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23 Octubre 2019

Santiago Auserón: "La música es una mercancía tan corrupta como la política"

Santiago Auserón

El primer disco de Radio Futura se tituló 'Música moderna'. Lo innovador, lo avanzado estaba ahí: en el nombre del grupo y en el del disco. Y vaya si lo fue. Primero desde la Nueva Ola con 'Enamorado de la moda juvenil' y luego desde el post-funk con 'Escuela de calor', el grupo adelantó al resto de la 'Movida' en lo de ser los más punteros. Sin embargo, en pleno éxtasis de modernidad, su líder Santiago Auserón (Zaragoza, 1954) empezó a mirar las raíces. Los discos de Radio Futura dejaron de tirar a lo anglosajón y viraron a lo latino.

Más en concreto, a Cuba. Y, en el caso particular de Santiago, al son. Con su grupo agonizante, el músico se dedicó a rescatar a viejos soneros de la isla, como Compay Segundo y El Guayabero, en una serie de recopilatorios que publicó a comienzos de los 90 como 'Semilla del son'. Luego llegaría su propia exploración del repertorio como Juan Perro y la posterior popularización mundial de esa música con el proyecto 'Buenavista Social Club' (1997) de Ry Cooder. Auserón fue el primero en desempolvar el tesoro, aunque otros acabarían llevándose la plata. No le importó ni le importa: él prefiere vivir en esa paradoja en la que coinciden el porvenir y el ayer.

Este viaje queda por escrito en 'Semilla del son' (Libros del Kultrun), donde Auserón mezcla la primera persona con las reflexiones musicológicas para hablar de una música que prácticamente ya no existe, ni siquiera en la propia Cuba, aunque vivamos inmersos en ella. El 'Mala mujer' de C. Tangana no deja de ser una de sus 'nietas' urbanas. El libro es también una oportunidad para recuperar la prosa del compositor más letrado de nuestro país, autor de 'El ritmo perdido. Sobre el influjo de la música negra en la canción española' (2012), un hito tanto por su tesis (el flamenco y gran parte de los ritmos populares ibéricos vienen del África negra) como por su estilo.

"Lo primero, fue un choque", dice Auserón sobre su toma de contacto con aquellos sonidos. "Lo segundo, una intuición, una especie de sospecha de que en las maneras de la negritud estaba el puente entre diversas lenguas". De ahí el recurso a la semilla, una de tantas metáforas vegetales que le han acompañado en su carrera y que, recurriendo a su sombrero de doctor en Filosofía, le sirve para casi todo. Para hablar de ese "germen dormido, a veces algunos siglos, hasta encontrar un medio favorable para volver a florecer". Y, también, de ese otro "germen adolescente, de una sensación de colectivo musical que va más allá de lo inmediato".

"Era esa pasión musical casi enfermiza que teníamos los críos de mi generación, que sentíamos que había en el aire un horizonte de emociones compartidas", recuerda. "Eso nos llevaba a sentirnos en contacto con la lucha contra la segregación racial de los negros de EEUU o con las revueltas estudiantiles en California y en París o con los comienzos de la revolución cubana".

Auserón cuenta en estas páginas cómo le enseñó a un Ry Cooder en babuchas los músicos que estaba redescubriendo y de los que el estadounidense no había oído hablar. "Se convirtió en negocio internacional algo que hasta entonces era desconocido. Ante lo cual yo no me quejo", puntualiza. "Me parece que eso cumple la función de poner el son en boca de todo el mundo justamente a tiempo, porque ya los viejitos estaban en las últimas. Yo había cumplido mi cometido. Así que me vi con lo mío, que es asimilar en profundidad ese aprendizaje que me ha costado 20 años más".

DESAPARICIÓN DE LAS COSAS

'Semilla del son' viene con "esa especie de melancolía a la que nos aboca la desaparición de las cosas", en palabras de su autor, pero también con la esperanza de que todo volverá a nacer. Él lo ve por todas partes: al encontrar en el cine o la música contemporáneos ecos "de cuando el siglo XX estaba ahí, echando candela". De nuevo, la simiente, el embrión. "Las cosas rebrotan en una gente que no lo ha vivido, pero porque las formas en sí mismas contienen ya algo de contaminante y contagioso".

"Hasta cierto punto", prosigue, "yo estaba deseando que se diese por muerto al rock and roll porque es entonces cuando va a empezar a hacer daño en algunos corazones. En cierto sentido, yo ya tenía prisa porque fuera como el blues, el soul o el jazz clásico. Que casi hubiera pasado al cielo de las formas eternas, porque ahí ya no puede ser más degradado". Porque, sostiene, "a través de los medios electrónicos, la música sufre procesos de estandarización y mercantilización y se somete con mayor facilidad a la degradación".

Aún así, "el movimiento dominante deja márgenes en los cuales se puede restablecer una especie de conexión tribal, primigenia, del cerebro, a través del cuerpo, con la Tierra y el Cosmos". Por mucho que corra la civilización, insiste, "nunca puede apartarse demasiado del hombre primitivo que siempre llevamos con nosotros. Por muy viejos que nos hagamos, al filo ya de la tumba, portamos al niño dentro".

La muerte, esta semana, de uno de los fundadores de Radio Futura, Javier Furia, nos recuerda esa fragilidad. Y también la dimensión monumental del grupo. "A ver, no hay que exagerar. Tampoco es que Radio Futura fuera arte de vanguardia. Tenemos que ser más humildes, pertenecemos a las artes de masas", suaviza Auserón. La parte de la vanguardia vendría "de que no nos contentábamos con la cancioncilla ya hecha mil veces ni con la comida preparada, que queríamos recocinar los elementos de la canción popular en nuestra lengua".

Y esto conecta con el viaje del libro. "Todas las vanguardias se alimentan de procesos culturales que han tenido lugar antes", plantea. "Es probable que no habría cubismo ni informalismo en las artes plásticas si no hubiera habido antes un reconocimiento de las artes africanas. En música ocurre lo mismo. Creo que la relación entre vanguardia y tradición es muy profunda. Son como ciclos en los cuales el abrir camino se hace con una especie de vínculo inconsciente con cosas que provienen de muy lejos".

Aunque vinculado a Podemos en los comienzos del partido, Santiago Auserón no se ajusta al modelo de creador politizado. Pero sí político. "Para mí, la integridad es tratar de recomponer una vasija rota. O como decían los antiguos: la virtud consiste en volver a empezar, en intentarlo otra vez", sonríe. "La música es una mercancía corrupta, igual que la política. Pero hay que componer la vasija lo más fina que se pueda", sigue con la metáfora. "El compromiso con el bien común no lo justifica todo, porque en nombre del bien común a veces se cometen tropelías y se acaba llamando a la muerte. Eso me repugna".

"SE PUEDE DECIR QUE NO AL DINERO DE VEZ EN CUANDO"

"Cada año me proponen hacer anuncios, a veces con remuneraciones muy sustanciosas. Y bueno, la respuesta es siempre la misma", prosigue sobre su idea de integridad. "Mientras me pueda ganar la vida haciendo lo que hago y mantener a mi equipo de trabajo, los cuatro sueldos de La Huella Sonora, creo que mi obligación es decir que no". Auserón no cree "que se pueda negar el valor del dinero, sería absurdo. Pero lo que sí se puede es decirle que no al dinero de vez en cuando".

Según él, "hay determinados placeres, grados de serenidad o grados de concentración en el estudio, placeres intelectuales o placeres sensuales, que no proporciona el dinero. Hay que señalarlos para guardar cierta libertad con respecto al automatismo del beneficio".

Lo cual da pie para reflexiones más profundas: "El mal multiplicado por el cerebro humano está adquiriendo dimensiones planetarias y casi extraplanetarias, porque los medios técnicos lo multiplican a un nivel exacerbado. Y esto parece que que es el fin de todo".

Aún así, no cree que se pueda "plantear a la manera religiosa: el bien debe hacer frente al mal para tratar de vencerlo y encontrar redención definitiva. No, aquí no hay redención. Esto es una guerra incesante, universal, en la cual si el mal predomina, como parece que van disponiendo los medios técnicos desde las mafias políticas en adelante, pues se universaliza el mal. Pero, a su vez, los focos de resistencia pueden seguir plantando batalla".

Esto no quiere decir que "una revolución vaya a triunfar y repartir la riqueza entre los buenos. No podemos ser tan ingenuos. Pero no cabe ninguna duda de que se puede seguir dando batalla. Y eso es lo que hay que transmitir a las nuevas generaciones, no dar por perdido el planeta".

Y vuelve a los peligros del bien común: "Que una razón que parece inviolable pueda acabar justificando todo... Por el bien de la humanidad se justifica a la dictadura del proletariado y eso acaba con el bien de la humanidad".

"No es lo mismo el nazismo que el comunismo", sentencia al fin. "Los puntos de partida son absolutamente distintos y el que ambos acaben en algo parecido simplemente dice del ser humano que, a través del compromiso con una idea o con las obligaciones del poder, desemboca en lo mismo, empiece por donde empiece. Eso es de lo que nos tenemos que hacer cargo, de tratar de encontrar escapatoria".

Entrevista de Dario Prieto para el periódico El Mundo.