20 Noviembre 2017

DIARIO DE VIAJE AMERICANO. 3: BUENOS AIRES

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Recordando el vuelo de llegada, Joan y Gabriel comentan a media voz, en la cola de embarque, el inminente cruce de la Cordillera hacia Buenos Aires. Un par de rostros indígenas sonríen fijamente detrás de nosotros. Joan se vuelve ligeramente hacia ellos mientras concluye: "¡Peor sería tener que cruzarla andando!". Uno de los dos escuchas parece a punto de contestar algo, mas se contiene. En su ojo izquierdo fulgura un destello. Quizá sepa lo que quiere decir atravesar los Andes a pie, una idea hiperbólica para los gallegos, por la que, sin embargo, ganaron la independencia de Chile las columnas del general San Martín. Esta vez el vuelo sobre los Andes resulta suave como la seda. Dos jóvenes viajeras provenientes del desierto de Atacama, una argentina y otra mexicana, se interesan por nuestra condición de músicos. Con gentil coqueteo, se hacen invitar al concierto que tendrá lugar esa misma tarde.

Circulamos con el tiempo justo, pero en las afueras de Buenos Aires un soberbio atasco nos tira del freno. Nuestra primera lección argentina es un uso apropiado de la palabra "quilombo". El conductor del minibús tantea por teléfono las posibilidades de evitar lo peor del atasco mientras, con soltura de jinete avezado, maniobra hacia atrás en dirección prohibida, sosteniendo la mirada ausente de unos policías urbanos. Es también músico, de la nueva generación de tangueros, conoce a muchos de nuestros amigos y dispone de algo para fumar, si lo necesitamos.

Roberto Menéndez, promotor del concierto, aguarda paciente en la recepción del hotel, con síntomas evidentes de un resfriado tremendo. Era quien guiaba nuestro trayecto alternativo por teléfono. Lo conocimos en Mallorca, donde reside la mayor parte del año, como director del Festival de Jazz de Palma. Recuerdo su inteligente charla musical, durante la cena, en torno al jazz y las músicas de habla hispana. Verle del otro lado del Atlántico, a cargo de nuestra primera visita a su ciudad natal, resulta reconfortante. Por corresponder a la eficiencia del equipo porteño, en media hora estamos listos para salir hacia el Centro Cultural Kirchner.

Roberto se toma, no obstante, un minuto para orientarnos en el centro de la ciudad: estamos alojados junto al Obelisco de la Avenida 9 de Julio, en Suipacha, perpendicular a Corrientes. Yendo hacia el CCK, camino del río, pasamos por la Plaza de Mayo y la Casa Rosada. Frente al CCK se halla la mole envejecida del Luna Park, cuyo cartel de aforo completo sólo está al alcance de los artistas más populares. En tanto esperamos que nos acredite el minucioso servicio de seguridad, trato de captar, casi con desespero, imágenes al vuelo, una pizca del ambiente callejero de Buenos Aires, antes de arrojarme a un escenario que de antemano se me antoja difícil. El clima primaveral de noviembre permite abrir de par en par las ventanas del camerino sobre Corrientes, y me recreo otro minuto mirando como pasan los autobuses multicolores echando humo, la agitación de la calle a la hora en que el común de los mortales sale del trabajo, se afana por hacer las últimas compras y llegar a casa, mientras declina la tarde.

El CCK es un centro de actividad cultural de amplísima arquitectura, donde el lujoso mobiliario de época convive con el diseño vanguardista, objeto de comentario público por causa de su elevado coste. Un técnico de mirada severa controla la actividad del escenario, en el que todo parece a punto. Tras retocar las posiciones, le pido un poco de cinta adhesiva para marcar la tarima, pero con autoridad replica que empleemos el tiempo del que disponemos en probar sonido. La prueba se resuelve en pocos minutos. Las gestiones de Eva Martí, el apoyo de Sebastián Quintana, de Centro Cultural de España en Buenos Aires, y la colaboración de Karina, Geni y Clara, del equipo de producción del CCK, han hecho posible un concierto que alcanza un buen nivel, ante una sala bien poblada, si no completa. Nuestra llegada precipitada no impide que el tiempo se detenga como en sueños para hacer sitio a unas canciones desconocidas en esta ciudad. La actitud receptiva del público nos proporciona seguridad, favorece los matices de expresión, en la sala se instala un clima de complicidad largamente preparado.

Un alegre y numeroso grupo de amigos nos rodea en camerinos: Fernando, Natalia, Alejandro, Leo, Eva, el bajista Henán Flores, María Watson y su pupilo cubano, Ibrahim ferrer Jr. El cansancio se mezcla con una sensación de alivio que recuerda el olor de la tierra después de la lluvia. Buscamos cena por el barrio de Palermo. Leo, al volante, me pasa hacia el asiento de atrás una botella de whisky de la que apenas queda un cuarto, mientras a mi lado se enciende la marihuana como un semáforo que cambia del verde al rojo. Este hubiera sido el momento de abstenerse, pero no ha lugar para explicaciones acerca de los cuidados que aconseja la salud, los muchos años de situaciones semejantes, la conveniencia de moderar inclinaciones compulsivas. La primera visita a esta región del Nuevo Mundo acaricia el oído con dulce engaño e incita a hacer como si fuéramos adolescentes.

Disfruto la impresión grata y novedosa de cómo se mueven los argentinos en su propio medio, con una mezcla de decisión y relajo, después de mucho trato con ellos en España, donde, sin llegar nunca a mostrarse inseguros, parecen siempre alerta, a veces tensos. Hay en esta impresión un contraste cultural que quizá nos retrata más que a ellos. ¿No es el instinto de lucha por la vida, que en Buenos Aires se funde en el día a día, lo que resulta alterado cuando se enfrenta a la arrogancia que el más pobre español parece haber heredado de los señores feudales? Ellos están acostumbrados a mantener despierta la inventiva, mientras nosotros nos contentamos con una picaresca que se diría autorizada por real decreto.
Mi ligereza con las bebidas durante la cena y después de ella –seguramente he interpretado de manera confusa más de un semáforo–, deja margen para que me comporte sin alerta alguna, con más torpeza que tensión, pero nuestros anfitriones se muestran cálidos, afables y comprensivos, cual si conocieran de sobra los efectos de echarle leña al fuego de la escena. La labor de Miguel Jiménez, reiterada durante años en estas tierras, ha creado un ambiente propicio. Las bromas que a menudo se hacen en España, acerca de la afición argentina a los psiquiatras, se vuelven en mi contra, pues, si no recuerdo mal mis desatinados balbuceos, no me hubiera venido mal un terapeuta de guardia.

El músico popular es siempre un emigrado que llega a otro continente en busca de fortuna. Quien se exhibe ante el público se arriesga a cometer pecado de orgullo y termina por reclamar redención piadosa. El deseo suele caer en el doble error de ignorar sus límites y creerse merecedor de eterno castigo, decía el pensador. En el trabajo artístico, por naturaleza maníaco-depresivo, hay dos caminos posibles: el del genio que domina su arte y se arroga el derecho a la locura subvencionada y el del rocanrol, que va a por todas con armas precarias y paga por sí mismo las consecuencias. ¿Cómo evitar la torpeza en un oficio que consiste en superar a menudo el límite de las fuerzas? ¿Puede confundirse el dispendio de uno mismo con la búsqueda de fortuna? ¿No basta con la fortuna de preservar la vida? ¿Dónde se sitúa en la lucha por la vida el sentimiento del honor? ¿Antes de salir al escenario? ¿En el momento de rechazar la botella? ¿En la elección del momento justo para retirarse a la habitación solitaria? La música es el trance y todo lo que viene después resulta degradante. A ver quién asegura que se va a poner a salvo en busca del trance todos los días.

Regresamos al CCK para una charla-coloquio moderada por el periodista Mariano del Mazo, conocedor de muchas músicas, que conduce el acto con maestría. Entre el público, muy atento, hay asistentes al concierto de anoche. Cuando hablamos de Cuba, Ibrahim Ferrer Jr. asiente o precisa. Otros oyentes hacen lo propio e intervienen con naturalidad cuando les concierne. Nuevamente me sorprende el interés que ha despertado nuestra visita. Casi al final del acto, antes de partir, una muchacha toma la palabra para agradecer, seria y emotiva, la música de ayer. Alejandro Taranto, productor y manager de algunas buenas bandas del rock argentino, se despide gentilmente, haciendo votos por el reencuentro.

Formamos un amplio grupo para cenar en un asador junto al río. María Watson me regala unos cuantos discos interesantes, entre ellos la Suite para piano y pulso velado del uruguayo Luciano Supervielle. Antes del final de la cena, algunos estamos ya completamente fundidos, pero Leo y su novia Eva Martí se ofrecen a retomar con mis compañeros la ruta por Palermo. Fernando Lluró, hombre de amabilidad refinada y conocimiento musical amplio, propone que aprovechemos las pocas horas que nos quedan en Buenos Aires y nos guía de mañana hacia La Boca. El ensanche del río convierte el barrio de La Boca en barco que no termina de alejarse del muelle. Los turistas pueblan el pavimento polícromo, pugnan por retratarse ante las fachadas de Caminito, pero no alcanzan a encubrir el latido que habita las calles, pobladas por rostros marcados, congestionados, ultra-expresivos. En el bar casi vacío de una esquina emblemática, donde una pareja de ancianos come despacito junto a la ventana abierta a la calle, Fernando nos instruye, entre cervezas rojas de Patagonia, acerca de las claves más inmediatas para profundizar en el conocimiento del tango.

Sorteamos los puestos callejeros de la antigua Plaza del Comercio –hoy Dorrego– y vamos a comer junto al mercado de San Telmo. Mientras aguardamos mesa, nos entretenemos contemplando en los anticuarios una colección de enseres de otro siglo, herramientas de navegación y de comunicación, una voluminosa escafandra de buzo, astrolabios, viejos muebles con radio, teléfonos de manivela, tocadiscos monoaurales, máquinas de la aventura. En el restaurante de ambiente popular, el humor vivaz de los camareros opera en el punto justo en que motiva a los clientes con inteligencia, sin caer en el exceso: "sentarse al lado de estas damas lleva suplemento...". En todo veo maneras de otro tiempo, que en mi país se han perdido. Aquí el futuro falsamente prometedor se las tiene que ver con un reto grave y tenaz sostenido desde el pasado reciente. Se diría que los espíritus porteños se resisten a soltarse de los umbrales que habitaron. Hacen señas que aguardan el reencuentro futuro.

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