Santiago AuserónNoticiasNoticia ampliada

8 Julio 2016

El sonido de sus propios pasos en la gravilla

Santiago Auserón

No lo negaré. Yo también soy de esos que se apuestan al borde del camino, entre los cabizbajos girasoles, esperando a verle llegar. Soy de los que dan dinero por la noche, para que nunca termine su canción, para que sude el músico ambulante su condición de vagamundo. Cuando le veo venir, las huellas de las canciones apenas se notan en el rostro incólume de Santiago Auserón. Ni las del camino polvoriento, que fue uniendo para él pueblos y ciudades como una gran cicatriz en la piel de un toro. Tampoco las del tiempo, que ni pasa igual para todos ni se detiene cuando hay placer. Y el miércoles hubo placer. Tanto, que el concierto pasó en un suspiro, tal y como se desvanecía en los tiovivos de nuestra infancia.

Auserón y la Orquesta de Córdoba. Menudo plan. Menudas yuntas. Menudos socios. Una conjunción, de la casualidad al paroxismo, que vuela una sola vez cerca de nuestras vidas. Y bien que la aprovechamos cuando nos pasó centelleando por encima de las cabezas. El trabajo arreglístico desarrollado para los temas por Amparo Edo es ingente, preciso, elegante, emocional, sugerente… Si se lo preguntas, ella sonríe y responde: "Había de dónde sacar". Y Auserón lo mima acariciándolo con una pluma de gallo. Es una pandilla de canciones que han crecido desde las polvorientas cunetas hasta el atril del director. Desde las verbenas al auditorio, sin perder su esencia, ni todos esos recuerdos anudados en su cola de cometa. Pasó por el Festival de la Guitarra como aquel meteorito lo hizo, a veintinueve veces la velocidad de un rifle. Fue tan intenso como mil disparos de cañón. Por eso es razonable sentirse afortunado de haber estado allí.

Completando el cegador cuerpo sonoro la guitarra de Joan Vinyals, exquisito, minucioso, dulce; y la batuta de Ricardo Casero, el duro pero sonriente director (¿el malo de la peli?) que supo arrancar a la Orquesta lo que la ocasión requería. Bien es cierto que, por las caras, se lo dejaron arrebatar con gusto. Al poco de empezar, nos confiamos un instante, y se desbordó entre nosotros un río que nos arrastró, al tiempo que Auserón oficiaba de maestro de ceremonias. De frac y pajarita, de elegantes palabras , sin escatimar elogios para una ciudad "que está llena de estatuas de poetas y sabios" y "cuyas flores siempre están pidiendo guerra". Y guerra nos dio. Pocas canciones más pasaron antes de que el patio se desmandara, desbaratado por la belleza y el ritmo. Y mientras, él, con sus troncos traídos en un carro de mulas, avivaba el fuego a base de llamar a la puerta de Dolores, invocar a la Reina Zulú o pasear con la Negra Flor. Y los metales amenazando con fundirse.

Igual que el vagamundo pierde las formas ante un festín, Auserón dejaba emerger de vez en cuando su nervio rockero, aunque lo contuviera finalmente entre espasmos y muecas, y su cuerpo se retorciera cincelando estatuas que lo mismo acudían a su tradición callejera que a la mística o la sorpresa. Eran aquellos gestos suyos de siempre, delatándole, a pesar de que pareciera que también les hubieran escrito arreglos para estar a una contenida altura sinfónica. Fue sonar Annabel Lee y la gravedad dijo "nunca mas". No mas lágrimas. Solo sueños en aquel sepulcro junto al mar ruidoso. Ganar siempre es tentar a la otra cara de la suerte, y Auserón, una vez más, ha cruzado la línea de lo desconocido, se ha balanceado en el precipicio y ha salido victorioso de un pulso que le permite escuchar, mientras se aleja silbando, el sonido de sus propios pasos en la gravilla.

Crítica de Ángel Vázquez para El Día de Córdoba,  8/7/2016.