El Son CubanoViaje a Cuba

Viaje a Cuba

Fuera de los números de Pérez Prado, poca música cubana llegó hasta nuestras discotecas, donde como mucho se intercalaban, entre discos de rock y de fusión, algún elepé suelto de Benny Moré o Bola de Nieve. Los boleros televisivos de Antonio Machín, la presencia en clubes nocturnos de Olga Guillot, acontecieron al margen de la cultura rockera, del influjo de habla inglesa. Nat “King” Cole había cantado antes en español, para recordarnos un hechizo que hubiera debido resultarnos más cercano. Quizá un recuerdo vago de aquellas voces, junto con la actualidad de Rubén Blades y de Gato Pérez, nos fueron haciendo recordar años después, en conversaciones musicales entre conciertos de Radio Futura, que había una manera de cantar en español fundada en los ritmos de la negritud. Imaginábamos que Cuba podía jugar para la nueva música popular española, en otro mundo posible, un papel parecido al de Jamaica en el terreno del rock anglosajón.

Las primeras vacaciones pagadas por Radio Futura tomaron rumbo hacia la antigua Isla Juana. Una de las mayores sorpresas del viaje fue encontrar, en una enorme tienda de discos casi totalmente vacía de Centro Habana, una cinta de un tal Faustino Oramas, El Guayabero: Sones del humor popular. Introducida en un radiocasete portátil, bajo un cielo de ciclón en la playa de Villa Bacuranao, el magnetismo de aquella cinta atrajo a un grupo de trabajadores jóvenes que, primero discretos y luego sin recato, bajo la mirada de una pareja de guardias, bailaban y soltaban carcajadas a cada verso del juglar, cantado con entonación cercana al “talkin´blues”, pero con otro swing y en castellano.

Corría el año de 1984. En los hogares cubanos se respiraba cierta holgura electrodoméstica. El guía asignado al taxi turístico no reparaba en gasto de petróleo para hacernos conocer los rincones de La Habana y sus cercanías, llegando hasta la ciudad de Matanzas.

En el Cabaret Nacional, en el Tropicana, en El Caribe, la pareja típica era de ingeniero soviético y mulata. Los murales gigantes del Ché y Camilo Cienfuegos, los eslogans revolucionarios de las vallas, coloreaban una jungla sonora rítmica y contagiosa, bien afinada, que desbordaba los establecimientos turísticos y se extendía por la calle, salía por las ventanas. En el espectáculo del Tropicana actuaba un combo que hubiera podido compararse con Weather Report, despidiendo una energía inaudita. A la hora estelar salía Tata Güines, embrujando la noche con su clave de rumba.

Muchas impresiones, como para ser asimiladas a la ligera. Negros y mulatos bailando por la calle, tocando con habilidad sus instrumentos de cuerda y percusión a cualquier hora del día, cantando en castellano exacto y florido, como del siglo de oro, que narraba asuntos urbanos, formando un cuadro alucinante, extrañamente familiar, pintura del pasado perdido, o quizá del pasado mañana. Sólo la hechura de la canción en español podría acabar por decidirlo.

Regresamos a Cuba en 1989 para dar con el paradero de Faustino Oramas, El Guayabero, quien nos parecía preservar las esencias del son montuno. No fue difícil encontrar desde La Habana su dirección, al otro lado de la isla. El Oriente cubano es un imán para el que va en busca del rastro sonero. En Holguín todo el mundo quería acompañarnos al domicilio de Faustino, cuya figura erguida tres en mano era acogida con afecto en cualquier rincón de la ciudad, según pudimos comprobar luego. Peinado y perfumado como si estuviera sobre aviso de nuestra llegada, Faustino Oramas abrió de par en par la puerta de su casa, invitándonos a compartir la historia del son. Nos hizo sentar, mientras terminaba tranquilamente su plato de arroz: “No hay prisa”. Luego entró en su cuarto y al momento salió con uniforme blanco de canotier y chaqueta condecorada. Sus dedos largos y morenos empezaron a desgranar viejos tumbaos de tres, como si repartieran la herencia de un baúl de tesoros, con precisión sin alarde. “Y eso que ya cumplí cuarenta y cinco años…”. La sorna de Faustino Oramas era de una gentileza dulce, su carisma seductor tenía una misión que cumplir: contagiar a la gente del otro lado del mar el veneno rítmico afrohispano.

Dos años después, cuando Faustino propagaba que ya estaba a punto de cumplir cuarenta y siete, a la ciudad de Holguín le dio en cambio por festejar su ochenta aniversario. Caimos sin saberlo en mitad de una reunión del alto mando sonero: el Quinteto de Rigoberto Maduro, con el cantor Reynaldo Prades, el rumbero Carlos Embale, voz del legendario Septeto Nacional y por tanto heredero de Ignacio Piñeiro, el tresero Cándido Sánchez, El Guayabero mismo, con su sobrino Santana Oramas al frente del resto del grupo, nos acogieron sin reserva en una serie de descargas y actuaciones que se prolongó durante días, de cabaret en teatro, por casas y habitaciones de hotel, en los bancos de los parques. Hasta en el aeropuerto, Faustino sacaba el tres de su funda y pedía coro, en cuanto se le solicitaba. Al despedirse con un ceremonioso apretón de manos, dijo:

"Ahora es usted el encargado".