Asistimos en nuestros días a una transformación tecnológica que pone a prueba nuestro medio más básico y elaborado de expresión: el lenguaje. Tras el revuelo provocado por la rápida difusión en la red de los mensajes escritos, de los registros sonoros y audiovisuales, nos inquieta el devenir de la lectura y la escritura en la pantalla del ordenador, las posibilidades de subsistencia del libro, que hasta hace poco más de un siglo fuera –junto con la tradición oral– el único registro del pasado de la humanidad.

El libro preserva mayor independencia y movilidad que los aparatos que requieren conexión a la red eléctrica: esta evidencia es rápidamente cuestionada por la creciente autonomía de ordenadores y discos duros. Otras características del libro parecen mantener su carácter, no obstante, frente a la miniaturización y al aumento de capacidad de memoria de los nuevos soportes.

La imprenta y la técnica del plegado del papel –alabada en su enigmática sencillez por el poeta Stéphane Mallarmé– permiten la fabricación en serie de objetos singulares, que se adaptan con facilidad a la mano y al ojo, a nuestro entorno doméstico. Los libros habitan el espacio público y privado con la gravedad de objetos que tienen nombre. Combinando gravedad y ligereza, son capaces de preservar información singularizada, al alcance de la memoria, que puede ser reeleborada por la imaginación y puesta en circulación a través del habla. Remiten directamente a su medio de origen: el lenguaje compartido, el pensamiento individual.

No ocurre lo mismo con los textos en formato digital, que requieren mediadores técnicos y nos sujetan a ciertas obligaciones, pese a su aparente liberación con respecto a censuras e inquisidores. Cunde por otro lado la sospecha de que la primera generación educada frente al ordenador dialoga poco, reduce las funciones del lenguaje a servir de instrucción para otros cometidos, en pos de impulsos más veloces.

El libro es un formato que mantiene cierta proporción entre lo público y lo privado, cierta adecuación del cuerpo y la inteligencia individuales a las aspiraciones colectivas, obtenida a lo largo de los siglos en un costoso –a menudo sangriento- proceso de selección de la información. Los ordenadores en cambio desconectan al usuario de las fuentes de producción (materias primas, patentes, códigos de programación) y establecen entre los ámbitos de lo privado y de lo público la máxima desproporción, pues tienden a conectarnos en solitario con una red planetaria.

Aportan indudablemente una ampliación substancial del volumen de información almacenable y disponible, al tiempo que la posible edición continua de la misma. Cada usuario puede guardar en su disco duro, tener a su disposición a través de la red, una cantidad ingente de datos, que tiende a igualarse con el volumen total de los registros impresos, grabados o filmados a lo largo de la historia. Pero resulta poco probable que tal cantidad de información sea efectivamente usada o asimilada. Conviene subrayar que la información nos interesa únicamente cuando implica una relación activa con nuestro entorno.

Lo que realmente condiciona el proceder de los usuarios de las nuevas tecnologías es la atención prestada al soporte electrónico. Se ha producido una democratización de los medios de comunicación que no afecta tanto a los contenidos como a la integración del aparato en el ámbito doméstico, a las posibilidades de comunicación que permite, aunque ésta sea imprecisa y superficial. Está por ver que esta democratización técnica desemboque en una comunidad de pensamiento inteligente, o ayude a fortalecerla. ¿Nos acercamos a una encrucijada en la que las ventajas de la comunicación pudieran resultar menores que sus inconvenientes?

Con la última década del pasado siglo, la sociedad española iniciaba un giro de signo muy distinto a los cambios que durante la transición permitieron llenar el aire de nuevas canciones. Las marcas comerciales se adueñaban del deseo de ser o parecer rockero, mientras el poder orientaba con deliberación sus consignas hacia la pasión por el deporte.

Toda una generación de deportistas españoles sube hoy a lo más alto del podio, el deporte se ha convertido en gran empresa pública. Las canciones entretanto han perdido todo afán de originalidad, forzadas por el cálculo de audiencia en los medios. Los jóvenes hacen cola para probar el estrellato, listos para soportar cualquier humillación, siempre y cuando sea ante las cámaras, con la bendición de sus padres. Los concursos televisivos de canto proliferan, mientras el repertorio se limita a la repetición estéril.

La pasión por el deporte –el amor popular a sus ídolos quemados en pocos años– y la banalización comercial de las canciones parecen responder a un mismo patrón ético que no resulta ser ni musical ni deportivo. En Grecia antigua la música compartía con la educación física la responsabilidad de formar buenos ciudadanos. ¿En manos de qué oscuro sentido del bien común han cedido una y otra sus valores?

Los adolescentes intentan escribir nuevas canciones, pero la sociedad mediática les da la espalda, atenta sólo al estribillo conocido. El público educado por el rock envejece llenando festivales de jazz. La música de improvisación se ha hecho merecedora de reconocimiento por aunar la tradición afroamericana con el flamenco, pero necesita nuevas canciones para no repetir siempre la misma copla.

Una buena canción no nace del talento solitario, sino de una trama de implícitos renovados por el ingenio popular, cuando se opone al chiste recurrente. La canción pone en juego una modalidad de inteligencia que pocas veces se desarrolla en las aulas, nunca entre los que especulan con el suelo o la audiencia pública.

Estamos ante un serio problema educativo. La excusa para frenar la cultura heredada de los sesenta es la supuesta tendencia de los jóvenes a confundir música y vicio. Suposición errónea, si atendemos a la generalización de la corrupción en otras capas de la sociedad. La cultura del rendimiento forzoso se parece mucho en realidad al uso de estímulos artificiales.

Lo que se teme de los jóvenes no es tanto la formación de malos hábitos, más propios de los adultos, sino la capacidad de concebir algún valor que no se reduzca a mercancía. La educación musical no solamente influye en el sentido de las proporciones, como decían los antiguos griegos, sino que nos convierte en testigos y artífices de vínculos que ningún programa político recoge.

Sin buenas canciones los especuladores triunfan, pero los deportistas no saben qué entonar en sus celebraciones. Los humoristas se ponen pesados, las artes y las letras se quedan sin un aliado imprescindible. Los políticos imponen su visión restringida de lenguas y naciones, la sociedad entera sufre una carencia de aire fresco, de ganas de inventarse.

¿Se imaginan un país en el que se pusiera de moda renunciar a toda forma de beneficio poco honesto, donde el machismo no se cobrase una sola víctima, donde las diversas comunidades y lenguas se exigiesen unas a otras lo mejor de sí mismas, en vez de replegarse sobre un sacrosanto simulacro de identidad? Ese país sólo existe en las canciones. En las canciones que todavía no existen. Pero es el único que reconozco como propio.

Artículo escrito para el suplemento Babelia del periódico El País.

Se celebra cada año en abril desde 1970. A su primera edición asistieron solamente 350 personas, entre ellos Mahalia Jackson y Duke Ellington. Desde entonces no hizo más que crecer en tamaño, cantidad de visitantes (hasta cientos de miles) y prestigio. Tras el éxodo forzado por Katrina en 2005, los músicos de la ciudad y sus alrededores empiezan a regresar ahora, a veces para contemplar los restos de sus pobres viviendas abandonadas. La edición de 2008 ha realizado un esfuerzo para recuperar el brillo de los mejores días del Jazz Fest.

El viajero cansado de vuelos y aeropuertos, aturdido por la longitud artificial de la jornada, toca fondo cuando de noche alcanza la orilla del Mississipi. El rito del agua turbia, que corre ajena a los brillos de la ciudad, prepara para las impresiones del día siguiente. Cuando el Jazz Fest abre sus puertas en la mañana del viernes 25 de abril, la carpa de Gospel arranca con el impacto de las Voices of Distinction. Uno entiende de golpe por qué está aquí, a través de un montón de historias que despiertan en la memoria.

De ahí en adelante se trata de acumular impresiones musicales, cuantas más mejor, sin dejar que se fundan en el caos. En el Jazz Fest se pueden escuchar las huellas vivas del blues del delta, “brass bands” tradicionales y modernas, el mejor jazz contemporáneo, gospel auténtico, lo que queda del mítico r&b, el soul y el funk de Crescent City, rock y country, el zydeco más caliente, los cánticos de los “mardi gras indians”. Y las mil facetas caleidoscópicas en que se aproximan sin pudor unos estilos de otros.

Hace falta un poco de disciplina para llevarse el máximo de música del Jazz Fest, optar por nombres poco conocidos huyendo de los escenarios grandes, y cuando en estos la música suena como debe, contentarse con veinte minutos de Stevie Wonder, de Alison Krauss con Robert Plant, de Costello con Toussaint, de Dr. John, para no perderse otro ratito de Al Green, de Burning Spear, de Richard Thompson, de Deacon John o de Steel Pulse. Caminar por el barro tras el diluvio que suspendió el concierto de Voice of the Wetlands All-Stars (Tab Benoit, Dr. John, Anders Osborne, Ciril Neville, Monk Boudreaux) para volver a pillar a este Big Chief de plumaje rosa haciendo citas de Jimi Hendrix en un escenario menor, ante un público salpicado hasta la cintura. Aguantar la lluvia llenándose de la voz de Irma Thomas. Dejar a la Derek Trucks Band para asistir al momento culminante en que los Neville Brothers vuelven a unirse para cerrar el festival, mientras empieza a caer el sol.

Una manera de no extraviarse es, desde luego, no alejarse mucho de la zona en que se sitúan las carpas de gospel, de blues y la de la WWOZ dedicada al jazz: refugio siempre seguro. Cerca ponen unos daiquirís suaves (preferibles a la cerveza rancia al cabo de colas interminables) y el mejor pato en barbacoa con “red beans & rice” del recinto.

Al cabo de la última edición del Jazz Fest se puede uno hacer cierta composición de lugar. Del mítico r&b fabricante de hits quedan restos dispersos, aunque las brasas se sienten por todas partes. Art Neville casi no levanta la voz, tras un año en la cama. Aaron afirma su falsete rico y amanerado en varios escenarios. Cuando cantan a dúo suena algo especial, con una veracidad que fascina. Eddie Bo se mantiene tocando viejas canciones con frescura y buen humor. Dr. John, según le pille el día, libera con más o menos ganas su conocimiento de todos los estilos de la ciudad.


La herencia del funk, otrora picante, de Nueva Orleáns suena algo espesa por el reciclaje de los ex-Meters y acompañantes empeñados en la fusión. La síncopa buena está en manos de las nuevas “brass bands” que funden compás de “second-line” con mambo y pegada rockera (Rebirth, Dirty Dozen, Soul Rebels, New Birth, Hot 8). Resulta muy interesante compararlos con las bandas tradicionales, como la del Preservation Hall o la del barrio de Treme. El gusto exquisito de los octogenarios comunica con la agresividad de las bandas jóvenes a través del compás. La misma verdad late en unos y otros, a eso se le puede llamar herencia auténtica.

La música cajun, el zydeco, con sus diversos grados de proximidad al blues y al rock, con su mezcla de inglés y francés criollo, salpica desde el acordeón y la “washboard” ritmo en todas las direcciones. El canturreo reiterativo de los “mardi gras indians” (que no suelen ser indios, sino negros disfrazados de carnaval, en sociedades que celebran la vieja hospitalidad de los indios con los cimarrones) integra también toques de funk, de rock, de “second-line”.


El soul de calidad sigue más vivo en la voz Bettye LaVette, en la experiencia de cuatro décadas de Tower of Power, que en los grandes solistas subidos de tono. El blues o el R&B campesinos, James Cotton y Snooks Eaglin, Lil´Buck Sinegal, mantienen su magia indiscutible, ahí es donde se percibe una corriente comparable a la del río. En cuyas orillas destella el mejor jazz. No sólo las voces de Germaine Bazzle, Diana Reeves, Cassandra Wilson y Bobby McFerrin (con Chick Corea), sino particularmente la escuela local de instrumentistas. El pianista Ellis Marsalis, padre de la conocida saga, se hace acompañar de alumnos que aplican su enseñanza elegante con precisión. El saxofonista Donald Harrison pone un fuego en escena que se comunica al público como en un concierto de rock. Todo el jazz de Nueva Orleáns tiene esa característica comunicativa, que se salta la actitud distante de los viejos “hipsters”.

Culminantes dos conciertos de fín de jornada en esa misma carpa de la WWOZ: Irvin Mayfield con la New Orleans Jazz Orchestra, convirtiendo la abstracción y el virtuosismo de sus magníficos solistas en juego compartido. Y Terence Blanchard con la Louisiana Philarmonic Orchestra, desarrollando la hermosa música compuesta para el documental de Spike Lee sobre el Katrina, ante un silencio sagrado, roto únicamente por la lluvia, violenta y familiar.