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28 Agosto 2018

Juan Perro: El viaje continúa

Juan Perro

El viaje (La Huella Sonora, 2016), es una colección de inspiradas canciones nacidas casi desnudas, tan solo cubiertas por los ligeros tules de la voz de Juan Perro y su guitarra. Con el tiempo, dichas coplas han ido acrecentando poco a poco su atuendo para vestirse de largo. Santiago Auserón (así me gusta llamarle), acompañado por cinco músicos de excepción, las ha elevado, agitado, transformado, consiguiendo un rebozado delicioso que las realza en directo.

El San Miguel Mas i Mas Festival tuvo la fortuna de acoger esa comprometida apuesta, la segunda parte de un díptico destinado a ser una de las obras capitales en la carrera del sabio cantante y compositor zaragozano. Estimulante travesía.

Auserón, a los 64 años, vive un momento álgido, tanto en la faceta compositora como en la de cantante. Modula el registro vocal al servicio del estilo: suave (Los inadaptados), airoso (El forastero) o salvaje si se requieren gritos (Río negro). Una voz en plena forma, mutando constantemente. Y baila, retuerce el esqueleto, se arrodilla, rasgando la guitarra, delante de Joan Vinyals, director musical y prodigioso guitarrista. Hace batir palmas, motiva, seduce, llena el escenario, alborota la platea. Explica historias de novelas rusas nihilistas, habla de sus orígenes con ironía, guiña el ojo a los emigrantes de manera sutil pero incisiva e insiste sobre el influjo negro en la canción española, tema desarrollado en El ritmo perdido (Ediciones Península, 2012), tesis de obligada lectura. Auténtico ‘entertainer’.

El peso del concierto lo cargó esencialmente El viaje, transmutado casi constantemente. No tanto en el inicio con Los inadaptados ni en la fabulosa En la frontera, trocándose mucho más en una animosa versión de Ámbar, destacando el trompetista David Pastor con un solo espectacular, o en la canción que titula el álbum, donde el cultivado trovador fraseó como si de un ‘rap’ poético y ensoñador se tratara. No le fueron a la zaga El desterrado, Arenas del Duero, Aire e incluso las más abiertas hacia el camino del éxito: A morir amores y Agua de limón, momentos aprovechados para el habitual tentempié en el que el público es utilizado de coro improvisado, truco fácil aunque vacilón como canta la coplilla dedicada al cítrico amarillo. En un status superior situaríamos Luz de mis huesos, canción sobresaliente a la altura de lo mejor de su repertorio, abrazada a milagros tipo No más lágrimas, obviada en esta ocasión. Con ella descubrimos al mejor Juan Perro, sutil creador de admirables versos, donde la profundidad del mensaje no queda escondido en la belleza de la forma. Pocos son capaces de escribir estrofas de este calibre: ‘La nada es algo tan valioso, incalculable su bondad. La matemática no es nada si ella no le cede a uno su lugar’. Palabras extraídas de Nada, otra cumbre del viaje que nos ocupa.

El pasado también tuvo hueco en las más de dos horas de actuación, plaza ocupada por Forastero (en versión italian swing), los minutos latinos de El cigarrito, Perla oscura, Fonda de Dolores o Perro flaco, himno solicitado a gritos, el epílogo anhelado.

A la salida del Teatre Coliseum, le esperaban los más acérrimos seguidores, ansiosos por saludar y felicitar a la estrella. Más vestido de Santiago que de Juan, los acogió cansado pero con su habitual amabilidad, haciendo hincapié en lo extraordinarios que eran sus músicos, una realidad tan verdadera como esa actitud de humildad y empatía hacia ellos. El triunfo logrado no hubiera sido posible sin la colaboración de los citados Vinyals y Pastor (El Huracán de Levante), la sección rítmica compuesta por Isaac Coll al bajo y Pere Foved a la batería y el siempre brillante saxofonista Gabriel Amargant. El del Maresme condujo, de manera radiante, el preludio de Pies de barro (otro momento esplendoroso), siendo especial partícipe en la orgía reggae funk creada para Charla del pescado, conglomerado de todas las virtudes referidas a nuestros protagonistas.

Juan Perro o Santiago Auserón (no se enfadará si eligen cualquiera de los dos nombres), pertenece a una generación de la que no queda prácticamente nadie, y menos de su nivel. Podía haber seguido por el camino del mainstream hispano y se fue a Cuba a buscar las raíces de la música popular, historia que pueden leer en el breve pero imprescindible relato La semilla del son (La Huella Sonora, 2017). Esas enseñanzas obtenidas le han permitido moverse durante toda su carrera por estilos, a menudo discordantes, aunados siempre con innata sabiduría. Pop, rock, jazz, son cubano, resonancias portuguesas o brasileñas, todo cabe en la cabeza de un artista ejemplar, bravo e independiente. No dejen de seguir las huellas de Santiago el Grande.

‘No me da miedo la oscuridad, que soy como un pueblo blanco de cal’

Luz de mis huesos, Juan Perro

Crítica de Barracuda para el blog Qualsevolnit. Fotos de Aitor Rodero