La información manipulada electrónicamente discurre ante nuestros ojos en rápido vuelo. Forma ya parte de lo proverbial la cantidad de errores que se cuelan en la escritura o en la lectura en pantalla. La letra impresa fija la información de manera lenta y durable, pide ser contemplada, corregida, copiada con detenimiento. No queremos decir que sea imposible hacer lo propio en la pantalla del ordenador, garantizar la estabilidad de un texto revisándolo muchas veces, imprimiéndolo para corregirlo, pero es preciso contar con la inercia particular con que uno u otro medio nos afectan, si queremos ahondar en la distinción entre “lectura profunda” y “lectura superficial” que algunos teóricos proponen.

El libro y el ordenador nos emplazan de manera distinta en lo que concierne a la percepción visual. La mirada que sobrevuela la información en pantalla busca conexiones inmediatas, salta de una a otra instintivamente, creando vínculos que apenas necesitan reflexión. La escritura o la lectura en el ordenador parecen querer acercarse a la velocidad de los procesos mentales. Corren el riesgo de gestar un pensamiento adormecido en la facilidad, inconsistente, aunque parezca fluido. ¿Y si el ordenador acabara potenciando efectos parecidos a los que buscaron los surrealistas a través de la escritura automática? Liberada del control lógico, producida como en un sopor, la escritura electrónica proporcionaría una especie de repliegue de la inteligencia sobre ciertas modalidades del instinto, lo cual no supone necesariamente su anulación.

En el libro nos recreamos con detenimiento, si el ruido circundante o la agitación interior no lo impiden, pero mientras leemos o escribimos por procedimientos clásicos las ideas corren a menudo más rápido que la mano y el ojo sobre el papel. Al menor despiste, se han ido con la música a otra parte, la mano que sostiene pluma o lápiz queda indecisa ante el abismo blanco, el ojo inerte ante la letra muda. ¿Arriesgan más los dedos sobre el teclado que la pluma sobre el papel? ¿Condiciona la acción misma de las extremidades del cuerpo la forma o el contenido de la expresión? Eso pretendía Nietzsche, que solamente se fiaba de las ideas que le vinieran paseando al aire libre. Opuesta a la actitud de Nietzsche, la de Descartes rumiando lentamente junto a la estufa sus reglas para conducción del pensamiento. Ante el teclado y la pantalla del ordenador, ¿se asemeja el pensador contemporáneo a uno o a otro?

Difícil saberlo. El aparato consume energía corriente, aunque calienta bastante menos que una estufa. Saltamos del cuaderno de tapa de cartón al archivo electrónico. ¿No consistirá precisamente el pensamiento en una especie de tensión entre diversas técnicas, entre diversas épocas, un viaje a distintas velocidades, resultado de todas nuestras acciones, las que nos comprometen y las que nos preservan?

Quizá el texto electrónico cumpla, en relación con la letra impresa, una función parecida a la que a ésta le tocó cumplir en otro tiempo con respecto a la tradición oral: hacer de emisario delegado. La antigüedad dudó también acerca del valor de la escritura, la tradición homérica consideraba la palabra hablada como un valor firme, mientras que la tablilla escrita podía llevar un mensaje falaz o traicionero, la orden incluso de matar al portador.

Diomedes y Glauco se enfrentan en la llanura troyana, reconocen sus respectivos abolengos. El segundo recuerda la historia de su legendario abuelo Belerofonte, tentado en vano por la lasciva esposa del rey Preto. Acusado por la reina despechada de ser él quien intentara seducirla, el rey le envía al reino licio de su suegro con una tablilla que contiene instrucciones nefastas para el incauto héroe: “le entregó luctuosos signos, mortíferos en su mayor parte, que había grabado en una tablilla doble”
(Ilíada, VI, 168). Signos mortíferos, oscuros, sombra ominosa de un designio críptico, tal es la imagen que Occidente se hizo inicialmente de lo escrito.

En todo caso la tablilla o el pergamino permitieron enviar un correo a un lugar lejano, comunicar la decisión del rey sin necesidad de hacer efectiva su presencia. La velocidad del correo dependía hasta ayer mismo de su medio de transporte. Hoy nos parece normal que un correo digital llegue casi al instante al otro lado del mundo. ¿Pero son los archivos electrónicos emisarios de una palabra fiable? ¿Saben guardar un secreto? ¿Portan consigo una orden misteriosa escrita en un código indescifrable? Nuestra inclinación a la sospecha es ella misma sospechosa, recuerda un tanto a la del bardo homérico.

No son, desde luego, los correos electrónicos mensajeros que arriesguen como Belerofonte su pellejo en el viaje. El correo fue sujeto heroico hasta la época de Miguel Strogoff, antes de la revolución rusa. El siguiente paso es ya el cartero de Tati, arrojando sus cartas al pasar sin detener la bici, “a la americana”. Hoy el correo se despersonaliza casi por completo, se convierte en red eléctrica. Cuesta garantizar que el mensaje interese al destinatario, confundido con un aluvión de información indeseada, destinada a todos y a ninguno. Semejante a la tablilla en la situación descrita por Homero, el mensaje electrónico no garantiza la veracidad, encubre un código técnico que se ha vuelto otra vez secreto, ahora que la mayor parte de nuestra sociedad estaba alfabetizada. Con nuestros mensajes de lenguaje precipitado e inseguro, nos hemos convertido en reyezuelos de un orden precario, porque se han invertido las tornas: el servidor se reserva el derecho a especular con el valor de nuestro mensaje, los mensajeros son los nuevos amos. Han tardado tres mil años en percatarse del valor de sus servicios.

Asistimos en nuestros días a una transformación tecnológica que pone a prueba nuestro medio más básico y elaborado de expresión: el lenguaje. Tras el revuelo provocado por la rápida difusión en la red de los mensajes escritos, de los registros sonoros y audiovisuales, nos inquieta el devenir de la lectura y la escritura en la pantalla del ordenador, las posibilidades de subsistencia del libro, que hasta hace poco más de un siglo fuera –junto con la tradición oral– el único registro del pasado de la humanidad.

El libro preserva mayor independencia y movilidad que los aparatos que requieren conexión a la red eléctrica: esta evidencia es rápidamente cuestionada por la creciente autonomía de ordenadores y discos duros. Otras características del libro parecen mantener su carácter, no obstante, frente a la miniaturización y al aumento de capacidad de memoria de los nuevos soportes.

La imprenta y la técnica del plegado del papel –alabada en su enigmática sencillez por el poeta Stéphane Mallarmé– permiten la fabricación en serie de objetos singulares, que se adaptan con facilidad a la mano y al ojo, a nuestro entorno doméstico. Los libros habitan el espacio público y privado con la gravedad de objetos que tienen nombre. Combinando gravedad y ligereza, son capaces de preservar información singularizada, al alcance de la memoria, que puede ser reeleborada por la imaginación y puesta en circulación a través del habla. Remiten directamente a su medio de origen: el lenguaje compartido, el pensamiento individual.

No ocurre lo mismo con los textos en formato digital, que requieren mediadores técnicos y nos sujetan a ciertas obligaciones, pese a su aparente liberación con respecto a censuras e inquisidores. Cunde por otro lado la sospecha de que la primera generación educada frente al ordenador dialoga poco, reduce las funciones del lenguaje a servir de instrucción para otros cometidos, en pos de impulsos más veloces.

El libro es un formato que mantiene cierta proporción entre lo público y lo privado, cierta adecuación del cuerpo y la inteligencia individuales a las aspiraciones colectivas, obtenida a lo largo de los siglos en un costoso –a menudo sangriento- proceso de selección de la información. Los ordenadores en cambio desconectan al usuario de las fuentes de producción (materias primas, patentes, códigos de programación) y establecen entre los ámbitos de lo privado y de lo público la máxima desproporción, pues tienden a conectarnos en solitario con una red planetaria.

Aportan indudablemente una ampliación substancial del volumen de información almacenable y disponible, al tiempo que la posible edición continua de la misma. Cada usuario puede guardar en su disco duro, tener a su disposición a través de la red, una cantidad ingente de datos, que tiende a igualarse con el volumen total de los registros impresos, grabados o filmados a lo largo de la historia. Pero resulta poco probable que tal cantidad de información sea efectivamente usada o asimilada. Conviene subrayar que la información nos interesa únicamente cuando implica una relación activa con nuestro entorno.

Lo que realmente condiciona el proceder de los usuarios de las nuevas tecnologías es la atención prestada al soporte electrónico. Se ha producido una democratización de los medios de comunicación que no afecta tanto a los contenidos como a la integración del aparato en el ámbito doméstico, a las posibilidades de comunicación que permite, aunque ésta sea imprecisa y superficial. Está por ver que esta democratización técnica desemboque en una comunidad de pensamiento inteligente, o ayude a fortalecerla. ¿Nos acercamos a una encrucijada en la que las ventajas de la comunicación pudieran resultar menores que sus inconvenientes?

Con la última década del pasado siglo, la sociedad española iniciaba un giro de signo muy distinto a los cambios que durante la transición permitieron llenar el aire de nuevas canciones. Las marcas comerciales se adueñaban del deseo de ser o parecer rockero, mientras el poder orientaba con deliberación sus consignas hacia la pasión por el deporte.

Toda una generación de deportistas españoles sube hoy a lo más alto del podio, el deporte se ha convertido en gran empresa pública. Las canciones entretanto han perdido todo afán de originalidad, forzadas por el cálculo de audiencia en los medios. Los jóvenes hacen cola para probar el estrellato, listos para soportar cualquier humillación, siempre y cuando sea ante las cámaras, con la bendición de sus padres. Los concursos televisivos de canto proliferan, mientras el repertorio se limita a la repetición estéril.

La pasión por el deporte –el amor popular a sus ídolos quemados en pocos años– y la banalización comercial de las canciones parecen responder a un mismo patrón ético que no resulta ser ni musical ni deportivo. En Grecia antigua la música compartía con la educación física la responsabilidad de formar buenos ciudadanos. ¿En manos de qué oscuro sentido del bien común han cedido una y otra sus valores?

Los adolescentes intentan escribir nuevas canciones, pero la sociedad mediática les da la espalda, atenta sólo al estribillo conocido. El público educado por el rock envejece llenando festivales de jazz. La música de improvisación se ha hecho merecedora de reconocimiento por aunar la tradición afroamericana con el flamenco, pero necesita nuevas canciones para no repetir siempre la misma copla.

Una buena canción no nace del talento solitario, sino de una trama de implícitos renovados por el ingenio popular, cuando se opone al chiste recurrente. La canción pone en juego una modalidad de inteligencia que pocas veces se desarrolla en las aulas, nunca entre los que especulan con el suelo o la audiencia pública.

Estamos ante un serio problema educativo. La excusa para frenar la cultura heredada de los sesenta es la supuesta tendencia de los jóvenes a confundir música y vicio. Suposición errónea, si atendemos a la generalización de la corrupción en otras capas de la sociedad. La cultura del rendimiento forzoso se parece mucho en realidad al uso de estímulos artificiales.

Lo que se teme de los jóvenes no es tanto la formación de malos hábitos, más propios de los adultos, sino la capacidad de concebir algún valor que no se reduzca a mercancía. La educación musical no solamente influye en el sentido de las proporciones, como decían los antiguos griegos, sino que nos convierte en testigos y artífices de vínculos que ningún programa político recoge.

Sin buenas canciones los especuladores triunfan, pero los deportistas no saben qué entonar en sus celebraciones. Los humoristas se ponen pesados, las artes y las letras se quedan sin un aliado imprescindible. Los políticos imponen su visión restringida de lenguas y naciones, la sociedad entera sufre una carencia de aire fresco, de ganas de inventarse.

¿Se imaginan un país en el que se pusiera de moda renunciar a toda forma de beneficio poco honesto, donde el machismo no se cobrase una sola víctima, donde las diversas comunidades y lenguas se exigiesen unas a otras lo mejor de sí mismas, en vez de replegarse sobre un sacrosanto simulacro de identidad? Ese país sólo existe en las canciones. En las canciones que todavía no existen. Pero es el único que reconozco como propio.

Artículo escrito para el suplemento Babelia del periódico El País.