores de latín y de griego, de lingüística, de historia y de literatura, de metafísica y de filosofía de la naturaleza. Tuve que asistir también a clases de religión en las que se construían razonamientos en favor de la virginidad de María. El alumnado se dividía entre aquellos que esperaban resolver el conflicto entre razón y fe, tan debatido en las escuelas del Medioevo, y los que propugnaban la puesta del pensamiento al servicio de la transformación social inminente. 

Yo asistía con preocupación a las reuniones de los segundos, si bien con la sospecha de que el pensamiento, por suerte o por desgracia, preservara una inquietante autonomía con respecto a uno u otro tipo de fines, por muy loables que fuesen. No faltaban enconadas discusiones entre los distintos sectores del alumnado, pero debo señalar que hubo un momento en que católicos y comunistas, trotskistas y nietzcheanos compartieron seminarios, comenzaron a tratarse con afecto y hasta salieron de juerga juntos. En definitiva, se imponía en todos los ánimos la necesidad de un nuevo horizonte. Cualquiera que fuese la utilidad de la filosofía, daba muestras de favorecer cierta hermandad entre maneras de pensar muy diferentes.

Tras acabar la licenciatura, en 1977, inscribí una tesina sobre el poeta loco Antonin Artaud en la Universidad de París VIII, bajo la dirección de Gilles Deleuze. Vincennes era un mercadillo en el que se podía encontrar de todo, pero las clases de Deleuze, muy concurridas y de difícil acceso, desarrolladas bajo una densa nube de humo, no hicieron sino incrementar mi asombro ante las posibilidades del pensamiento y mis deseos de seguir el rastro de aquellas ideas fulminantes. Deleuze era un maestro poco común, su argumentación dibujaba territorios inauditos en lo que dura un cigarrillo, yendo de las Críticas de Kant a la diagonal en un cuadro de Mondrian, de la Ética de Spinoza a las novelas despersonalizadas de Samuel Beckett, de la Monadología de Lebiniz a las películas de Godard. La función de los llamados "pensadores-estrellas" de la época –Lévi-Strauss, Lacan, Foucault, Deleuze, Guattari, Derrida y otros– fue, naturalmente, muy discutida, pero persiste la pregunta acerca de las condiciones en que la filosofía contemporánea llegó a generar tanta expectación. Pese a todo, el ambiente poco comunicativo y la conspicua altanería que predominaba entre mis condiscípulos no acabó de animarme a devenir intelectual de oficio. En unas vacaciones en Madrid, empecé a detectar en el aire una electricidad distinta. Visité el local de ensayo de un grupo musical en ciernes, donde me dejaron jugar con los aparatos. Mi vida cambio de rumbo de manera imprevista. Como podéis suponer, eso ha dado lugar a muchas reflexiones a lo largo de los últimos siete lustros.

Cualquiera puede hacerse cargo de los atractivos del aprendizaje musical en grupo, del escenario y de la carretera, de la notoriedad y del dinero fácil que la España de la transición estuvo dispuesta a conceder, durante un tiempo, a las nuevas canciones. A todos esos motivos más o menos discutibles, se añadía la fascinación por los fenómenos acústicos. Como estudiante de letras, me inicié en el oficio musical con una conciencia acentuada de la sonoridad verbal, atraído por la tentación de comparar las estructuras del lenguaje con las del sonido rítmico y consonante. Pronto el aprendizaje del oficio de las canciones abrió un mar de cercanías y profundas divergencias entre las palabras y las formas musicales. Durante los periodos de ensayo y de composición, mantuve las lecturas iniciadas en los últimos años de carrera. A lo largo de las giras, mis compañeros de viaje contemplaban estupefactos algunos volúmenes de título disuasorio, que a mí mismo me costaba trabajo abrir siquiera, por efecto de la dispersión habitual tras los conciertos. Sin embargo, el oficio musical, con todas sus secuelas personales y sociales, me proporcionó un taller experimental y algo concreto en qué pensar, al tiempo que me incitaba de continuo a dejar de hacerlo. 

La materia sonora y sus formas invisibles se convirtieron en objeto de especulación por exigencias combinadas de signo opuesto: por inclinación personal y por obligaciones mercantiles, frente a las cuales la reflexión y las lecturas me proveyeron de recursos para hacer frente a la melancolía, necesaria contrapartida del entusiasmo en la vida del músico itinerante. Por materia sonora entiendo primero lo más a mano: los instrumentos hechos de madera y de metal, las cápsulas electromagnéticas que recogen las vibraciones del aire para transformarlas en señal acústica, los distintos tipos de amplificadores y procesadores, junto con los procedimientos de registro y difusión del sonido. En segundo lugar, las estructuras del verso y la sintaxis propiamente musical, los patrones rítmicos y las relaciones de armonía heredados de una larguísima tradición, que sirven de marco de referencia más o menos estable para el aprendizaje y permiten reactualizar la ejecución musical efímera. 

Pero además, en tercer lugar, materia sonora es también el cuerpo mismo del intérprete y de cada oyente, con sus órganos de percepción sumidos en un ángulo siempre diferente del entorno acústico, así como los cuerpos que componen o delimitan ese entorno, unos inertes y otros fluidos como el aire vibrante. Las formas sonoras se esfuman, pero alcanzan a dejar huella memorable, ya sea verbal o musical, tejiendo un medio de relaciones complejas entre lo visible y lo invisible. En el terreno del sonido, se hace inmediatamente patente que las distinciones aristotélicas entre materia y forma, o entre potencia y acto, que provienen del campo de la experiencia visible, no son del todo operativas. Ese era el motivo de que no me importase arriesgarme a las burlas de mis compañeros llevando de gira la Metafísica de Aristóteles.

Durante doce años, Radio Futura fue un laboratorio de sonido en el que se experimentaba de continuo con aparatos, con la receptividad del cuerpo propio y ajeno, con la respuesta acústica de los recintos, con las palabras y con los afectos, en una conversación incesante a todas horas, de contenido no siempre reproducible, a menudo cargada con la pesada obligación de publicitar la mercancía. Suplíamos la carencia de formación musical con una entrega obsesiva. Desde aquellos días, guardo la convicción de que los músicos son pensadores muy especiales que comparten una suerte de videncia, y me complace prestar atención a sus ideas y a sus modos de expresarse, siempre originales. El grupo de jóvenes que se inician en la música y con ella pretenden ganarse la vida, con mayor o menor suerte, es una máquina de exploración psíquica, artística, filosófica y social. El fracaso al que está abocado, tarde o temprano, es una parte sustancial del aprendizaje.

Escogí el nombre malsonante de Juan Perro para oponer cierta resistencia a las facilidades mediáticas del éxito, cuando ya la presión comercial se había vuelto insoportable y las discusiones eran poco interesantes. Frente a la intención futurista de nuestra primera marca artística, me hacía falta un nuevo personaje que me permitiese desligarme de la actualidad e investigar diversas tradiciones, explorar las fronteras de contacto entre el verso hispano y la sonoridad de origen africano, a un lado y otro del Atlántico. Paralelamente, la necesidad de volverme hacia el pasado me llevó a hacer una lectura detenida de Homero, de los líricos y de los trágicos griegos, en busca de los gérmenes más durables del verso en lengua romance. Mi afición a los presocráticos y a los pensadores atenienses del periodo clásico volvió a prender bajo la urgencia de las cuestiones poético-musicales. Eso fue lo que me decidió a reiniciar los estudios de doctorado y a dar forma a una investigación sobre las relaciones entre la música y el origen de la filosofía. 

[...] Las formas más antiguas de conocimiento están siendo relegadas por una concepción técnica y económica que dibuja un porvenir dudoso para los pueblos de la vieja cuenca del Mediterráneo. Dejemos en el aire estas graves cuestiones, para saludar a los nuevos graduados en una disciplina que, pese a paso de los años, sigue siendo, en mi caso, vocacional. No va a resultaros fácil encontrar trabajo, investigar o enseñar aquello en lo que os habéis esforzado. Pero una nueva generación de pensadores de habla hispana está destinada quizá a cumplir un papel en la evolución de la educación, de las artes y de la sociedad futuras, aun viéndose abocada a practicar otros oficios, e incluso al paro. En los nuevos movimientos ciudadanos confluyen muchos jóvenes letrados que no quieren permanecer pasivos ante una organización social que les cierra el horizonte. Si mi humilde experiencia os sirviera de algo, recordad que el noble oficio del pensamiento, el diálogo con ideas amigas y rivales, se alimenta de cualquier trabajo, del trabajo mismo que comporta abrirse paso en la vida.

Ha recorrido mundo con Martirio, con el Son de la Frontera y con Kiko Veneno, entre otros, antes de editar su primer álbum de canciones propias: Razón de son. Definitivamente enriquecido por el sentido que adquirió en Cuba y en México, el vocablo castellano retorna en busca de su antigua hondura. Funde en un toque de campana la aleación de palabra, ritmo y armonía: en torno al son se junta el círculo de las ánimas. Juega además a confundirnos con el verbo ser, de modo que, cuando el son llama, dan ganas de preguntarle: ¿quiénes son?

En este son hay ánimas dispuestas a reencarnarse. Es una vieja raíz indoeuropea que se embarcó para transformarse en euroindiana. Estamos en el extremo opuesto de aquellas cátedras en las que se inventó la pureza de la raza. Además de músico experto, Raúl Rodríguez es lúcido antropólogo, tiene una visión clara de la pluralidad que le da al son dinamismo y su razón de ser. Antiguas, nuevas, numerosas –porque afluyen de todas partes para entrar en lógica resonancia– las razones del son se juntan en un arroyo del que beben por turnos el corazón y la inteligencia. "Sonoro cristal", decía Luis de Góngora. A Raúl Rodríguez le he visto desde niño educarse en ese nivel de conciencia nuevo para el arte popular. Su álbum de canciones y reflexiones musicales señala el rumbo que están tomando la música y la sociedad españolas.

Raúl Rodríguez "retrocede hacia el futuro" –como él dice– para reconocer cantes y toques añejos que mantienen su vivacidad a ambos lados del charco. Ha transformado de nuevo una guitarra que fue española, se hizo cubana y ahora reclama el "protoflamenco" del que nació, como cristal en su agua madre o un raudo pez en busca de plancton. Todavía se estaban gestando palos andaluces cuando en el Oriente cubano el tres tensaba sus cuerdas para ensayar los primeros tumbaos. En manos de Raúl Rodríguez –y en las de su luthier de Triana– las cuerdas dobles del instrumento han decidido poner a prueba sus metales en falsetas, rasgueos y remates flamencos.

Este son germinal llega con valentía de inventar palos y de ponerles nombre, de cocinar en sazón para que el guiso resulte memorable, de hacer la revolución alegre que asegura el curso de las tradiciones: el "punto flamenco" responde a su cita de siglos con el campo de Cuba; la "sonería" devuelve el compás binario americano a su matriz de doce tiempos, flamenca y africana; la "blueslería" canta a los mitos de la contracultura de Sevilla. Otros géneros recobran conciencia de su linaje: el "fandango indiano", la "caña" de aire barroco, la "petenera veracruzana". Raúl Rodríguez elabora una suerte de "folclore imaginario" –con expresión del noble José María Vitier– al que hay que prestar oído, porque las esencias de la tierra cruzan la imaginación antes de convertirse en mundos; y hay que seguir inventando, para que nadie gobierne en nombre de ideas muertas.

Con su Razón de son, Raúl Rodríguez parece estar tomando el testigo de la invención en la música popular española; su voz entra en la escena del cante curtida y bien templada; sus sones representan logros admirables, por calado poético y por eficiencia musical. Hallazgos como Razón de son, El negro curro o La caña integran aires americanos y andaluces, toques con electricidad de rocanrol y de flamenco festero; condensan la leyenda en décimas y cuartetas chispeantes de osadía. El artesano iluminado y el antropólogo riguroso se juntan con los pájaros del alba para rescatar un son casi olvidado. Su inspiración enciende emociones de siglos pasados y venideros.

Durante el último año he contrastado a menudo estados de ánimo con extranjeros hermanos de lengua y con españoles emigrados en cuyos rostros he visto la claridad de la decisión. Ya en el avión de regreso, nada más mirar de reojo la portada de los diarios, las sensaciones empiezan a cambiar de signo. La luz peninsular, graciosamente indecisa, entre europea y africana, proporciona un minuto de ilusión, pero tarda poco en dejar paso a la sombría impresión de retornar a un estado de cosas gris y amenazador, que se confirma con el primer informativo. Las noticias transmiten una sensación de estancamiento insoportable, de recaída en una especie de castigo divino. Me refugio en la distancia de la curiosidad etnográfica para anotar esta observación: la naturaleza en mi país tiene virtudes que se apagan en cuanto alzan la voz sus nativos.

Al caudal obtenido por procedimientos ilegítimos, puesto a salvo en paraísos fiscales y ratificado por el apaño legislativo, la negra avaricia de nuestras élites puede añadir en la columna de su haber el desánimo completo de la sociedad española. La especulación que se apodera del bien común no solamente ha desangrado la economía y aflojado el pulso del cuerpo social, sino que, al pretender hacer pasar por bueno un estado corrupto, ha dejado al país sin espíritu, literalmente desalmado. He aquí el efecto más temible de la crisis. En otras latitudes la maldad actúa sin máscara, pero en España aspira a ser bendecida por un carcomido derecho de señorío, a justificar el sometimiento de las clases populares y la apatía de los jóvenes con una democracia de cartón piedra que se publicita en imágenes digitalizadas.

La pérdida anímica de la sociedad española tiene sobrados precedentes históricos: en el bandolerismo primitivo, en la corrupción de la nobleza aliada con la delincuencia, en el anhelo de fortuna desmedida, en el desprecio por los oficios manuales, en el ideal imposible de la limpieza de sangre, en la exaltación de la fe reducida a espectáculo. Pero está a punto de consumarse precisamente cuando los españoles parecíamos haber llegado por primera vez a un consenso para poner remedio a nuestros males atávicos. Un falseamiento paulatino de los artículos de la constitución relativos al estado social libre y de derecho, a la soberanía popular, a la separación de poderes, a la nación de naciones, está al cabo de lograr lo que no pudieron siglos de absolutismo, la cansina alternancia en el gobierno de los partidos burgueses y las dictaduras militares.

La explicación de estos hechos es simple, aunque de intrincada apariencia, y debe ser urgentemente compartida con las jóvenes generaciones tanto en casa como en la escuela. El sistema de partidos ha protegido la alternancia excluyente de la derecha tradicional con la socialdemocracia, garantizándose el beneplácito inicial de los nacionalismos conservadores, que luego acaban por pasar factura. El predominio de los partidos de gobierno, tanto a nivel estatal como autonómico, se sostiene sobre dos pilares fundamentales: la especulación financiera y la manipulación de la opinión pública. Los especuladores financian a los partidos de los que obtienen contratos prometedores, los partidos favorecen a los grupos mediáticos afines, los grupos mediáticos aprovechan su influjo para engrosar las cuentas de sus directivos.

Esta circulación del poder no constituido influye poderosamente sobre el voto, que es el único modo de participación democrática, y secuestra la soberanía popular, obligándola a pasar por el aro de la filiación clientelar. No hace falta perder mucho tiempo en discusiones sobre formas del estado que son mero decorado de teatro: vivimos sometidos a una oligocracia financiera, partidista y mediática. Quien no participa en el reparto de favores económicos, de cargos públicos o de horas de entretenimiento deportivo, está virtualmente fuera del sistema. Si todavía dispone de un puesto de trabajo, gracias a un oficio ajeno a la especulación, a la política de ámbito nacional o local, a los operadores de comunicación, está seriamente amenazado de perderlo, por muy liberal y respetable que sea su profesión.

Algo parecido ocurre en la mayoría de los países occidentales que nos han proporcionado el modelo, pero aquí el cerco que amenaza a la democracia se estrecha rápidamente debido a algunos factores determinantes: la apropiación de las estructuras sociales por parte de las élites más voraces y la calculada dependencia de la judicatura o de la Agencia Tributaria respecto del ejecutivo agravan las consecuencias de la cesión de la soberanía popular en manos de los partidos mayoritarios, de quienes los financian ilegalmente, de los medios que encubren la manipulación de la opinión pública bajo un ligero y pegajoso barniz de independencia informativa.

La mentira se ha convertido en sinónimo del quehacer político, justificada por las técnicas de imagen y por los índices de audiencia. Son incontables los casos en que los responsables públicos mienten sin recato en los medios de comunicación o en las audiencias judiciales y, cuando sus mentiras son puestas al descubiertο, prosiguen tranquilamente en sus cargos. Cada vez es más difícil que la verdad se abra paso en la política española. Los jueces que se atreven a plantar cara a la corrupción se ven obstaculizados o apartados de sus funciones. En particular quienes ponen el dedo en la llaga de la banca que ha servido para expoliar y endeudar a las comunidades locales, corrompiendo a sus funcionarios, extendiendo la red de la infamia por las cuatro esquinas del mapa.

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